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Las ciudades invisibles; Italo Calvino

No es fácil elegir una sola de entre las ciudades de Las ciudades invisibles. Ni por preferencia ni por mensaje, ni siquiera por simple belleza en el sonido o en la forma que tome la descripción: no hay un criterio claro para decir "es esta, esta es la ciudad más hermosa jamás descrita". Y sin embargo, algún ejemplo debía poner para que no faltase en este blog, alguna de esas poesías en prosa sobre calles, ciudades, vidas... Cuando pase el tiempo y retome el libro, otra habrá ocupado su lugar y Raissa no será para mi lo mismo. Pero ahora, supongo que esta es mi favorita, es Raissa la que os recomiendo. Y por igual, recomiendo que leáis todo el libro: he aquí su versión online.





LAS CIUDADES ESCONDIDAS 2

No es feliz la vida en Raissa. Por las calles la gente camina torciéndose las
manos, impreca a los niños que lloran, se apoya en los parapetos del río con las
sienes entre los puños, por la mañana despierta de un mal sueño y empieza otro. En
los talleres donde a cada rato alguien se machaca los dedos con el martillo o se
pincha con la aguja, o en las columnas de números torcidas de los negociantes y los
banqueros, o delante de las filas de vasos sobre el estaño de las tabernas, menos mal
que las cabezas agachadas te ahorran miradas torvas. Dentro de las casas es peor, y
no hay que entrar para saberlo: en verano las ventanas aturden con peleas y platos
rotos.
Y sin embargo, en Raissa hay a cada momento un niño que desde una ventana
ríe a un perro que ha saltado sobre un cobertizo para morder un pedazo de polenta
que ha dejado caer un albañil que desde lo alto del andamio exclama: —¡Prenda mía,
déjame probar!— a una joven posadera que levanta un plato de estofado bajo la
pérgola, contenta de servirlo al paragüero que celebra un buen negocio, una
sombrilla de encaje blanco comprada por una gran dama para pavonearse en las
carreras, enamorada de un oficial que le ha sonreído al saltar el último seto, feliz él
pero más feliz todavía su caballo que volaba sobre los obstáculos viendo volar en el
cielo a un francolín, pájaro feliz liberado de la jaula por un pintor feliz de haberlo
pintado pluma por pluma, salpicado de rojo y de amarillo, en la miniatura de aquel
libro en que el filósofo dice: —También en Raissa, ciudad triste, corre un hilo
invisible que enlaza por un instante un ser viviente a otro y se destruye, luego vuelve a tenderse entre puntos en movimiento dibujando nuevas, rápidas figuras de modo que a cada segundo la ciudad infeliz contiene una ciudad feliz que ni siquiera sabe que existe”.

Prólogo del Eclesiastés

En estos dos últimos días, mi lectura han estado siendo los Libros Sapienciales de la Biblia, así como los Líricos. Tiene narices que de los 150 salmos del libro de los Salmos cosa de 10 sean interesantes; tiene narices que el libro de Job sea muchísimo más aburrido de lo que había pensado, igual que las tiene que los Proverbios sea más aburrido que leerse un refranero o un diccionario. En realidad, está claro que cuando no hay batallas, asesinatos y violaciones, la Biblia pierde encanto.

Pero por suerte, empezando un nuevo libro (el Eclesiastés), me he encontrado con este prologito. El tomo promete: no sé si a alguien le sonará a la base de todas esas literaturas cristianas sobre cómo pasa el tiempo y nada se queda, como el mundo es vanidad y apariencia... Además, está mas o menos bien escrito:

"¡Vanidad de vanidades! -dice Cohélet-, ¡vanidad de vanidades, todo es vanidad! ¿Qué saca el hombre de toda la fatiga con que se afana bajo el sol? Una generación va, otra generación viene, pero la tierra permanece donde está. Sale el sol, se pone el sol; corre hacia su lugar y de allí vuelve a salir. Sopla hacia el sur el viento y gira al norte; gira que te gira el viento, y vuelve el viento a girar. Todos los ríos van al mar y el mar nunca se llena; al lugar donde los ríos van, allá vuelven a fluir. Todas las cosas se cansan. Nadie puede decir que no se cansa el ojo de ver ni el oído de oir.

Lo que fue, eso será;
lo que se hizo, eso se hará.
Nada nuevo hay bajo el sol.


Si de algo se dice: "Mira, eso sí que es nuevo", aun eso ya sucedía en los siglos que nos precedieron. No hay recuerdo de los antiguos, como tampoco de los venideros quedará memoria entre los que después vendrán."

¿No tenéis la sensación de que os resulta familiar y lo habéis leído mil veces repetido en otras literaturas? Ah, por cierto, el Cantar de los Cantares sigue molando. Es erotismo literario con mucha, mucha clase y aún más antigüedad.

CADA ESCALÓN UN ESCALOFRÍO

Cada escalón un escalofrío, con cada centímetro de frío mármol la certeza de una muerte lenta y dolorosa, de un fin humillante y cruel, una muerte que empezó hace cuatro largos años y que continúa cada día, destrozando mi alma poco a poco con cada asalto.

Introduzco la llave en la cerradura. Quizá haya ido a trabajar, quizá no, quizá esté esperándome, quizá se haya marchado como siempre y entonces mi corazón volverá a latir a un ritmo normal y mis pulmones se invadirán de oxígeno y dejaré de respirar su aliento viciado por cada insulto que me profiere.
Entro en el piso, cierro la puerta y llevo las bolsas de la compra. Hay un silencio sepulcral y un mal presentimiento invade mis sentidos, recorro el apartamento buscándolo y no lo encuentro, ha ido a trabajar.
Por fin me relajo, pongo la radio y coloco la compra. Hoy he gastado más de lo normal, se enfadará cuando revise las cuentas, dice que no soy buena administradora.
Voy al salón y lo pongo en orden, aquí me encuentro un dibujo de Alicia, aquí una cera, aquí una muñeca, aquí otra cera. A veces pienso que lo mejor sería marcharse muy lejos de aquí con ella, tengo miedo de que le haga a ella lo mismo que a mí, entonces no respondería de mí misma. No quiero que crezca sola, sin madre, él lo sabe, ella es su mayor seguro para que permanezca con él, por eso finge que la adora, ha erigido a mi propia hija en mi carcelera.
Me dirijo a la habitación de mi pequeña, todo es caótico, pero hasta su desorden resulta dulce. Una medias, una zapato azul, una cinta del pelo, más muñecas y más ceras.
La radio se ha apagado, normal, pobre trasto que ha recibido tantos golpes…qué irónico. Será mejor que vaya a ponerla de nuevo, la radio hace que me sienta acompañada y sobre todo siento que él no está.
Llegando a la cocina me doy cuenta de que me falta el aliento, no puedo respirar, algo no va bien, la radio no está en su sitio, ¿dónde está la radio?
- ¡Puta!
Es él, es su voz, está enfadado. Siento un fuerte golpe en la cabeza… me ha golpeado con la radio. Todo da vueltas, siento un líquido caliente que me moja el vaquero; me he orinado. Todo da vueltas a mí alrededor y la oscuridad va cerniéndose sobre mí a cada golpe que recibo. Me patea todo el cuerpo mientras que intento protegerme con las manos.
Todo termina tan rápido como empezó, pero no puedo moverme. Siento que si muevo un solo dedo me rompa en mil pedazos. Aunque por dentro ya estaba destrozada, en todos los sentidos.


Mariola Guijarro M.

Úrsula K. Le Gluin; La mano izquierda de la oscuridad

Con permiso, os dejo los primeros párrafos de una novela de ciencia ficción con la que ando descansando de la lectura de la Biblia. Personalmente, lo estoy encontrando como una buena forma de empezar. Y además, la señora Le Gluin no me está decepcionando en absoluto: una novela de filosofía, sociología y divagaciones sobre "cómo sería un mundo en el que...". Eso sin carecer de las inevitables aventuras e intrigas que hacen a una novela entretenida. Espero que os pique la curiosidad:

"Escribiré mi informe como si contara una historia, pues me enseñaron siendo niño que la verdad nace de la imaginación. El más cierto de los episodios puede perderse en el estilo del relato, o quizá dominarlo, como esas extrañas joyas orgánicas de nuestros océanos que si las usa una determinada mujer brillan cada día más, y en otras en cambio se empañan y deshacen en polvo. Los hechos no son más sólidos, coherentes, categóricos y reales que esas mismas perlas; pero tanto los hechos como las perlas son de naturaleza sensible.

No soy siempre el protagonista de la historia, ni el único narrador. No sé en verdad quién es el protagonista: el lector podrá juzgar con mayor imparcialidad. Pero es siempre la misma historia, y si en algunos momentos los hechos parecen alterarse junto con una voz alterada, no hay razón que nos impida preferir un hecho a otro; sin embargo, no hay tampoco en estas páginas ninguna falsedad, y todo es parte del relato.

La historia se inicia en el diurno 44 del año 1491, que en el país llamado Karhide del planeta Invierno era odharhahad tuya, o el día vigésimo del segundo del tercer mes de primavera, en el año uno. Aquí es siempre año uno. El día de año nuevo sólo cambia la fecha de los años pasados o futuros, ya se cuente hacia atrás o hacia adelante a partir de la unidad Ahora. De modo que era la primavera del año uno en Erhenrang, capital de Karhide, y mi vida estaba en peligro, y yo no lo sabía."

Paul Celan

Lo de ayer no era más que un adelanto. Encontré no hace mucho a este poeta (y juro solemnemente que fue eso: un encontronazo) y me encantó. Era un judío rumano cuyos padres murieron en campos de concentración y que fue metido en un campo de trabajo. Y tiene unos poemas geniales. Aquí dejo otro par:

CHANSON DE UNA DAMA EN LA SOMBRA

Cuando viene la silenciosa y decapita los tulipanes:
¿Quién gana?
¿Quién pierde?
¿Quién va a la ventana?
¿Quién nombra su nombre primero?

Es uno que lleva mi pelo.
Lo lleva como se lleva a los muertos en las manos.
Lo lleva como el cielo llevó mi pelo el año en que amaba.
Lo lleva así por vanidad.

Ese gana.
Ese no pierde.
Ese no va a la ventana.
Ese no nombra su nombre.

Es uno que tiene mis ojos.
Los tiene desde que los portones se cerraron.
Los lleva en el dedo como anillos.
Los lleva como trizas de placer y zafiro:
él ya era mi hermano en otoño;
ya cuenta los días y noches.

Ese gana.
Ese no pierde.
Ese no va a la ventana.
Ese nombra su nombre al final.

Es uno que tiene lo que dije.
Lo lleva bajo el brazo como un hato.
Lo lleva como el reloj su más mala hora.
Lo lleva de umbral en umbral, y nunca lo arroja.

Ese no gana.
Ese pierde.
Ese va hacia la ventana.
Ese nombra su nombre primero.

Ese es con los tulipanes decapitado.



FUGA DE LA MUERTE


Negra leche matutina la bebemos de tarde
la bebemos al mediodía y de mañana la bebemos de noche
bebemos y bebemos
cavamos una fosa en los aires allí no se yace estrechado
Un hombre vive en la casa él juega con las serpientes él escribe
él escribe cuando oscurece a Alemania tu dorado cabello Margarethe
él escribe y sale de la casa y brillan las estrellas silba a sus mastines
que vengan
a su lado
silba a sus judíos que salgan adelante hace cavar una fosa en la tierra
nos manda tocad ahora para el baile

Negra leche matutina te bebemos a la noche
te bebemos de mañana y mediodía te bebemos a la tarde
bebemos y bebemos
Un hombre vive en la casa y juega con serpientes él escribe
él escribe cuando oscurece a Alemania tu dorado cabello Margarethe
tu ceniciento cabello Sulamith cavamos una fosa en los aires allí no se
yace
estrechado

Grita cavad más hondo en la tierra unos y otros cantad y tocad
coge el hierro en el cinto lo blande sus ojos son azules
cavad vosotros más hondo unos y otros seguid tocando para el baile

Negra leche matutina te bebemos a la noche
te bebemos de mañana y mediodía te bebemos a la tarde
bebemos y bebemos
Un hombre vive en la casa tu dorado cabello Margarethe
tu ceniciento cabello Sulamith él juega con serpientes

El grita tocad más dulce a la muerte la muerte es un maestro que
viene de
Alemania
grita tocad más oscuro los violines entonces subiréis como humo en el
aire
entonces tendréis una fosa en las nubes allí no se yace estrechado

Negra leche matutina te bebemos a la noche
te bebemos al mediodía la muerte es un maestro que viene de
Alemania
te bebemos a la tarde y de mañana bebemos y bebemos
la muerte es un maestro que viene de Alemania su ojo es azul
él te da con la bala de plomo te da certeramente
Un hombre vive en la casa tu dorado cabello Margarethe
él azuza los mastines contra nosotros nos regala una fosa en el aire
él juega con las serpientes y sueña la muerte es un maestro que viene
de
Alemania
tu dorado cabello Margarethe
tu ceniciento cabello Sulamith

Salmo; Paul Celan

SALMO


Nadie nos amasará otra vez de tierra y de limo,
nadie soplará palabra a nuestro polvo.
Nadie.
Alabado seas tú, Nadie.
Por amor a ti queremos
florecer.
En contra
de ti.
Una nada
éramos, somos, seguiremos
siendo, en flor:
la rosa de nada, de
nadie.
Con
el buril diáfano de alma,
el estambre desolado de cielo,
la roja corona
de la palabra de púrpura que cantamos
sobre, oh sobre
la espina.


Carla Bruni; Raphael

Y he aquí una de mis canciones favoritas de esta señora. Porque sí, amigos míos, existía antes de su affair con cierto señor francés de nombre inescribible. Y además, cantaba de maravilla. Esta cancioncilla es, inevitablemente, la razón por la que el nombre de Raphael me gusta tanto:

Carta de San Pablo

La Biblia y yo hemos hecho un tácito acuerdo: ella se deja leer como literatura y yo le leo. Así, no veáis lo que estoy aprendiendo sobre la "historia" del pueblo judío elegido por Yavhé y de los prontos que le dan. Mi favorito de momento es cuando un monton de críos se ríen del profeta Eloíso llamándole calvo, este se queja y Yavhé le manda un par de osos que despedazan, dice, a 42 de los chavalines. Aún así, no todo es sangre, sexo, sacrificios y ganado (porque ni os imaginaríais la cantidad de veces que salen las ovejas y cabras).

También hay cosas bastante bonitas. Y entre ellas, esta es una de mis favoritas: una lectura de San Pablo. Ese mismo que luego hablaba de la mujer que debe de ser subordinada al hombre y esas cosas... Sí... Pero en fin, ese tipo de gente también puede escribir cosas buenas. De hecho, considero esta carta tan tópica (es algo que todo el mundo ha oído alguna vez) como linda y cursi. A mi es que me encanta, aunque sea en el sentido romántico y no el religioso. Aquí os dejo su primera carta (si no me equivoco) a los corintios:


"Ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino excepcional.
Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden. Ya podría tener el don de profecía y conocer todos los secretos y todo el saber; podría tener fe como para mover montañas; si no tengo amor, no soy nada. Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aún dejarme quemar vivo; si no tengo amor, de nada me sirve.
El amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca."

Los caballeros las prefieren rotas

Gira entre sus dedos el cigarro, le da unos golpecitos y la ceniza se derrama hacia la calle mientras el humo asciende y asciende. Y ella esta vez no piensa cómo le gustaría escaparse como el humo ni cómo el cigarro es más libre para deshacerse ni cómo es mejor quemarse que vivir en cenizas ni nada por el estilo. Ahora mismo, no piensa en nada.

Más tarde, a la quinta o sexta calada, coincidiendo con el paso de un gorrión, se sobresaltará. Durante unos segundos, tensa, mirará hacia el pasillo y respirará y respirará con el cigarrillo sacado. Parecerá entonces mentira que los gorriones vuelven y los árboles crezcan, o que el sol caliente su mano mientras ella respira así, podrida a miedo, pero será. Continuará respirando unos segundos sin saber si debería tirar de una vez el cigarro e intentar disimular el humo. A él, al fin y al cabo, no le gusta que fume y es mejor, se dice, no darle razón para enfadarse. Es mejor moverse sin hacer mucho ruido, deslizarse de puntillas cada día y cada hora. Parecerá mentira, con ese miedo en la garganta, que el mundo se empecine en dejar escapar belleza de la boca de un gorrión. Pero al fin y al cabo, piensa fingiéndose el cinismo, al mundo nunca le has importado.

No siempre fue así ni siempre estuvo temiendo, pero conforme pasa el tiempo es más duro recordar. Sabe que fue una niña, que se conocieron y aguantaron a las puertas del colegio; sabe que empezaron a salir a los 16, novios de toda la vida. Sabe que le quiso, quizás por inercia o quizás no, y sabe que se acostaron un verano con torpeza. También sabe que, para cuando se casaron, no estaba ni segura ni enamorada ni preñada. Quizás lo hizo porque necesitaba un cambio. Y como sabe eso, sabe que en algún momento fueron pudriéndose, aunque aún no sepa como, cada uno a su manera. Estaría quizás la diferencia de que él no se quema ni se guarda ni se amarga las vísceras, no puede, ¿verdad?, no puede. Él simplemente golpea y si da no es porque no le quiera, no es tan fácil. Solo es que ella está más cerca, sólo eso, ¿verdad?

El cigarro tiembla cuando tiembla su mano, bajo el sol y bajo el cielo. Es mejor, se dice, no pensar ciertos asuntos. Hay otras cosas, es cuestión de divagar. Con la imaginación en las manos, lo sabe mejor que nadie, es muy fácil esconderse.

Así, por ejemplo, bajo el sol en el balcón y a solas, se hace saber que en alguna parte hay un palacio. Estaría en un lugar extraño, al oeste del fin del mundo, por ejemplo. Tendría pasillos anchos, tendrías espiras y torretas misteriosas. En su cielo no habría (no debería haber) pájaros, ni uno, como no habría sol que brillase o balcones desde los que sentirse atrapada y sin sentido. Irían sus dueños callados y cubiertos, sin rostro ni sexo ni voces que engañen. ¿Para qué las querrían si sólo tomarían nota, si unos ojos solo iban a servir para llorar? Ellos, bueno, asistirían a cada golpe y a cada miedo y tomarían nota en algún libro de papiro. Es necesario, ella lo sabe, que haya testigos del dolor. No un testigo como su hijo, que no entiende, que les mira, que hace de nuevo de víctima y de verdugo, como él, como ella, ¿verdad? Porque nadie está libre de culpa aunque el cielo azul a veces pueda hacernos creer lo contrario.

Pero no es eso, se musita antes de dar otra calada, no es exactamente, no es tan fácil con el dolor oprimiéndote la sien. Suspira y limpia como puede su cabeza. De nuevo, es cuestión de obligarse a saber que en ese palacio se sabría de cada dolor y de cada grieta, que habría unos testigos perfectos: capaces de sufrir por gente de quien no saben nada, sufriendo continuamente. Habría pasillos y salas y anaqueles por todas partes. Y en ellos, bueno, en ellos cada cual, cada persona, como una muñequita, como esas tan antiguas que tuvo de niña y rompió en un momento dado (quizás por error, quizás por despecho). ¿No sería lógico? Muñecas de cada persona, con tantos golpes y tantas grietas como esa hubiese sufrido, ¿no sería lo adecuado? ¿Cuántas grietas tendría ella, entonces? ¿Más que él? Seguramente, aunque también él las tuviese. A él, está segura o prefiere estarlo, también le duele cuando la furia se le escapa por la mano y se encuentra algo ebrio ante una persona a quien querría querer y ha herido sin quererlo. Porque es sin quererlo, ¿cómo creer otra cosa en un día así, por mucho miedo que tenga respirándole en la nuca? ¿Cómo pensar de él otra cosa cuando no esta pidiendo ni mandando ni agrietándole la serenidad?

Mientras lo piensa es consciente de un modo algo perverso de que podría ser una mujer cualquiera que fuma en la ventana. Pero no lo es, claro, no es como todos. Para empezar, puede hacerse saber que en su palacio habría anaqueles con muñecas más o menos heridas. Se guardarían como tesoros, y a más dolor, más valor, como antigüedades o secretos. De cuando en cuando, como milagros para las heridas, habría algo maravilloso que se esfuerza en saber. Vendrían en corcel caballeros de brillante armadura, de corazón puro y brazos fuertes. Vendrían y abrirían las puertas para tomar, sin más, de los anaqueles, alguna muñeca herida. ¿No sería lo correcto, tomar a las más valiosas y que más lo necesitan? Les sacarían de allí, al galope sobre la arena, hasta una tierra donde brillaría el sol, cantarían los gorriones y crecerían los árboles sin una pizca de sarcasmo en su belleza.

Llega ahora él y le descubre fumando. Hay algo trágico en cómo ambos hieren al otro a base de palabras que se vuelven gritos, aullidos como de lobos. Hay algo trágico en cómo él logra herir más hiriendo la carne, en cómo otra vez mira su mano desde fuera sin entender que haya vuelto a hacerlo, en cómo se disculpa torpemente. Termina en cuestión de minutos, el se va, ellos se evitan. Es trágico también como ella vuelve al balcón y se obliga a saber que habría un palacio y un anaquel y un milagro o caballero para ella, para ella. Porque sabe mientras cae la ceniza que si no hubiese ni palacio ni anaquel ni caballero futuro que le prefiriese por rota sería tan, tan terrible…

Ascensión hacia el reposo; Luís Rosales

Antes de partir a las lejanas playas alejadas de Internet, aquí os dejo un, desde mi punto de vista, bellísimo poema de Luís Rosales. Espero que lo disfrutéis:

Como es misericordia la locura y el espacio nos brinda la bienaventuranza,
como es la noche viva, la lluvia silenciosa que va del corazón del hombre hasta los ojos
en un encendimiento de sombra y hermosura.
Como sé que al morir terminará la muerte.
Como en el corazón se derrama la sangre con un rumor de lluvia que ilumina la niebla.
Como tengo fe de soñar que te amo,
mi carne será un día como un agua corriente
y mi cuerpo será de silencio amoroso, de cristal dolorido cuando tú lo iluminas.

Como en la inclinación morena de tus ojos el silencio vencido se convierte en aroma.
Como tengo una voz que se cubre de yerba donde vuelan las alondras y palabras y lágrimas.
Y como en tu cabello despierta la agonía,
y la paciencia intacta naufragará en la sangre
porque existe la muerte,
porque la sombra clara se convierte en misterio y la quietud del mundo colma la transparencia,
porqué el último olvido morirá con el hombre,
y tu boca de llanto y amapolas violentas,
y tus brazos de cal y niebla reclinada,
y tus manos delgadas como álamos de espuma,
y mi voz,
y mis ojos,
todo será divino al perder la memoria.

Como insiste el dolor, pero no se termina y es la lenta ascensión de la sangre al reposo.
Como es la primavera al donaire porque llevas el alma derramada en el paso.
Como es la caridad para mirar tu cuerpo y es la noche tranquila tu encendida alabanza.
Como tú eres el único sufrimiento posible y la angustia de cal que me quema los ojos,
con humildad,
buscando la palabra precisa,
yo te ofrezco la sombra, la paciencia del mundo donde olvido la espera,
donde olvido esta inmóvil angustia de ser junco y sentir en las plantas los impulsos del río,
donde puedo creer,
donde puedo creer, porque marchamos juntos igual que dos hermanos perdidos en la nieve.

Umberto Eco; El nombre de la Rosa

Una de las mejores novelas policiacas que he tenido el placer de leer. A la calidad de su trama se une, además, el dominio que su autor tiene del lenguaje (dominio, supogno, más que imprescindible si uno intenta ser un semiólogo). Aunque no es una obra de Absoluta Belleza, es genial y muy entretenida. Resulta interesantísima, con una ambiente y un mundo desarrollado con maestría absoluta. Por ejemplo, el bueno de Eco componía las conversaciones que trascurrían con sus personajes en movimiento usando un plano para que durasen lo justo. Este mundo prácticamente funciona por sí sólo. Y la recreación histórica, así como las descripciones del arte, los personajes y la filosofía (no siempre de la época, aunque siempre camuflados como si lo fuesen) queda de maravilla, dando más sabor a esta inusual novela detectivesca. Además, el hecho de que se desarrolle en la Edad Media y con un montón de latinajos sólo le da más encanto...

Este fragmento del diálogo me resulta de los más interesantes, y ayuda a ilustrar bastante bien las opiniones de nuestro detective inglés y monje franciscano favorito: Guillermo de Baskerville.

"-Refrectorio, scriptorium, biblioteca -dijo Guillermo-. De nuevo la biblioteca. Venancio murió en el Edificio, y muy probablemente en la biblioteca.

-¿Por qué en la biblioteca?

-Trato de ponerme en el lugar del asesino. Si Venancio hubiese muerto, asesinado, en el refectorioo, en la cocina o en el scriptorium, ¿por qué no dejarlo allí? Pero simurió en la biblioteca, había que llevarlo a otro sitio, ya sea porque en la biblioteca nunca lo habrían descubierto (y quizás al asesino le interesaba precisamente que lo descubrieran), o bien porque quizás el asesino no desea que la atención se concentre en la biblioteca.

-¿Y por qué podría interesarle al asesino que lo descubrieran?

-No lo sé. Son hipótesis. ¿Quién podría asegurar que el asesino mató a Venancio porque lo odiaba? Podría haberlo matado como a cualquier otro, para significar otra cosa.

-Omnis mundi creatura, quasi liber et scriptura... -murmuré-. Pero, ¿qué tipo de signo sería?

-Eso es lo que no sçe. Pero no olvidemos que también existen signos que sólo parecen tales, pero que no tienen sentido, como blitiri o bu-ba-baff...

-¡Sería atroz matar a un hombre para decir bu-ba-baff!

-Sería atroz -comentó Guillermo - matar a un hombre para decir Credo in unum Deum..."



Como habréis podido comprobar en el breve diálogo: desarrollo de personajes, latinajos, filosofía medieval y relato de misterio. Todo en uno y además con libros y un personaje que se identifica con Borges. En serio, ¿hace falta más para instaros a que lo leáis?

Virginia Woolf; Un cuarto propio

UN CUARTO PROPIO

"Pero, dirán ustedes, nosotros le pedimos que hablara sobre las mujeres y la novela -¿qué tendrá eso que ver con un cuarto propio? Intentaré explicarlo. Cuando me pidieron que hablase sobre las mujeres y la novela me senté en la orilla de un río y me puse a pensar lo que esas palabras querrían decir. Podrían significar simplemente unas observaciones sobre Fanny Burney; otras sobre Jane Austen; un tributo a las Brontë y un esbozo de la casa parroquial de Haworth bajo la nieve; algunas eventuales ironías sobre Miss Mitford; una respetuosa alusión a George Eliot; una referencia a Mrs. Gaskell y asunto concluido. Pero repensándola bien, la empresa no me pareció tan sencilla. El tema Las mujeres y la novela puede decir, y ustedes pueden querer que quiera decir, las mujeres y lo que parecen; o si no las ujeres y las novelas que escriben; o tal vez las mujeres y las novelas que se escriben sobre ellas; o esas tres cosas inextricablemente mezcladas y esto último puede ser lo que ustedes quieren que estudie.

Pero al disponerme a adoptar esa interpretación que me parecía la más interesante de todas, pronto advertí que tenía una desventaja fatal. Nunca podría cumplir lo que es, entiendo, el primer deber de un conferenciante: ofrecerles después de una hora de charla una pepita de verdad pura,envolverían en las hojas de sus libretas y guardarían eternamente sobre el mármol de la chimenea. Sólo puedo ofrecerles una opinión sobre un tema menor: para escribir novelas, una mujer debe tener dinero y un cuarto propio; y eso, como ustedes verán, deja sin resolver el magno problema de la verdadera naturaleza de la mujer y la verdadera naturaleza de la novela.

(...)"

Así empieza Un cuarto propio de Virginia Woolf, uno de los ensayos sobre teoría de la literatura (o, quizás, sociología de la literatura) que más he disfrutado. Para cualquier que tenga interés sobre estos temas, la edición española está traducida por Borges y es más que satisfactoria. Sobre todo muy recomendable para aquellos interesados en las teorías feministas: no en vano es nuestra amiga Virginia una de las principales autoras de esta corriente.

Virginia Woolf; La casa encantada

La casa encantada

A cualquier hora que te despertaras siempre había una puerta cerrándose. Iban de habitación en habitación, cogidos de la mano, levantando aquí, abriendo allí, cerciorándose: una pareja de fantasmas.

“Lo dejamos aquí”, decía ella. Y él añadía: “¡Sí, pero también aquí!”. “Está arriba”, murmuraba ella. “Y en el jardín”, susurraba él. “No hagamos ruido”, decían, “o los despertaremos”.

Pero no nos despertabais. Nada de eso. “Lo están buscando; están abriendo la cortina”, podíamos decir, y seguir leyendo un par de páginas más. “Lo han encontrado”, podíamos asegurar, deteniendo el lápiz en el margen de la página. Y luego, cansados de leer, nos levantaríamos y lo comprobaríamos; la casa vacía, las puertas abiertas, sólo las palomas torcaces con su alegre arrullo y el zumbido de la trilladora allá en la granja. “¿Por qué he venido aquí? ¿Qué esperaba encontrar?” Mis manos estaban vacías. “¿Estará arriba, tal vez?” Las manzanas estaban en el desván. Y otra vez abajo, el jardín más tranquilo que nunca, tan sólo el libro caído sobre la hierba.

Lo encontraron en la sala de estar. No es que llegaras a verlos. Las ventanas reflejaban manzanas, reflejaban rosas; todas las hojas eran verdes sobre el cristal. Si se movían por la sala de estar, la manzana se limitaba a mostrar su lado amarillo. Pero, al instante, si la puerta se abría, se esparcía por el suelo, colgaba de las paredes, pendía del techo… ¿qué? Mis manos estaban vacías. La sombra de un zorzal cruzó la alfombra; desde los más profundos abismos del silencio llegó el arrullo de la paloma torcaz. “A salvo, a salvo, a salvo”, latía suavemente el pulso de la casa. “El tesoro enterrado; la habitación…” El puso se detuvo bruscamente. ¿Sería eso el tesoro enterrado?

Un momento después la luz se había desvanecido. ¿Fuera, en el jardín quizá? Pero los árboles tejían la oscuridad para un rayo de sol errante. Tan hermoso, tan extraño, serenamente hundido bajo la superficie, el rayo que yo buscaba ardía siempre tras el cristal. El cristal era la muerte; la muerte andaba entre nosotros; se acercó primero a la mujer, hace cientos de años, abandonó la casa, selló todas las ventanas; las habitaciones quedaron a oscuras. Él dejó la casa, la dejó a ella, fue al norte, fue al este, vio aparecer las estrellas en el cielo del sur; buscó la casa, la encontró derruida bajo las Downs. “A salvo, a salvo, a salvo”, latía alegremente el pulso de la casa, “El tesoro es vuestro”.

El viento ruge en la avenida. Los árboles se cimbrean a uno y otro lado. Rayos de luna se derraman y chapotean frenéticamente en la lluvia. La vela arde erguida y serena. Deambulando por la casa, abriendo ventanas, susurrando para no despertarnos, la pareja de fantasmas busca su alegría.

“Aquí dormíamos”, dice ella. Y él añade, “Cuántos besos”. “Despertar por la mañana…” “Plata entre los árboles…” “Arriba…” “En el jardín…” “Cuando llegaba el verano…” “En invierno, la nieve…” Las puertas van cerrándose en la distancia, batiendo suavemente como el latido de un corazón.

Se acercan; se detienen en el pasillo. El viento sopla, la lluvia tiñe de plata el cristal. Nuestros ojos se oscurecen; no oímos pasos a nuestras espaldas; no vemos a ninguna dama extender su mano espectral. Él protege el farolillo con las manos. “Mira”, susurra. “Profundamente dormidos. El amor en sus labios.”

Se inclinan, sostienen la lámpara de plata justo encima de nuestras cabezas, nos observan larga e intensamente. Se demoran. Entra una ráfaga de viento; la llama tiembla ligeramente. Enfurecidos rayos de luna surcan el suelo y las paredes y, al encontrarse, tiñen los rostros que examinan a los que duermen y buscan su alegría oculta.

“A salvo, a salvo, a salvo”, late con orgullo el corazón de la casa. “Tantos años…”, suspira él. “Has vuelto a encontrarme.” “Aquí”, murmura ella, “durmiendo; leyendo en el jardín; riendo, apilando las manzanas en el desván. Aquí dejamos nuestro tesoro…”. Se inclinan; la luz me abre los párpados. “¡A salvo! ¡a salvo! ¡a salvo!”, late enloquecido el pulso de la casa. Me despierto, grito. “Ah, ¿es éste vuestro tesoro enterrado? La luz en el corazón.”

Thomas Mann; La muerte en Venecia




"Sobre la cabaeza, generalmente inclinada en un gesto doliente, parecían haber pasado grandes tormentas. Sin embargo, era sólo el arte lo que había retocado su fisonomía, como sólo suele hacerlo una vida llena de emociones y aventuras. Debajo de aquella frente se habían forjado las frases chispeantes de la conversación entre Voltaire y Federico acerca de la guerra. Aquellos ojos, que miraban cansados tras los cristales de los lentes, habían visto el sangriento horror de los lazaretos de la guerra de los Siete Años. El arte significa, para quien lo vive, una vida enaltecida; sus dichas son más hondas y desgastan más rápidamente; graba en el rostro de sus servidores las señales de aventuras imaginarias, y el artista, aunque viva exteriormente en un retiro caustral, se siente al fin y al cabo poseído de un refinamienot, un cansancio y una curiosidad de los nervios, más intensos que los que puede engendrar una vida llena de pasiones y goces violentos."


"Aquella sonrisa fue recibida como un obsequio fatal. Aschenbach se conmovió tan profundamente que se vio obligado a huir de la luz de la terraza, del jardín, y buscar apresuradamente el refugio de la oscuridad de la parte posterior del parque. Allí fue donde se le escaparon amonestaciones, singularmente indignadas y tiernas al mismo tiempo: "¡No debes sonreír así! ¡No se debe sonreír así a nadie!" Se arrojó en un banco y fuera de sí aspiró el aroma nocturno de las plantas. Con la cabeza echada hacia atrás, los brazos colgantes, abrumado y sintiendo escalofríos, murmuró la fórmula perenne del deseo, imposible, absurdo, maldito, ridículo en este caso, y, sin embargo, respetable y sagrado aún en este caso; "¡Yo te amo!"

Sound of Silence

Cesaria Évora

Para completar con algo de cultura musical, he aquí un par de canciones de esta señora. Tiene un aire a abuela, pero, oh, por la gloria del Altísimo... Que voz.

Sodade:



Y esta, cantada junto a una tal Kayah (mis sospechas son que se trata de una cantante de Europa del este, pero no me ha interesado lo suficiente, le verdad), responde al nombre de Enbarcaçao

Ángel Olgoso; El mundo en el año uno antes de la nada

Un relato de un escritor no muy conocido, granadino y, desde mi punto de vista, bastante bueno. Es cortito, pero sin duda el relato que más me gustó de su libro "Los demonios del lugar". Espero que lo disfrutéis:

EL MUNDO EN EL AÑO UNO ANTES DE LA NADA

A menudo el camino hacia los cataclismos más pavorosos corre a través de menguados bancales: en algunos de nuestros urinarios públicos se encuentran, a veces, trozos de pan depositados allí intencionadamente por urófagos que luego recuperan de noche para comérselos con voluptuosidad. Bajo la puerta despintada de un servicio de la plaza Dorantes, albergado en las formas de un reseco, humilde, casi imperceptible trozo de pan, se halla el último de los Mitos del Centro, el último de los mágicos objetos del Orden, de los cifradores de energía espiritual, de los puntos de apoyo sobre los que descansa el Cosmos en perfecta armonía, el insospechado sucesor del roble de Merlín, del qutb, de la viga de oro, de la montaña mística de Qaf, de la lira de Apolo, del árbol de los gasitas, del Zahir, de los cuernos del toro Uznul. Sin sus arcanos, sin sus múltiples ónfalos, el Universo no sería más que un puñado de polvo en una violenta tempestad, un vórtice carente de leyes espacio-temporales, campos magnéticos y fuerzas gravitatorias. Ahora, por un motivo desconocido –quizá arbitrario-, el eje de todo reside en ese trozo de pan blanco hasta que es pisado inadvertidamente por alguien. Y el sonido de su extinción no resuena como el horrible estallido de un erizo al aplastarlo con el tacón, sino más bien como el manso silencio de esas flores que mueren cuando se las ilumina, como el silencio dilatado que antecede a un estruendo y quedan calladas las bestias, las brisas, las mareas, las estrellas.

Miguel de Unamuno

Por curiosidad, por gusto, os dejo aquí algunos de los poemas de nuestro bienamado Unamuno. Para que no se diga que, entre latinajos e hispanoamericanos, nos olvidamos del producto patrio salvo en lo que a Miguel D'Ors y José Corredor Matheos se refiere...

EL CUERPO CANTA

El cuerpo canta;
la sangre aúlla;
la tierra charla;
la mar murmura;
el cielo calla
y el hombre escucha.


A MI BUITRE

Este buitre voraz de ceño torvo
que me devora las entrañas fiero
y es mi único constante compañero
labra mis penas con su pico corvo.

El día en que le toque el postrer sorbo
apurar de mi negra sangre, quiero
que me dejéis con él solo y señero
un momento, sin nadie como estorbo.

Pues quiero, triunfo haciendo mi agonía
mientras él mi último despojo traga,
sorprender en sus ojos la sombría

mirada al ver la suerte que le amaga
sin esta presa en que satisfacía
el hambre atroz que nunca se le apaga.


LEER, LEER, LEER, VIVIR LA VIDA

Leer, leer, leer, vivir la vida
que otros soñaron.
Leer, leer, leer, el alma olvida
las cosas que pasaron.
Se quedan las que quedan, las ficciones,
las flores de la pluma,
las solas, las humanas creaciones,
el poso de la espuma.
Leer, leer, leer; ¿seré lectura
mañana también yo?
¿Seré mi creador, mi criatura,
seré lo que pasó?

María Luisa Bombal; Lo secreto

Sé muchas cosas que nadie sabe.

Conozco del mar, de la tierra y del cielo infinidad de secretos pequeños y mágicos.

Esta vez, sin embargo, no contaré sino del mar.

Aguas abajo, más debajo de la honda y densa zona de tinieblas, el océano vuelve a iluminarse. Una luz dorada brota de gigantescas esponjas, refulgentes y amarillas como soles.

Toda clase de plantas y de seres helados viven allí sumidos en esa luz de estío glacial, eterno…

Actinias verdes y rojas se aprietan en anchos prados a los que se entrelazan las transparentes medusas que no rompieran aún sus amarras para emprender por los mares su destino errabundo.

Duros corales blancos se enmarañan en matorrales estáticos por donde se escurren peces de un terciopelo sombrío que se abren y cierran blandamente, como flores.

Veo hipocampos. Es decir, diminutos corceles de mar, cuyas crines de algas se esparcen en lenta aureola alrededor de ellos cuando galopan silenciosos.

Y sé que si se llegaran a levantar ciertas caracolas grises de forma anodina puede encontrarse debajo a una sirenita llorando.

Y ahora recuerdo, recuerdo cuando de niños, saltando de roca en roca, refrenábamos nuestro impulso al borde imprevisto de un estrecho desfiladero. Desfiladero dentro del cual las olas al retirarse dejaran atrás un largo manto real hecho de espuma, de una espuma irisada, recalcitrante en morir y que susurraba, susurraba... algo así como un mensaje.

¿Entendieron ustedes entonces el sentido de aquel mensaje?

No lo sé.

Por mi parte debo confesar que lo entendí.

Entendí que era el secreto de su noble origen que aquella clase de moribundas espumas trataban de suspirarnos al oído...

-Lejos, lejos y profundo -nos confiaban- existe un volcán submarino en constante erupción. Noche y día su cráter hierve incansable y soplando espesas burbujas de lava plateada hacia la superficie de las aguas...

Pero el principal objetivo de estas breves líneas es contarles de un extraño, ignorado suceso, acaecido igualmente allá en lo bajo.

Es la historia de un barco pirata que siglos atrás rodara absorbido por la escalera de un remolino, y que siguiera viajando mar abajo entre ignotas corrientes y arrecifes sumergidos.

Furiosos pulpos abrazábanse mansamente a sus mástiles, como para guiarlo, mientras las esquivas estrellas de mar anidaban palpitantes y confiadas en sus bodegas.

Volviendo al fin de su largo desmayo, el Capitán Pirata, de un solo rugido, despertó a su gente. Ordenó levar ancla.

Y en tanto, saliendo de su estupor, todos corrieron afanados, el Capitán en su torre, no bien paseara una segunda mirada sobre el paisaje, empezó a maldecir.

El barco había encallado en las arenas de una playa interminable, que un tranquilo claro de luna, color verde-umbrío, bañaba por parejo.

Sin embargo había aún peor: por doquiera revolviese el largavista alrededor del buque no encontraba mar.
-Condenado Mar -vociferó-. Malditas mareas que maneja el mismo Diablo. Mal rayo las parta. Dejarnos tirados costa adentro... para volver a recogernos quién sabe a qué siniestra malvenida hora...

Airado, volcó frente y televista hacia arriba, buscando cielo, estrellas y el cuartel de servicio en que velara esa luna de nefando resplandor.

.Pero no encontró cielo, ni estrellas, ni visible cuartel.

Por Satanás. Si aquello arriba parecía algo ciego, sordo y mudo... Si era exactamente el reflejo invertido de aquel demoníaco, arenoso desierto en que habían encallado.

Y ahora, para colmo, esta última extravagancia. Inmóviles, silenciosas, las frondosas velas negras, orgullo de su barco, henchidas allá en los mástiles cuan ancho eran... y eso que no corría el menor soplo de viento.

-A tierra. A tierra la gente -se le oye tronar por el barco entero-. Cargar puñales, salvavidas. Y a reconocer la costa.

La plancha prestamente echada, una tripulación medio sonámbula desembarca dócilmente; su Capitán último en fila, arma de fuego en mano.

La arena que hollaran, hundiendose casi al tobillo, era fina, sedosa, y muy fría.

Dos bandos. Uno marcha al Este. El otro, al Oeste. Ambos en busca del Mar. Ha ordenado el Capitán. Pero...

-Alto -vocifera deteniendo el trote desparramado de su gente-. El Chico acá de guardarrelevo. Y los otros proseguir. Adelante.

Y El Chico, un muchachito hijo de honestos pescadores, que frenético de aventuras y fechorías se había escapado para embarcarse en "El Terrible" (que era el nombre del barco pirata, así como el nombre de su capitán ), acatando órdenes, vuelve sobre sus pasos, la frente baja y como observando y contando cada uno de ellos.

.-Vaya el lerdo... el patizambo... el tortuga -reta el Pirata una vez al muchacho frente a él; tan pequeño a pesar de sus quince años, que apenas si llega a las hebillas de oro macizo de su cinturón salpicado de sangre.

"Niños a bordo" -piensa de pronto, acometido por un desagradable, indefinible malestar.

-Mi Capitán -dice en aquel momento El Chico, la voz muy queda-, ¿no se ha fijado usted que en esta arena los pies no dejan huella?

-¿Ni que las velas de mi barco echan sombra? -replica éste, seco y brutal.

Luego su cólera parece apaciguarse de a poco ante la mirada ingenua, interrogante con que El Chico se obstina en buscar la suya.

-Vamos, hijo -masculla, apoyando su ruda mano sobre el hombro del muchacho-. El mar no ha de tardar...

-Sí, señor -murmura el niño, como quien dice: Gracias.

Gracias. La palabra prohibida. Antes quemarse los labios. Ley de Pirata.

"¿Dije Gracias?" -se pregunta El Chico, sobresaltado.

"¡Lo llamé: hijo!" -piensa estupefacto el Capitán.

-Mi Capitán -habla de nuevo El Chico-, en el momento del naufragio...- aquí el Pirata parpadea y se endereza brusco-...del accidente, quise decir, yo me hallaba en las bodegas. Cuando me recobro, ¿qué cree usted? Me las encuentro repletas de los bichos más asquerosos que he visto...

-¿Qué clase de bichos?

-Bueno, de estrellas de mar... pero vivas. Dan un asco. Si laten como vísceras de humano recién destripado... Y se movían de un lado para otro buscándose, amontonándose y hasta tratando de atracárseme...

-Ja. Y tú asustado, ¿eh?

-Yo, más rápido que anguila, me lancé a abrir puertas, escotillas y todo; y a patadas y escobazos empecé a barrerlas fuera. ¡Cómo corrían torcido escurriéndose por la arena! Sin embargo, mi Capitán, tengo que decirle algo... y es que noté... que ellas sí dejaban huellas...

El Terrible no contesta.

Y lado a lado ambos permanecen erguidos bajo esa mortecina verde luz que no sabe titilar, ante un silencio tan sin eco, tan completo, que de repente empiezan a oír.

A oír y sentir dentro de ellos mismos el surgir y ascender de una marea desconocida. La marea de un sentimiento del que no atinan a encontrar el nombre. Un sentimiento cien veces más destructivo que la ira, el odio o el pavor. Un sentimiento ordenado, nocturno, roedor. Y el corazón a él entregado, paciente y resignado.

-Tristeza -murmura al fin El Chico, sin saberlo. Palabra soplada a su oído.

Y entonces, enérgico, tratando de sacudirse aquella pesadilla, el Capitán vuelve a aferrarse del grito y del mal humor.

-Chico, basta. Y hablemos claro, Tú, con nosotros, aprendiste a asaltar, apuñalar, robar e incendiar... sin embargo, nunca te oí blasfemar.- Pausa breve; luego bajando la voz, el Pirata pregunta con sencillez. -Chico, dime, tú has de saber... ¿En dónde crees tú que estamos?

-Ahí donde usted piensa, mi Capitán -contesta respetuosamente el muchacho...

-Pues a mil millones de pies bajo el mar, caray -estalla el viejo Pirata en una de esas sus famosas, estrepitosas carcajadas, que corta súbito, casi de raíz.

Porque aquello que quiso ser carcajada resonó tremendo gemido, clamor de aflicción de alguien que, dentro de su propio pecho, estuviera usurpando su risa y su sentir; de alguien desesperado y ardiendo en deseo de algo que sabe irremisiblemente perdido.

Julio Cortázar

Instrucciones para llorar

Instrucciones para llorar. Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.



Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.



Instrucciones para dar cuerda al reloj

Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan.

¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.