
LAS CIUDADES ESCONDIDAS 2
No es feliz la vida en Raissa. Por las calles la gente camina torciéndose las
manos, impreca a los niños que lloran, se apoya en los parapetos del río con las
sienes entre los puños, por la mañana despierta de un mal sueño y empieza otro. En
los talleres donde a cada rato alguien se machaca los dedos con el martillo o se
pincha con la aguja, o en las columnas de números torcidas de los negociantes y los
banqueros, o delante de las filas de vasos sobre el estaño de las tabernas, menos mal
que las cabezas agachadas te ahorran miradas torvas. Dentro de las casas es peor, y
no hay que entrar para saberlo: en verano las ventanas aturden con peleas y platos
rotos.
Y sin embargo, en Raissa hay a cada momento un niño que desde una ventana
ríe a un perro que ha saltado sobre un cobertizo para morder un pedazo de polenta
que ha dejado caer un albañil que desde lo alto del andamio exclama: —¡Prenda mía,
déjame probar!— a una joven posadera que levanta un plato de estofado bajo la
pérgola, contenta de servirlo al paragüero que celebra un buen negocio, una
sombrilla de encaje blanco comprada por una gran dama para pavonearse en las
carreras, enamorada de un oficial que le ha sonreído al saltar el último seto, feliz él
pero más feliz todavía su caballo que volaba sobre los obstáculos viendo volar en el
cielo a un francolín, pájaro feliz liberado de la jaula por un pintor feliz de haberlo
pintado pluma por pluma, salpicado de rojo y de amarillo, en la miniatura de aquel
libro en que el filósofo dice: —También en Raissa, ciudad triste, corre un hilo
invisible que enlaza por un instante un ser viviente a otro y se destruye, luego vuelve a tenderse entre puntos en movimiento dibujando nuevas, rápidas figuras de modo que a cada segundo la ciudad infeliz contiene una ciudad feliz que ni siquiera sabe que existe”.