"El mar posee el desencadenamiento inmenso, la motaña posee el encierro latente. El mar engulle y vomita, la montaña se posterna y se inclina. El mar puede manifestar un alma, la montaña puede transmitir un ritmo. La montaña, con sus cimas superpuestas, sus acantilados sucesivos, sus valles secretos y sus profundos precipicios, sus picachos elevados que despuntan bruscamente, sus vapores, sus nieblas y su rocío, sus humos y sus nubes hace pensar en el mar que rompe, traga, salta; pero nada de esto es el alma que manifiesta el propio mar: son solamente las cualidades del mar de las que se adueña la montaña. El mar también puede adueñarse del carácter de la montaña: la inmensidad del mar, sus honduras, su risa salvaje, sus espejismos, sus ballenas que saltan y sus dragones que se yerguen, sus mareas en oleadas sucesivas como cimas: éstas son todas cosas con que el mar se adueña de las cualidades de la montaña y no la montaña de las del mar. Tales son las cuelaidades de que se adueñan mar y montaña, y el hombre tiene ojos para verlo... Pero quien sólo percibe el mar a costa de la montaña o la montaña a costa del mar, ¡tiene en verdad una percepción obtusa! ¡Más yo sí percibo! La montaña es el mar, y el mar es la montaña. Montaña y mar conocen la verdad de mi percepción; ¡todo reside en el hombre, tan sólo por el libre impulso del pincel, de la tinta!"
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