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La Torre Vigía; Ana María Matute

"De las tierras altas, de los bosques, surgieron los jinetes blancos y los jinetes negros. Y de las murallas del castillo de Mohl fueron a su encuentro jinetes blancos y negros. Entonces vi al Señor de los Enemigos; tan arrogante y gallardo, y valiente, que un último grito de violencia se levantó en mi ánimo. Me enorgullecí de su furia, admiré su valor y su crueldad, me devolvió la imagen de mi infancia, tendido en la pradera, nublados losojos de placer ante el sueño de la guerra y de la sangre. Pero la espada negra se alzó de mis propias manos y segó para siempre, el orgullo, la crueldad, el valor y la gloria. "El Mal, ha muerto", medije.

Entonces distinguí sobre la hierba a mi señor, el Barón Mohl. Estaba muy distante, y, sin embargo, la profunda sombra de sus ojos buscaba -y encontraba- los míos. Le vi derribado de su caballo Hal, herido. La sangre fluía mansamente de su boca, y en aquella roja y débil fuente percibí claramente su llamada, el reclamo de una prometida lanzada. Hal le había abandonado; vi su desenfrenada carrera hacia los negros caballos, en dirección a alguna selva, o alguna calcinada planicie. Yo había dado promesa de atravesar su cuerpo, el día que me pidiera lo imposible, pero mi promesa se había perdido en una tierra y un tiempo inalcanzables. Entonces la piedad regresó a mí, y, tal vez, el amor. Pero alcé la espada, y el amor, y la piedad, quedaron segados para siempre. Y me dije: "El Bien ha muerto".

Miles de flechas taladraban mi cuerpo, pero no podía, ya, sentir dolor alguno. Y grité, espada en alto,que estaba dispuesto a partir en dos el mundo: el mundo negro y el mundo blanco; pues que ni el Bien ni el Mal han satisfecho, que yo sepa, a hombre alguno.

El alba trepaba por las piedras de la torre; mostraba antiguas y nuevas huellas de todas las guerras y todos los vientos. En algún lugar persistía el enfurecido piafar de negros y blancos animales: agrediéndose, aún, tras la muerte de los hombres.

Pero yo alcé mi espada cuanto pude, decidido a abrir un camino a través de un tiempo en que
Un tiempo
Tiempo


A veces se me oye, durante las vendimias. Y algunas tardes, cuando llueve."







Lo que puede que acabéis de leer es el final de esta curiosa, lírica, casi onírica novela de Ana María Matute. Ambientada en un pasado medieval de doncellas y caballeros que tiene poco de idealista y mucho de mugre y violencia, un chico cuya principal característica es el temple pasional y una innata y extraña percepción (que puede ser esquizofrenia, que pueden ser alucinaciones, que nunca se nos aclara) nos cuenta su vida desde que puede recordar, en su infancia y la fiesta de la vendimia, hasta la noche en que, cuando decide no realizar la vigilia de sus armas y no convertirse en caballero, no matar a sus hermanos, es asesinado por los mismos.

Como en alguna que otra novela de la autora (y estoy pensando en Primera Memoria), los símbolos se desarrollan, se superponen, juegan unos con otros. Estos son los últimos párrafos, donde muchos de los símbolos (el blanco y el negro, los caballos, la guerra, la sangre, la violencia, el amanecer o la torre) son finalmente explotados. Sospecho, sin embargo, que sin haber leído la novela estos párrafos carecerán de tanto significado. Y con eso y con todo, creo que sigue pudiéndose apreciar lo bien escrito de estos últimos, alucinados pensamientos.

Antonio Gala; ¿Por qué corres, Ulises?

(Tararea una nana. ULISES se queda dormido. Ha aparecido EURIMEDUSA, acechante, con un uniforme de cocina, un delantal y un cuchillo en la mano.)

EURIMEDUSA.- ¿Se durmió?

(NAUSICA le hace un gesto de silencio)

NAUSICA.- (Avanzando) Si. Menos mal. También yo tengo, de cuando en cuando, derecho a descansar. Estando él despierto no hay manera.

EURIMEDUSA.- Los hombres son todos unos petardos. Guapísimos, pero petardos... (Por la habitación.) Ya ves que orden de casa. No se puede ni arreglar la habitación. Antes, por lo menos, hacías el amor y eso salías ganando, pero lo que es ahora... Hablar, hablar y quedarse dormido. ¿Cuándo limpio yo el polvo?

NAUSICA.- (Desganada.) Más polvo había antes. No gruñas... (Con naturalidad.) o te mando al Erebo,, hijo del Caos y hermano de la Noche.

EURIMEDUSA.- (Asustada.) ¿Qué?

NAUSICA.- ¿Ves? Ya me está contagiando sus manías. Habla él y me pone la alcoba perdida de dioses y centauros.

EURIMEDUSA.- Lo que inventan para llamar la atención. Qué presumidos, madre.

NAUSICA.- Si se come un conejo es porque Palas Atenea se lo puso delante. Si se descuerna contra una roca es porque Poseidón le tomó antipatía. Si lleva veinte años haciendo el gamberro fuera de casa es porque dejó tuerto de su único ojo a Polifemo, que también hace falta mala sangre... (Pequeña pausa.) Me aburro, Eurimedusa... No, no me aburro.

EURIMEDUSA.- (Que ha dejado el cuchillo y se ha puesto a limpiar.) ¿No le gustaba el mar? Pues que se vaya a Ítaca con viento fresco. O a donde sea.

NAUSICA.- Es que lo quiero aún. Es un pesado, pero lo quiero. Me ha contado ya tres veces la Ilíada, cada vez de una forma diferente: lo que no cambia es que él se pone siempre de protagonista... Pero lo quiero. La Odisea me la sé de memoria: si él se equivoca, y le sucede con frecuencia, lo corrijo... Pero lo quiero. Ningún hombre, hasta ahora, me inspiró lo que Ulises: ternura... No hay nadie que suscite más ternura que un héroe cansado.

EURIMEDUSA.- Pues aguántate entonces. Todos estos que vienen de la guerra, vienen así: pidiendo una enfermera a gritos. Les digas lo que les digas, te habla sólo del frente.

NAUSICA.- (En lo suyo.) Ya ves qué general en jefe: sin ejército, sin barcos, sin un mal uniforme, sin otros enemigos que los que él se imagina... Pero lo quiero.

EURIMEDUSA.- Lo que a mi me parece, si te digo mi verdad, es que Ulises ha sido toda su vida un chulo.

Entre visillos; Carmen Martín Gaite

Es una novela bastante curiosa, realista y simple en apariencia, sin demasiada floritura, pero la mar de interesante. Los tipos, los personajes, están muy bien retratados, y las conversaciones que tiene son muy naturales. Es difícil dar una buena idea del libro en conjunto como fragmento, más que nada porque es importante cómo los personajes se construyen y sus relaciones entre ellos. Con eso y con todo, he aquí uno de mis fragmentos favoritos. Siento que pierda tanto en pequeñín:

"Aquella noche ya no tenía trabajo en el casino. Anduvimos por las calles de la Catedral, y otra vez en el río, mirando las luces pobres que se meneaban sobre el agua en reguerillos. Fue una despedida lenta y deprimente. Al final estuvimos sentados en una terraza de la Plaza Mayor, tomando café. Yo tenía sueño. La gente que salía de los cines nos miraba al pasar, con ojos descarados. Hacía un poco de frío.

A la una le dije:

-¿Nos vamos?

-¿Tan pronto? Ahora da pereza moverse.

Hablaba con los ojos puestos en la taza vacía de café que inclinaba por el asa con dos dedos.

-Yo lo digo por ti, si te duermes tarde vas a perder el tren mañana, ¿no has dicho que sale a las ocho?

-Si. ¿Y si lo pierdo?

Me miraba al decirlo.

-Tú veras.

Al llegar a casa nos paramos en el pasillo, casi a oscuras, entre las dos habitaciones. Hablábamos cuchicheando.

-Ya le dije antes a la vieja de aquí que mañana te cambie a mi cuarto. Estarás mejor porque es más grande.

-Bueno.

-Me gusta que te quedes en mi cuarto.

Le brillaban los ojos, como al borde del llanto. Luego sacudió la cabeza con un gesto afectado y me tendió la mano.

-Bueno, adiós, que es muy tarde. Y a ver si eres bueno. Me tienes que poner una postal de vez en cuando. Me cuentas que tal te va, señor profesor.

-De acuerdo, Rosa, que tengas suerte.

Estábamos con las manos cogidas. Dijo, acercándose:

-Me figuro que me besarás.

Me incliné para besarla. Llevaba un carmín que sabía amargo.

Sobre lo divino y lo humano.

- ¿Eres creyente?
Entramos en la iglesia sin saber que estábamos haciendo exactamente, con la necesidad de encontrar un lugar caliente donde alojarnos. En la calle aún nevaba, como si se tratase de una ciudad europea. La plaza de Carlos V dentellaba; los adoquines parecían una gran pista congelada y los viandantes danzaban al son de un mal vals de Stravinsky. Era de noche, pero las luces comprendían la intimidad de los amantes cuando el viento hiela.
Yo amo el arte, no lo niego, hasta amo las obras artísticas religiosas, por muchas espadas que se claven. Claramente prefiero los desnudos de las ninfas que los cuerpos maltratados de los Cristos, pero aquel día tenía ganas de examinar una de las pocas iglesias que se me escapaban.
La invité a pasar. Empujé la puerta de madera (cuántos siglos de rostros anónimos). El templo tenía tres naves y un gran altar mayor hecho de madera. Daniela miraba asombrada cada columna que sostenían las gruesas bóvedas. En ese momento me hubiera gustado besarla.
- No creo en absoluto.
Sus ojos se enternecieron, como sorprendida por la respuesta. ¿Qué esperara que dijera? Hoy en día es tan difícil creer… pero si ella me pedía que creyera lo hubiera hecho, aunque sólo fuera por verla desnuda.
- Si no crees es porque no has sufrido lo suficiente.
Entendí en aquel momento que el sufrimiento siempre ha estado ligado a los pensamientos más primarios, detrás de cada cruz de madera, en cada clavo, debajo de cada sotana. Si el quitarle el jersey se iba convertir en un autentico calvario debía examinar la situación con detenimiento. Me lo había dicho bastante claro: si quieres tenerme, súfreme.
Pensé en todos aquellos mártires que habían dado su vida por el dolor y la agonía. Sabían que su vida iba a ser despreciable y aún así decidieron morir, quién sabe si por pura imitación de Jesús. Vi los brazos de Daniela, tan pálidos que se adivinaban las venas azules en su interior, su pelo, largo, que caía por los hombros, con una cinta rodeándole la frente, su pecho apretado contra la camiseta, y una falda que le subía por encima de las rodillas.
- Creo que no es necesario sufrir para amarte.
Había roto el equilibrio que sostenía todo el espacio interior de la iglesia. Las luces se entornaron y los cirios de los altares se apagaron de repente, como si un aíre súbito los hubiera calmado. Escuché unos susurros. Las caras de madera me hablaban. Daniela me había condenado al infierno. Al infierno para siempre. Uno de esos infiernos calientes y fríos, donde no hay caminos de retorno.
Pensé para mis adentros: espero que cuando subas al cielo lleves puesta la misma falda que hoy, para poder recordarte desde abajo.
En la calle había parado de nevar.

Pepe Pérez-Muelas Alcázar

Baudelaire; Las viejecitas

IV
Tal como camináis, estoicas y sin quejas,
A través del caos de vivientes ciudades,
madres de sangrante corazón, cortesanas o santas,
De las que, antaño, los nombres por todos eran citados.

Vosotras que fuisteis la gracia o que fuisteis la gloria,
¡Nadie os reconoce! Un beodo incivil
Os enrostra al pasar un amor irrisorio;
Sobre vuestros talones brinca un niño flojo y vil.

Avergonzadas de existir, sombras encogidas,
medrosas, agobiadas, costeáis los muros;
Y nadie os saluda, ¡extraños destinos!
¡Despojos de humanidad para la eternidad maduros!

Pero yo, yo que de lejos tiernamente os espío,
La mirada inquieta, fija sobre vuestros pasos vacilantes,
Como si yo fuera vuestro padre, ¡oh, maravilla!
Saboreo sin que lo sepáis placeres clandestinos:

Veo expandirse vuestras pasiones novicias;
Sombríos o luminosos, veo vuestros días perdidos;
¡Mi corazón multiplicado disfruta de todos vuestros vicios!
¡Mi alma resplandece de todas vuestras virtudes!

¡Ruinas! ¡Mi familia! ¡oh, cerebros congéneres!
¡Yo cada noche os hago una solemne despedida!
¿Dónde estaréis mañana, Evas octogenarias,
Sobre las que pesa la garra horrorosa de Dios?

Adriana Varela; No te salves, de Mario Benedetti



NO TE SALVES

No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma

no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios

no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo

pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana

y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo

Mario Benedetti; Pobre Dios

POBRE DIOS

Es imposible estar seguro
pero tal vez sea Dios todo el silencio
que queda de los hombres

es imposible estar seguro
pero acaso Dios sea
la soledad total
irrevocable
más grave que la tuya
o que la mía
por lo menos más grave que la mía
que es soledad tan sólo
cuando el viejo crepúsculo me mira
como un toro furioso
y yo no tengo a mano
tus sabios labios para
olvidarme ele todo lo que temo

es imposible estar seguro
ah pero en ese caso
pobre Dios qué tristeza
debe ser su tristeza
pobre Dios
si una ver descendiera
a asir nuestra miseria
y respirara por unas pocas horas
el incesante miedo de la muerte
quizá mucho después
allá
solo y eterno
recordara esa tibia bocanada
como el único asueto
de su enorme
desolado Infinito.

Virginia Woolf; Al faro

"Así que Mr Tansley supuso que lo que ella quería era que viese que el cuadro de aquel hombre era pobre, es eso lo que se dice? Que los colores no eran sólidos? Es eso lo que se dice? Bajo la influencia de una extraordinaria emoción que había estado creciendo durante todo el paseo, empezado en el jardín cuando había intentado llevar su bolsa, incrementado en el pueblo cuando había querido contarle todo sobre sí mismo, estaba empezando a verse a sí mismo y a todo lo que conocía torcerse un poco. Era terriblemente extraño.

Se quedó alli de pie en el el salón de la casa diminuta donde ella le había llevado, esperándole, mientras ella iba escaleras arriba durante un rato para ver a una mujer. Escuchó sus pasos rápidos arriba, escuchó su voz alegre, luego grave; miró los tapetes, los carritos de té, sombras cristalinas; esperó bastante impaciente; deseó urgentemente el paseo de vuelta a casa, determinado a cargar su bolsa; entonces le escuchó salir; cerrar una puerta, decir que debían mantener las ventanas abiertas y las puertas cerradas, preguntar en casa por cualquier cosa que necesitasen (debía estar hablando con un niño), cuando, repentinamente, entró, se quedó silenciosa un momento (como si hubiese estado fingiendo allí arriba, y por un momento se permitiese ser ella misma ahora), se quedó bastante inmóvil contra el retrato de la Reina Victoria llevando el galón azul de la Liga; y todo de golpe se dio cuenta de que era esto: era esto - ella era la persona más hermosa que jamás había visto."

Es una de mis escenas favoritas (o de las que más recuerdo) de Al faro. Perdon por la traducción más que macarrónica en la que pierde infinito. Juro haber intentado hacerlo lo mejor posible.

Anne Sexton; Cenicienta

La traducción es macarrónica, pero encontré este poema curioso. No es precisamente un desgaste de figuras poéticas, pero el juego que hace con el cuento tradicional de los Grimms me parece interesante. También ha de tenerse en cuenta que esta mujer usaba la escritura de un modo bastante confesional. La biografía, en especial, da un enfoque curioso al analísis.

CENICIENTA

Siempre lees sobre ello:
el fontanero con doce hijos
que gana la lotería irlandesa.
De los retretes a la riqueza.
Esa historia.

O la doncella,
algun dulce exquisito de Dinamarca
que captura el corazón del hijo mayor.
De los pañales a Dior.
Esa historia.

O el lechero que sirve a los ricos,
huevos, crema, mantequilla, yoghurt, leche,
la furgoneta blanca como una ambulancia,
que llega a una gran propiedad
y hace una montaña.
De los homogeneizados al almuerzo con martinis.

O la limpiadora
que está en el autobús cuando choca
y consigue suficiente del seguro.
De las mopas a Bonwit Teller.
Esa historia.

Una vez
la esposa de un hombre rico estaba en su lecho de muerte
y le dijo a su hija Cenicienta:
Se devota. Se buena. Asi sonreiré
desde el cielo al borde de una nube.
El hombre tomó a otra esposa que tenía
dos hijas, bastante bonitas
pero con corazones como blackjacks.
Ceincienta era su doncella.
Dormía junto al fuego enhollinado cada noche
y andaba por ahí pareciéndose a Al Jolson.
Su padre trajo regalos de la ciudad a casa,
joyas y vestidos para las otras mujeres,
pero la rama de un árbol para Cenicienta.
Plantó esa rama en la tumba de su madre
y esta creció como un árbol donde se posaba la blanca paloma.
Cada vez que deseaba cualquier cosa la paloma
lo dejaría caer como un huevo en la tierra.
El pájaro es importante, queridos, así que prestadle atención.

Después vino el baile, como todos sabéis.
Era un mercado de matrimonios.
El príncipe estaba buscando una princesa.
Todas estaban listas salvo Cenicienta
y todas se estaban emperifollando para el gran evento.
Cenicienta rogó que le dejasen ir también.
Su madrastra tiró un plato de lentejas
entre las cenizas y dijo: Recógelas
en una hora y podrás ir.
La blanca paloma trajo a todos sus amigos
todas las cálidas alas de su tierra natal vinieron,
y recogieron las lentejas en un suspiro.
No, Cenicienta, dijo la madrastra,
no tienes ropas y no puedes bailar.
Es la forma de ser de las madrastras.

Cenicienta fue al árbol en la tumba
y lloró allí como un cantante de evangelios:
Mama! Mama! Mi palomita,
llévame al baile del príncipe!
El pájaro dejó caer un vestido dorado
y unos delicados tacones de oro.
Un paquete algo grande para un simple pájaro.
Así que fue. Lo que no es una sorpresa.
Su madrastra y hermanastras no
le reconocieron sin la cara encenizada
y el príncipe cogió su mano al divisarla
y no bailó con otra en todo el día.

Con la noche pensó que sería mejor
llegar a casa. El príncipe caminó hasta su casa
y ella desapareció en el palomar
y aunque el príncipe cogió un hacha y lo cortó
en dos ella se había ido. De nuevo a las cenizas.
Estos eventos se repitieron durante tres días.
Sin embargo en el tercer día el príncipe
cubrió los escalones del palacio con cera de zapatero
y el zapato de oro de Cenicienta se quedó pegado.

Ahora encontraía a quien le quedase bien el zapato
y encontraría a su extraña chica bailarina por siempre.
Fue a su casa y las dos hermanas
estaban encantantadas porque tenían un pie bonito.
La mayor fue a la habitación para probarse el tacón
pero su gran dedo gordo se interpuso en el camino así que simplemente
se lo cortó y se puso el zapato.
El príncipe cabalgó con ella hasta que la blanca paloma
le insistió en que mirase la sangre fluyendo.
Es lo que pasa con las amputaciones.
No se sanan simplemente como un deseo.
La otra hermana cortó su talón
pero la sangre se chivó como debe hacerlo la sangre.
El príncipe se estaba cansando.
Empezaba a sentirse como un vendedor de zapatos.
Pero hizo un último intento.
Esta vez Cenicienta encajó en el zapato
como una carta de amor en su envoltorio.

A la ceremonia de la boda
las dos hermanas vinieron para pescar favores
y la blanca paloma les arrancó los ojos.
Dos agujeros huecos les quedaron
como dos cucharas de sopa.

Cenicienta y el príncipe
vivieron, dicen, felices para siempre,
como dos muñecas en una caja de museo
nunca molestos por pañales o polvo,
nunca discutiendo sobre el tiempo de un huevo,
nunca contando dos veces la misma historia,
nunca teniendo la plaga de la mediana edad,
sus queridas sonrisas encoladas para la eternidad.
Típicos gemelos Bobbsey.
Esa historia.

Friederike Mayröcker; Mysterium

MYSTERIUM



La imagen sacra tiene

una espina azul.

Jesús es bautizado

en naranja. Casi más allá

una y otra vez el Juicio Final.

Bienaventurados que sonríen y

forman coros. Verde clara

la tierra se hunde, pero

los cielos pronto se apaciguan.

Más claros, ondean como argénteas

banderas en lento movimiento,

y el cirio más alto se afana

y da olor.

Estoy ante ti en el polvo frío

estoy ante ti desde algún sitio

desde una aterida oscuridad

estoy ante ti y canto loas:

miradas de alabanza me elevaron

de los cansados estribos de mi

sentimiento, sin un

murmullo.

Pedro Páramo; Juan Rulfo

-Solamente es el caballo que va y viene. Ellos eran inseparables. Corre por todas partes buscándolo y siempre regresa a estas horas. Quizá el pobre no puede con su remordimiento. ¿Cómo hasta los animales se dan cuenta de cuando comenten un crimen, no?

-No entiendo. Ni he oído ningún ruido ni ningún caballo.

-¿No?

-No.

-Entonces es cosa de mi sexto sentido. Un don que Dios me dio; o tal vez sea una maldición. Sólo yo sé lo que he sufrido a causa de esto.

Guardó silencio un rato y luego añadió:

-Todo comenzó con Miguel Páramo. Sólo yo supe lo que le había pasado la noche que murió. Estaba yo acostada cuando oí regresar su caballo rumbo a la Media Luna. Me extrañó porque nunca volvía a esas horas. Siempre lo hacía entrada la madrugada. Iba a platicar con su novia a un pueblo llamado Contla, algo lejos de aquí. Salía temprano y tardaba en volver. Pero esa noche no regresó... ¿Lo oyes ahora? Esta claro que se oye. Viene de regreso.

-No oigo nada.

-Entonces es cosa mía. Bueno, como te estaba diciendo, eso de que no regresó es un puro decir. No había acabado de pasar su caballo cuando sentí que me tocaban por la ventana. Ve tú a saber si fue ilusión mía. Lo cierto es que algo me obligó a ir a ver quién era. Y era él, Miguel Páramo. No me extrañó verlo, pues hubo un tiempo en que se pasaba las noches en mi casa durmiendo conmigo, hasta que encontró esa muchacha que le sorbió los sesos.

"-¿Qué pasó? -le dije a Miguel Páramo-. ¿Te dieron calabazas?
"-No. Ella me sigue queriendo -me dijo-. Lo que sucede es que yo no pude dar con ella. Se me perdió el pueblo. Había mucha neblina o humo o no sé qué; pero sí sé que Contla no existe. Fui más allá, según mis cálculos, y no encontré nada. Vengo a contártelo a ti, porque tú me comprendes. Si se lo dijera a los demás de Comala dirían que estoy loco, como siempre han dicho que lo estoy.
"-No. Loco no, Miguel. Debes estar muerto. Acuérdate que te dijeron que ese caballo te iba a matar algún día. Acuérdate, Miguel Páramo. Tal vez te pusiste a hacer locuras y eso ya es otra cosa.
"-Sólo brinqué el lienzo de piedra que últimamente mandó poner mi padre. Hice que el Colorado lo brincara para no ir a dar ese rodeo tan largo que hay que hacer ahora para encontrar el camino. Sé que lo brinqué y después seguí corriendo; pero, como te digo, no había más que humo y humo y humo.
"-Mañana tu padre se torcerá de dolor -le dije-. Lo siento por él. Ahora vete y descansa en paz, Miguel. Te agradezco que hayas venido a despedirte de mi.
"Y cerré la ventana.
"Antes de que amaneciera un mozo de la Media Luna vino a decir:
"-El patró don Pedro le suplica. El niño Miguel ha muerto. Le suplica su compañía.
"-Ya lo sé -le dije-.¿Te pidieron que lloraras?
"-Sí, don Fulgor me dijo que se lo dijera llorando.
"-Está bien. Dile a don Pedro que allá iré. ¿Hace mucho que lo trajeron?
"-No hace ni media hora. De ser antes, tal vez se hubiera salvado. Aunque, según el doctor que lo palpó, ya estaba frío desde tiempo atrás. Lo supimos porque el Colorado volvió solo y se puso tan inquieto que no dejó dormir a nadie. Usted sabe cómo se querían él y el caballo, y hasta estoy por crear que el animal sufre más que don Pedro. No ha comido ni dormido y nomás se vuelve un puro corretear. Como que sabe, ¿sabe usted? Como que se siente despedazado y carcomido por dentro.
"-No se te olvide cerrar la puerta cuando te vayas.
"Y el mozo de Media Luna se fue."

-¿Has oído alguna vez el quejido de un muerto? -me preguntó a mí.

-No, doña Eduviges.

-Más te vale.

(Aún sin título)

Porque hay algo sagrado, se dijo, en despertarse, algo mágico en haber saltado el hueco del sueño, que es tan, tan parecido a la muerte. Un poco más tranquilo, quizás, un poco menos para siempre, y aún así, aún así, un hueco que asusta, que demuestra cómo el mundo sigue más allá de nuestros pasos. “Simplemente”, se dijo bajando la cuesta, con un coro de coches pasando, arriba y abajo, lanzando rugidos como dragones, “es como morir por un tiempo cuando, de repente, tras un espacio vacío, apareces en otros ojos y en otra vida y te das cuenta de que, una vez más, has saltado de cuerpo.” Algo así, ¿no era cierto? Quizás por eso despertarse para él siempre había tenido algo de monstruoso también, que no fuese igual que para los demás. Bastaba despertarse para que se viese obligado a reevaluar sus recuerdos (“¿están todos?” “¿soy el mismo?”), contar sus manos, sus dedos, sus ojos (“¿no ha cambiado su color?”), sus pies, mirarse en el espejo y ver si se reconocía o si iba a tener que entenderse de nuevo como alguien distinto. Si, despertar asustaba. Solo en una ocasión, se dijo sonriendo, deteniéndose a contemplar la corteza de un árbol entre el estruendo, sólo en una ocasión había despertado de otra manera. Y no sólo una, en realidad, o sólo una si uno consideraba que sólo había sido en una vida, para él, para él, bueno, que contaba sus vidas como otros podían contar amaneceres, que se recordaba más a menudo despertando distinto y que, en fin, a que engañarse, estaba lo justo de loco para poder saber tanto. En aquella vida no recordaba haber hecho nada especial. Sólo se recordaba despertándose en un cuerpo de manos curtidas, de rostro dañado y, sin embargo, despertándose con una luz perfecta. Ah, no, en aquella vida no había hecho nada importante, como una pausa que el destino que se iba tejiendo le había dejado. Ni crimen ni altruismo, sólo dejar pasar el tiempo ocupando su lugar en el mundo y quizás, quizás por eso, no recordaba casi nada. Solo eso, despertar, un despertar que se habría repetido o no durante toda aquella vida (y a estas alturas, ¿qué diferencia había entre una y tres mil veces?). Le había despertado la luz, que era blanca y tranquila, o el ruido de alguien pasando por la calle y armando jaleo, o de algún animal, un caballo, por ejemplo, tirando de un carro con una señora dentro que se paseaba hasta misa. Lo importante es que algo le había despertado. Y entonces, recordaba ahora, tan distinto, cuando ya no había ni carruajes, había sonreído y todo había sido perfecto. Y no es que la cama fuese especialmente cómoda, de sábanas de holanda y colchón de plumas, ni que hubiese comido un festín, ni que no tuviese preocupaciones para el resto del día (aunque ahora, ahora, tan lejos, no sabría recordarlas), no. Era que se había despertado primero. Y allí estaba, en un abrazo con otro (¿o era otra? ¿y qué cuerpo llevaba él?) dejándose la piel en la suya, contando, contando las respiraciones mientras la luz era blanca y sentía, en fin, sentía que no se podía ser más feliz. Porque en aquel momento entraba la luz por la ventana y había pasado la noche abrazado, abrazando, abrazado, y como sonaba de perfecto, ¿no es cierto? Allí, habría creído, podía morir para siempre. ¿Se había olvidado? ¿Se imaginaba simplemente toda la escena a base de recortar y zurcir distintos despertares de aquella vida? Era, bueno, difícil saberlo, sobre todo ahora, tan lejos que probablemente ni de la cama, ni de la persona, ni siquiera de la habitación, debía quedar el más mínimo eco. Pero había sido feliz y había deseado no moverse. Había tenido los ojos entrecerrados, se había colocado de nuevo, la nariz en la otra nuca, respirando la piel, respirando con el pelo que hacía cosquillas, sin separar la mano, eso jamás, de la otra, rodeando con el brazo su pecho y sintiendo que era la piel más perfecta, el minuto más hermoso que se podía desear. Y luego había abierto de nuevo los ojos, se había permitido examinar el rostro que aún dormía y, ah, que hermoso, si, que hermoso que era aunque ahora, tan lejos, fuese incapaz de recordar siquiera sus facciones o su forma. Pero probablemente era hermoso, o mejor, lo parecía, que acababa resultado mucho más efectivo. Y después, mirando, se había despertado y todo había sido su sonrisa que quebraba los segundos, uno a uno, que los hacía eternos e inmutables, que duraba para siempre, para siempre. ¿Le había besado entonces? Si, seguro, estaba casi seguro de que se habían besado, de que había habido un intercambio de susurros y más besos y más y más caricias y quizás hasta habían hecho el amor o se habían levantado para atender otros asuntos, lamentando, lamentando, en fin, que la cama no durase para siempre. Porque estaba seguro, ahora, tan lejos, examinando sus recuerdos, de que aquella cama era para ambos un descanso, una balsa en medio de quien sabría decir qué problemas o responsabilidades. Ah, era perfecto, era perfecto. Pero uno no puede vivir eternamente en la cama, no eternamente en esos instantes de estar despertando, que se habían parecido tanto al olvido pero que eran tan perfectos, tanto, como para ser recordados. Así que quizás algunas veces se habían levantado juntos, o quizás sólo había sido una vez y había sido lo bastante hermoso. Y después, más tarde, y esto lo recordaba bien, cuando había leído en el destino adecuado que debía marcharse, quizás en el humo de las chimeneas o en una golondrina muerta que apareció en su ventana, se despidió, se levantó de la cama para siempre y, sin armar mucho jaleo, lamentando que su búsqueda no pudiese ser más simple, lo bastante simple como para quedarse allí para siempre, se dejó morir sin hacer ruido, llorando bajito, bajito, en el Támesis que bajaba sucio, cansado y frío. Y el resto de veces, se despertó con miedo de ser otro.

Cuento Koan: El anillo.

—Vengo a verle, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?

El maestro, sin mirarlo, le dijo:

—Cuánto lo siento, muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizá después… —y haciendo una pausa agregó
—Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver mi problema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.

—E...encantado, maestro —titubeó el joven, pero sintió  que de nuevo era minusvalorado y sus necesidades postergadas.


—Bien,  —asintió el maestro. Se quitó el anillo en el dedo pequeño, y dándoselo al muchacho, agregó
—Toma el caballo que está allá afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Ve y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.

El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le volvían la cara y sólo un anciano fue tan amable como para explicarle que una moneda de oro era demasiado para entregarla a cambio de un anillo como ése.

En afán de ayudar, alguien ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta. Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el camino, más de cien personas, abatido por su fracaso montó su caballo y regresó.


¡Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro! Podría entonces habérsela entregado él mismo al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda.

Entró en la habitación.

—Maestro —dijo—, lo siento, no se puede conseguir lo que me pediste. Quizás  pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto al valor del anillo.

—Qué importante lo que dijiste, joven  amigo, —contestó sonriente el maestro.


—Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. Pero no te importe lo que ofrezca, ¡no se lo vendas!Vuelve aquí con mi anillo.
El joven volvió a cabalgar.

El joyero examinó el anillo a la luz del candil con su lupa, lo pesó y luego le dijo:

—Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender Ya, no puedo dar más de  58 monedas de oro por su anillo.

—¡58 monedas! —exclamó el joven. 

—Sí — Replicó el joyero—, yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé. Si la venta es urgente le daré 58 .

El joven corrió emocionado a la casa del maestro a contarle lo sucedido.

—Siéntate —dijo el maestro después de escucharlo. 

—Tu eres como este anillo: Una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte un verdadero experto. ¿Qué haces pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño.


“ Todos somos como esta joya, valiosos y únicos, y andamos por los mercados de la vida pretendiendo que gente inexperta nos valore. “

Rafael Alberti; El ángel bueno

EL ÁNGEL BUENO


Vino el que yo quería
el que yo llamaba.
No aquel que barre cielos sin defensas.
luceros sin cabañas,
lunas sin patria,
nieves.
Nieves de esas caídas de una mano,
un nombre,
un sueño,
una frente.
No aquel que a sus cabellos
ató la muerte.
El que yo quería.
Sin arañar los aires,
sin herir hojas ni mover cristales.
Aquel que a sus cabellos
ató el silencio.
Para sin lastimarme,
cavar una ribera de luz dulce en mi pecho
y hacerme el alma navegable.

Italo Calvino; Las ciudades invisibles

El atlas del Gran Kan contiene también los mapas de las tierras prometidas visitadas en el pensamiento pero todavía no descubiertas o fundadas: la Nueva Atlántida, Utopía, la Ciudad del Sol, Océana, Tamoé, Armonía, New-Lanark, Icaria.

Pregunta Kublai a Marco: -Tú que exploras en torno y ves los signos, sabrás decirme hacia cuál de estos futuros nos impulsan los vientos propicios.

-Para estos puertos no sabría trazar la ruta en la carta ni fijar la fecha de llegada. A veces me basta un escorzo abierto en mitad mismo de un paisaje incongruente, un aflorar de luces en la niebla, el diálogo de dos transeuntes que se encuentran en medio del trajín, para pensar que partiendo de allí juntaré pedazo a pedazo la ciudad perfecta, hecha de fragmentos mezclados con el resto, de instantes separados por intervalos, de señales que uno manda y no sabe quién las recibe. Si te digo que la ciudad a la cual tiende mi viaje es discontinua en el espacio y en el tiempo, ya más rala, ya más densa, no has de creer que se puede dejar de buscarla. Quizá mientras nosotros hablamos está aflorando desparramada dentro de los confines de su imperio; puedo rastrearla, pero de la manera que te he dicho.

El Gran Kan estaba hojeando ya en su atlas los mapas de las ciudades que amenazan en las pesadillas y en las maldiciones: Enoch, Babilonia, Yahoo, Butua, Brave New World.

Dice: -Todo es inútil si el último fondeadero no puede ser sino la ciudad infernal, y allí en el fondo es donde, en una espiral cada vez más estrecha, nos sorbe la corriente.

Y Polo: -El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.

Pablo Neruda; Poema nº 5

Para que tú me oigas
mis palabras
se adelgazan a veces
como las huellas de las gaviotas en las playas.
Collar, cascabel ebrio
para tus manos suaves como las uvas.
Y las miro lejanas mis palabras.
Más que mías son tuyas.
Van trepando en mi viejo dolor como las yedras.
Ellas trepan así por las paredes húmedas.
Eres tú la culpable de este juego sangriento.
Ellas están huyendo de mi guarida oscura.
Todo lo llenas tú, todo lo llenas.
Antes que tú poblaron la soledad que ocupas,
y están acostumbradas más que tú a mi tristeza.
Ahora quiero que digan lo que quiero decirte
para que tú las oigas como quiero que me oigas.
El viento de la angustia aún las suele arrastrar.
Huracanes de sueños aún a veces las tumban
Escuchas otras voces en mi voz dolorida.
Llanto de viejas bocas, sangre de viejas súplicas.
Ámame, compañera. No me abandones. Sígueme.
Sígueme, compañera, en esa ola de angustia.
Pero se van tiñendo con tu amor mis palabras.
Todo lo ocupas tú, todo lo ocupas.
Voy haciendo de todas un collar infinito
para tus blancas manos, suaves como las uvas.

Los fantasmas de mi casa

He aquí, queridos lectores, el inicio de un relato de fantasmas. Y es que, con esto de la postmodernidad, la metaliteratura y el realismo mágico, la novela gótica no es lo que era:


Lo cierto es que el hogar de las Blanca y Hurtado dejaba bastante que desear, ya desde antes del asunto de sus fantasmas. Se trataba de un enorme caserón, viejo como el pecado, donde habían nacido, vivido y muerto varias generaciones de siervos, amos y mulas. En sus buenos tiempos, había tenido un jardín listo para meriendas episcopales, un estanque con nenúfares egipcios, copas de bohemia, sábanas de holanda y un mobiliario traído directamente de aquellos saqueos de la Revolución Francesa. En aquellos tiempos, según contaba la abuela con recuerdos de niñez imaginada, siempre había gente y movimiento, y dignatarios llamando a la puerta y damas de sociedad pintando en el porche, o abanicándose el calor o escuchando teología del último seminarista bien avenido que les cogiese las manos en los sermones. Y esos, decía la abuela mientras la hija leía novelas francesas camufladas en devocionarios, eran los buenos tiempos. Entonces toda la comida era importada, y hasta los perros eran incapaces de tragar nada que no hubiese viajado, como mínimo, un par de leguas marinas. De naranjas de la China a faisanes de Turquía, buenos eran ellos. Y tanto era así, contaba mientras la sirvienta zurcía calcetines, algo apartadita, por aquello del respeto, pero pegada aún así porque no iba a morirse de frío y ya no andaban con dinero como para tener un fuego aparte para señores y siervos, tanto era así, que cuando hubo aquel terremoto de hacía ya tanto y no hubo barcos por un tiempo, tuvieron que quedarse en ayunas por no poder tragar las patatas o el pollo local. Pero esos, concluía la abuela, quedándose dormida mientras la madre leía devocionarios de verdad, habían sido otros tiempos. Ahora eran otras, y había cambiado tanto. La comida era barata y del mercado, y en la casa sólo vivían la abuela, la madre y la hija. La sirvienta no era oficialmente contada, por mucho que estuviese allí, y el marido había muerto de Dios sabe que enfermedad de la entrepierna que le obligó a ausentarse de casa para siempre. Todas hacían juntas las tareas del hogar e iban empeñando muebles dorados de cuando los jacobinos para sacarse unos cuartos. Y estaba también la sirvienta, claro, que prácticamente había criado a la hija en la cocina enseñándole a cortar hierbas, coser maleficios y zurcir calcetines para que, pocas horas después, su madre le enseñase a leer el catecismo e intentase borrarle el ceceo sevillano. Que la heredera del nombre familiar compartiese defectos del habla con la sirvienta era, a los ojos de la muy severa madre, la muestra total y absoluta de que habían tocado fondo. Cabe señalar que la sirvienta sólo tenía el defecto de cecear por obra y gracia de las obras completas del Siglo de Oro que llevaba releyendo desde que el mundo es mundo; pero la clase es la clase, y por mucho que casi declamase sonetos al natural, nada le quitaba su aire de sierva y sus supersticiones.

Su historia no era la única, claro. En realidad, la decadencia y los fantasmas eran puntos en común con todas las demás grandes familias. La primera venía de condiciones socioeconómicas explicadas por señores muy inteligentes y leídos en distintas universidades. Sólo hace falta que los susodichos señores se pongan de acuerdo (porque aún no se sabe si se debía a la explotación del proletariado, la endogamia, la pereza natural de su casta o el sexo de los ángeles) y hasta el más curioso y crítico lector quedará satisfecho. La segunda, aunque no muy señalada en documentos oficiales, es de lo más lógica. Tanta gente había muerto a lo largo de ilustres siglos de historia que no podían evitarse. Y así, hasta en los tiempos antiguos que imaginaba recordar la abuela, de cuando en cuando a uno le despertaba un ulular de alma en pena o unos pasos invisibles subiendo la rechinante escalera. Las sirvientas, que desde que el tiempo es tiempo tuvieron en esta casa algo de artes gitanas, derramaban agua en el porche, agitaban campanas, cruzaban los dedos colgando romero o, a la desesperada, dejaban cuencos con vino para emborrachar a los fantasmas y que no subieran. El problema es que fantasmas de tan augusta casa no se conformaban con vinos de menos de diez años, y entre los vivos y los muertos las cuentas se desbordaban. Pero, como ya se dijo, nada de esto era extraño. De hecho, en días como la mañana después de San Juan, era normal que las señoras tratasen a la salida de la iglesia los desmanes de los fantasmas e intentasen averiguar qué familiar o sirviente podía haber llevado una vida tan cuestionable como para andar buscando el licor de los cuencos en vez de irse a la Gloria como Dios manda.

Pedro Salinas; La voz a ti debida

La voz a ti debida (versos 494 a 521)


Para vivir no quiero
islas, palacios, torres.
¡Qué alegría más alta:
vivir en los pronombres!


Quítate ya los trajes,
las señas, los retratos;
yo no te quiero así,
disfrazada de otra,
hija siempre de algo.
Te quiero pura, libre,
irreductible: tú.
Sé que cuando te llame
entre todas las gentes
del mundo,
sólo tú serás tú.
Y cuando me preguntes
quién es el que te llama,
el que te quiere suya,
enterraré los nombres,
los rótulos, la historia.
Iré rompiendo todo
lo que encima me echaron
desde antes de nacer.
Y vuelto ya al anónimo
eterno del desnudo,
de la piedra, del mundo,
te diré:
«Yo te quiero, soy yo».

Borges; El acechado

He aquí el mejor poema de amor (o al menos uno de los más originales). Donde al principio del amor todo son "me duele su rechazo" o "estoy extasiado por que me corresponda", Borges presenta un punto de vista que probablemente sería el suyo cuando empezó a tener sentimientos por aquella jovencita que había sido su alumna y con quien terminaría sus días. Sin más preámbulos:

EL ACECHADO

Es el amor. Tendré que ocultarme o huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz. La
hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única.
¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras,
la vaga erudición el aprendizaje de las palabras que usó
el áspero Norte para cantar sus mares y sus espadas,
la serena amistad, las galerías de la Biblioteca,
las cosas comunes, los hábitos, el joven amor de mi madre,
la sombra militar de mis muertos, la noche
intemporal, el sabor del sueño?
Estar contigo o no estar contigo, es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente,
ya el hombre se levanta a la voz
del ave, ya se han oscurecido los que miran por la ventana,
pero la sombra no ha traído la paz.
Es ya lo se, el amor:
la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera
y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitologías, con su pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
Ya los ejércitos que cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)
El nombre de una mujer me delata.

Me duele una mujer en todo el cuerpo.

Gabriel García Márquez; El amor en los tiempos del cólera

Fermina Daza despidió a la mayoría junto al altar, pero acompañó al último grupo de amigos íntimos hasta la puerta de la calle, para cerrarla ella misma, como lo había hecho siempre. Se disponía a hacerlo con el último aliento, cuando vio a Florentino Ariza vestido de luto en el centro de la sala desierta. Se alegró, porque hacía muchos años que lo había borrado de su vida, y era la primera vez que lo veía a conciencia depurado por el olvido. Pero antes de que pudiera agradecerle la visita, él se puso el sombrero en el sitio del corazón, trémulo y digno, y reventó el absceso que había sido el sustento de su vida.

-Fermina -le dijo-: he esperado esta ocasión durante más de medio siglo, para repetirle una vez más el juramento de mi fidelidad eterna y mi amor para siempre.

Fermina Daza se habría creído frente a un loco, si no hubiera tenido motivos para pensar que Florentino Ariza estaba en aquel instante inspirado por la gracia del Espíritu Santo. Su impulso inmediato fue maldecirlo por la profanación de la casa cuando aún estaba caliente en la tumba el cadáver de su esposo. Pero se lo impidió la dignidad de la rabia. "Lárgate -le dijo-. Y no te dejes ver nunca más en los años que te queden de vida." Volvió a abrir por completo la puerta de la calle que había empezado a cerrar y concluyó:

-Que espero sean muy pocos.

Cuando oyó apagarse los pasos en la calle solitaria, cerró la puerta muy despacio, con la tranca y los cerros, y se enfrentó sola a su destino. Nunca, hasta este momento, había tenido una conciencia plena del peso y el tamaño del drama que ella misma había provocado cuando apenas tenía dieciocho años, y que había de perseguirla hasta la muerte. Lloró por primera vez desde la tarde del desastre, sin testigos, que era su único modo de llorar. Lloró por la muerte del marido, por su soledad y su rabia, y cuando entró en el dormitorio vacío, lloró por ella misma, porque muy pocas veces había dormido sola en esa cama desde que dejó de ser virgen. Todo lo que fue del esposo le atizaba el llanto: las pantuflas de borlas, la piyama debajo de la almohada, el espacio sin él en la luna del tocador, su olor personal en su propia piel. Le estremeció un pensamiento vago: "La gente que uno quiere debería morirse con todas sus cosas". No quiso ayuda de nadie para acostarse, no quiso comer nada antes de dormir. Abrumada por la pesadumbre, le rogó a Dios que le mandara la muerte esta noche durante el sueño, y con esa ilusión se acostó, descalza pero vestida, y se durmió al instante. Durmió sin saberlo, pero sabiendo que continuaba viva en el sueño, que le sobraba la mitad de la cama, y que yacía de costado en la orilla izquierda, como siempre, pero que le hacía falta el contrapeso del otro cuerpo en la otra orilla. Pensando dormida, pensó que nunca más podría dormir así, y empezó a sollozar dormida y durmió sollozando sin cambiar de posición en su orilla, hasta mucho después de que acabaron de cantar los gallos y la despertó el sol indeseable de la mañana sin él. Sólo entonces se dio cuenta de que había dormido mucho sin dormir, sollozando en el sueño, y que mientras dormía sollozando pensaba más en Florentino Ariza que en el esposo muerto.