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"No me imaginé que esta vaina fuera tan grave como para pensar en los santos óleos", le dijo. "Yo, que no tengo la felicidad de creer en la vida del otro mundo".
"No se trata de eso", dijo Révérend. "Lo que está demostrado es que el arreglo de los asuntos de la conciencia le infunde al enfermo un estado de ánimo que facilita mucho la tarea del médico".
El general no le prestó atención a la maestría de la respuesta, porque lo estremeció la revelación deslumbrante de que la loca carrera entre sus males y sus sueños llegaba en aquel instante a la meta final. El resto eran las tinieblas.
"Carajos", suspiró. "¡Cómo voy a salir de este laberinto!"
Examinó el aposento con la clarividencia de sus vísperas, y por primera vez vio la verdad: la última cama prestada, el tocador de lástima cuyo turbio espejo de paciencia no lo volvería a repetir, el aguamanil de porcelana descarchada con el agua y la toalla y el jabón para otras manos, la prima sin corazón del reloj octogonal desbocado hacia la cita ineluctable del 17 de diciembre a la una y siete minutos de su tarde final. Entonces cruzó los brazos contra el pecho y empezó a oír las voces radiantes de los esclavos cantando la salve de las seis en los trapiches, y vio por la ventana el dimante de Venus en el cielo que se iba para siempre, las nieves eternas, la enredadera nueva cuyas campánulas amarillas no vería florecer el sábado siguiente en la casa cerrada por el duelo, los últimos fulgores de la vida que nunca más, por los siglos de los siglos, volvería a repetirse.
FIN
Cómo minar el ánimo de un buen estudiante
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Hace poco me ha pasado algo que me ha hecho revivir una antigua
experiencia. Esta anécdota pasó hace ya casi 10 años y me hizo odiar la
geografía durante a...
Hace 12 años