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Ai Qing, "París".

Frente a ti,
al amanecer, en el crepúsculo
al mediodía, en la profunda noche,
te he visto
tal como eres:
Enojo, alegría.
Agónica, feliz, entusiasmada
todo el día
pegando al pecho los puños
golpeando, soplando
sin pausa.
O alargando el cuello hacia el cielo
para gritar, resarcirte
o inclinada, ojos bajos
absorbida en la meditación más profunda
o sueltas las trenzas doradas
insinuar las más bellas melodías.
También
desnuda de tu velo carmesí
mostrar un remate de tu carne sabrosa.
¡Qué lasciva y cachonda eres!
No sólo a mí
sino a más de cien mil emigrantes
nos llegó
tu llamada seductora e irresistible.
¡Oh París!
Tú, bellísima puta histérica.

Javier Egea, "Raro de Luna".

Allí
donde las islas
donde floten los párpados aquellos
las negras islas
las definitivas arenas secretas allí
cuando se agota el brillo de los abordajes
allí mientras llaman las sirenas últimas
pequeña perla negra
donde las islas negras
allí
donde quizá los cofres aquellos entonces entrevistos.

No No era este el lugar
Para ti siempre quise
avenidas sin látigo
plazas sin gentes pálidas que se desploman
chapoteando caen mientras que sangran y por siempre caen
del verdín de las gárgolas y de las cicatrices
sobre reinos vastísimos de laberintos y de topos
caen
Quizá fuera posible
quizá pensé que al menos esa lluvia de los ojos de patio
algún día tomar las islas negras a embestidas
para tu cuerpo
para las cruces en el mapa de fuego

No No era este el lugar
ni su aventura alquilada
definitivamente para ti

Pero oigo las andanadas secas contra muros y sueños
todo enmudece frente a las altas sienes sin alba
todos los brazos cierran sus mundos presentidos
en el punto de mira de la noche tirita su silencio
y mis ojos ahora perdidos
-ropa olvidada en perchas ya sin luna-
entre los siete por siete metros de estampida
buscan tus otros ojos perdidos
tus otros bosques sin galope

Al entrar
siete por siete pozos por siete olas por siete labios despoblados
y a las charnelas
a su desvencijado saludo
respondo siempre habito este palacio
por los reinos del frío del frío
voy a las grutas del 2.º B
nadie con esa llave
nadie con esos ojos al entrar
siete por siete mares por siete soledades

¿Cómo contar ahora que la muerte se llama 2.º B
cómo decir 2.º B sin abismarse
por la tiniebla de porteros eléctricos y solos
cómo decir a nadie yo soy el enamorado del 2.º B
quién saca la basura del 2.º B
dónde se prende la luz del 2.º B
cómo vivir
cuando su nombre pálido te cerca?

Hay noches que no ofrecen
sino palomas ciegas en sus escaparates
Hay en algún lugar personas que no soportan ya el silencio

Soledades al filo de la pólvora
soledades que tienen chaqueta en su respaldo
soledades con banqueros al fondo
soledades de las torres
las desmoronadas torres
soledades canallas bogando las venas y los albañales

No No era este el lugar ningún lugar nunca más un lugar

Eddy Van Vliet, "Verliefd".

Las cosas son, han sido y serán siempre así.
Quedar en los cafés el día en que cierran.
Esperar del lado equivocado de los puentes.
Entre el pulgar y el índice, como un ascua ardiente,
el número de teléfono mal entendido.
Parques mojados, hoteles demasiado llenos, París muy lejos.
El amor como un cúmulo de equivocaciones.

Palabras torpes como las recién expresadas en el bolsillo, e
independientemente de las leyes del buen gusto
y del intelecto, tantas ganas de escribir
que de aquella ciudad del primer encuentro
existe un plano en el que se registra un beso
que casi no lo fue.

Paul Verlaine, "Aria de antaño".

Lucen vagamente las teclas del piano
a la luz del suave crepúsculo rosa,
y bajo los finos dedos de su mano

un aire de antaño canta y se querella
en la diminuta cámara suntuosa
en donde palpitan los perfumes de Ella.

Un plácido ensueño mi espíritu mece
mientras que el teclado sus notas desgrana;
¿por qué me acaricia, por qué me enternece

esa canción dulce, llorosa e incierta
que apaciblemente muere en la ventana
a las tibias auras del jardín abierta...?

Versión de Eduardo Castillo

Delmira Agustini, "Fiera de amor".

Fiera de amor, yo sufro hambre de corazones
de palomos, de buitres, de corzos o leones,
no hay manjar que más tiente, no hay más grato sabor,
había ya estragado mis garras y mi instinto,
cuando erguida en la casi ultratierra de un plinto,
me deslumbró una estatua de antiguo emperador.

Y crecí de entusiasmo; por el tronco de piedra
ascendió mi deseo como fulmínea hiedra
hasta el pecho, nutrido en nieve al parecer;
y clamé al imposible corazón… la escultura
su gloria custodiaba serenísima y pura,
con la frente en Mañana y la planta en Ayer.

Perenne mi deseo, en el tronco de piedra
ha quedado prendido como sangrienta hiedra;
y desde entonces muerdo soñando un corazón
de estatua, presa suma para mi garra bella;
no es ni carne ni mármol: una pasta de estrella
sin sangre, sin calor y sin palpitación…

¡Con la esencia de una sobrehumana pasión!

Epílogo.

Cazada, en ramillete de alfileres,
en bandada, tu alma.
Martillean las campanas.
Sobre los hombros,
navegando entre las masas,
perogrullo de cementerio.

Después la cera hará
rechinar los neumáticos.

Que te has ido,
abriré el periódico, y el
mundo no habrá cambiado
tras de ti. Saldré, y
aún las calles no se
agrietarán tras de ti.
Pero amar, amor,
me obliga. Descenderé
a las vías, tumbada,
escucharé tu voz, lejana,
y me sorprenderá la
muerte en un desliz.

Después mi cuerpo
entorpecerá la marcha.

Fruslerías.

Cogeré las hojas del otoño,
del otoño, sobre el alféizar de tu ventana,
del rostro ajeno que me miras,
a ti, que mides el reloj,
que son las tres de la tarde,
que aún no has llegado.
Hilaré las teclas del piano,
del piano, sobre las costillas de tu cuerpo,
con olor a vino, tus labios,
desde la calle, respirando.
Ruido de estanque,
borboteando lo inefable, tu voz,
con matiz de azul quebrado.

En el murmullo de la ciudad,
pasaré a tu lado, el mismo banco,
atropellaré tus ojos, la misma farola,
y no me verás, el mismo parque,
y seguiré adelante, los mismos versos,
hoy y mañana. A ti, que si existes
no te hallo.

Friederike Mayröcker; Mysterium

MYSTERIUM



La imagen sacra tiene

una espina azul.

Jesús es bautizado

en naranja. Casi más allá

una y otra vez el Juicio Final.

Bienaventurados que sonríen y

forman coros. Verde clara

la tierra se hunde, pero

los cielos pronto se apaciguan.

Más claros, ondean como argénteas

banderas en lento movimiento,

y el cirio más alto se afana

y da olor.

Estoy ante ti en el polvo frío

estoy ante ti desde algún sitio

desde una aterida oscuridad

estoy ante ti y canto loas:

miradas de alabanza me elevaron

de los cansados estribos de mi

sentimiento, sin un

murmullo.