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Cuento Koan: El anillo.

—Vengo a verle, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?

El maestro, sin mirarlo, le dijo:

—Cuánto lo siento, muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizá después… —y haciendo una pausa agregó
—Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver mi problema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.

—E...encantado, maestro —titubeó el joven, pero sintió  que de nuevo era minusvalorado y sus necesidades postergadas.


—Bien,  —asintió el maestro. Se quitó el anillo en el dedo pequeño, y dándoselo al muchacho, agregó
—Toma el caballo que está allá afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Ve y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.

El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le volvían la cara y sólo un anciano fue tan amable como para explicarle que una moneda de oro era demasiado para entregarla a cambio de un anillo como ése.

En afán de ayudar, alguien ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta. Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el camino, más de cien personas, abatido por su fracaso montó su caballo y regresó.


¡Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro! Podría entonces habérsela entregado él mismo al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda.

Entró en la habitación.

—Maestro —dijo—, lo siento, no se puede conseguir lo que me pediste. Quizás  pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto al valor del anillo.

—Qué importante lo que dijiste, joven  amigo, —contestó sonriente el maestro.


—Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. Pero no te importe lo que ofrezca, ¡no se lo vendas!Vuelve aquí con mi anillo.
El joven volvió a cabalgar.

El joyero examinó el anillo a la luz del candil con su lupa, lo pesó y luego le dijo:

—Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender Ya, no puedo dar más de  58 monedas de oro por su anillo.

—¡58 monedas! —exclamó el joven. 

—Sí — Replicó el joyero—, yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé. Si la venta es urgente le daré 58 .

El joven corrió emocionado a la casa del maestro a contarle lo sucedido.

—Siéntate —dijo el maestro después de escucharlo. 

—Tu eres como este anillo: Una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte un verdadero experto. ¿Qué haces pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño.


“ Todos somos como esta joya, valiosos y únicos, y andamos por los mercados de la vida pretendiendo que gente inexperta nos valore. “

Rafael Alberti; El ángel bueno

EL ÁNGEL BUENO


Vino el que yo quería
el que yo llamaba.
No aquel que barre cielos sin defensas.
luceros sin cabañas,
lunas sin patria,
nieves.
Nieves de esas caídas de una mano,
un nombre,
un sueño,
una frente.
No aquel que a sus cabellos
ató la muerte.
El que yo quería.
Sin arañar los aires,
sin herir hojas ni mover cristales.
Aquel que a sus cabellos
ató el silencio.
Para sin lastimarme,
cavar una ribera de luz dulce en mi pecho
y hacerme el alma navegable.

Italo Calvino; Las ciudades invisibles

El atlas del Gran Kan contiene también los mapas de las tierras prometidas visitadas en el pensamiento pero todavía no descubiertas o fundadas: la Nueva Atlántida, Utopía, la Ciudad del Sol, Océana, Tamoé, Armonía, New-Lanark, Icaria.

Pregunta Kublai a Marco: -Tú que exploras en torno y ves los signos, sabrás decirme hacia cuál de estos futuros nos impulsan los vientos propicios.

-Para estos puertos no sabría trazar la ruta en la carta ni fijar la fecha de llegada. A veces me basta un escorzo abierto en mitad mismo de un paisaje incongruente, un aflorar de luces en la niebla, el diálogo de dos transeuntes que se encuentran en medio del trajín, para pensar que partiendo de allí juntaré pedazo a pedazo la ciudad perfecta, hecha de fragmentos mezclados con el resto, de instantes separados por intervalos, de señales que uno manda y no sabe quién las recibe. Si te digo que la ciudad a la cual tiende mi viaje es discontinua en el espacio y en el tiempo, ya más rala, ya más densa, no has de creer que se puede dejar de buscarla. Quizá mientras nosotros hablamos está aflorando desparramada dentro de los confines de su imperio; puedo rastrearla, pero de la manera que te he dicho.

El Gran Kan estaba hojeando ya en su atlas los mapas de las ciudades que amenazan en las pesadillas y en las maldiciones: Enoch, Babilonia, Yahoo, Butua, Brave New World.

Dice: -Todo es inútil si el último fondeadero no puede ser sino la ciudad infernal, y allí en el fondo es donde, en una espiral cada vez más estrecha, nos sorbe la corriente.

Y Polo: -El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.

Pablo Neruda; Poema nº 5

Para que tú me oigas
mis palabras
se adelgazan a veces
como las huellas de las gaviotas en las playas.
Collar, cascabel ebrio
para tus manos suaves como las uvas.
Y las miro lejanas mis palabras.
Más que mías son tuyas.
Van trepando en mi viejo dolor como las yedras.
Ellas trepan así por las paredes húmedas.
Eres tú la culpable de este juego sangriento.
Ellas están huyendo de mi guarida oscura.
Todo lo llenas tú, todo lo llenas.
Antes que tú poblaron la soledad que ocupas,
y están acostumbradas más que tú a mi tristeza.
Ahora quiero que digan lo que quiero decirte
para que tú las oigas como quiero que me oigas.
El viento de la angustia aún las suele arrastrar.
Huracanes de sueños aún a veces las tumban
Escuchas otras voces en mi voz dolorida.
Llanto de viejas bocas, sangre de viejas súplicas.
Ámame, compañera. No me abandones. Sígueme.
Sígueme, compañera, en esa ola de angustia.
Pero se van tiñendo con tu amor mis palabras.
Todo lo ocupas tú, todo lo ocupas.
Voy haciendo de todas un collar infinito
para tus blancas manos, suaves como las uvas.

Los fantasmas de mi casa

He aquí, queridos lectores, el inicio de un relato de fantasmas. Y es que, con esto de la postmodernidad, la metaliteratura y el realismo mágico, la novela gótica no es lo que era:


Lo cierto es que el hogar de las Blanca y Hurtado dejaba bastante que desear, ya desde antes del asunto de sus fantasmas. Se trataba de un enorme caserón, viejo como el pecado, donde habían nacido, vivido y muerto varias generaciones de siervos, amos y mulas. En sus buenos tiempos, había tenido un jardín listo para meriendas episcopales, un estanque con nenúfares egipcios, copas de bohemia, sábanas de holanda y un mobiliario traído directamente de aquellos saqueos de la Revolución Francesa. En aquellos tiempos, según contaba la abuela con recuerdos de niñez imaginada, siempre había gente y movimiento, y dignatarios llamando a la puerta y damas de sociedad pintando en el porche, o abanicándose el calor o escuchando teología del último seminarista bien avenido que les cogiese las manos en los sermones. Y esos, decía la abuela mientras la hija leía novelas francesas camufladas en devocionarios, eran los buenos tiempos. Entonces toda la comida era importada, y hasta los perros eran incapaces de tragar nada que no hubiese viajado, como mínimo, un par de leguas marinas. De naranjas de la China a faisanes de Turquía, buenos eran ellos. Y tanto era así, contaba mientras la sirvienta zurcía calcetines, algo apartadita, por aquello del respeto, pero pegada aún así porque no iba a morirse de frío y ya no andaban con dinero como para tener un fuego aparte para señores y siervos, tanto era así, que cuando hubo aquel terremoto de hacía ya tanto y no hubo barcos por un tiempo, tuvieron que quedarse en ayunas por no poder tragar las patatas o el pollo local. Pero esos, concluía la abuela, quedándose dormida mientras la madre leía devocionarios de verdad, habían sido otros tiempos. Ahora eran otras, y había cambiado tanto. La comida era barata y del mercado, y en la casa sólo vivían la abuela, la madre y la hija. La sirvienta no era oficialmente contada, por mucho que estuviese allí, y el marido había muerto de Dios sabe que enfermedad de la entrepierna que le obligó a ausentarse de casa para siempre. Todas hacían juntas las tareas del hogar e iban empeñando muebles dorados de cuando los jacobinos para sacarse unos cuartos. Y estaba también la sirvienta, claro, que prácticamente había criado a la hija en la cocina enseñándole a cortar hierbas, coser maleficios y zurcir calcetines para que, pocas horas después, su madre le enseñase a leer el catecismo e intentase borrarle el ceceo sevillano. Que la heredera del nombre familiar compartiese defectos del habla con la sirvienta era, a los ojos de la muy severa madre, la muestra total y absoluta de que habían tocado fondo. Cabe señalar que la sirvienta sólo tenía el defecto de cecear por obra y gracia de las obras completas del Siglo de Oro que llevaba releyendo desde que el mundo es mundo; pero la clase es la clase, y por mucho que casi declamase sonetos al natural, nada le quitaba su aire de sierva y sus supersticiones.

Su historia no era la única, claro. En realidad, la decadencia y los fantasmas eran puntos en común con todas las demás grandes familias. La primera venía de condiciones socioeconómicas explicadas por señores muy inteligentes y leídos en distintas universidades. Sólo hace falta que los susodichos señores se pongan de acuerdo (porque aún no se sabe si se debía a la explotación del proletariado, la endogamia, la pereza natural de su casta o el sexo de los ángeles) y hasta el más curioso y crítico lector quedará satisfecho. La segunda, aunque no muy señalada en documentos oficiales, es de lo más lógica. Tanta gente había muerto a lo largo de ilustres siglos de historia que no podían evitarse. Y así, hasta en los tiempos antiguos que imaginaba recordar la abuela, de cuando en cuando a uno le despertaba un ulular de alma en pena o unos pasos invisibles subiendo la rechinante escalera. Las sirvientas, que desde que el tiempo es tiempo tuvieron en esta casa algo de artes gitanas, derramaban agua en el porche, agitaban campanas, cruzaban los dedos colgando romero o, a la desesperada, dejaban cuencos con vino para emborrachar a los fantasmas y que no subieran. El problema es que fantasmas de tan augusta casa no se conformaban con vinos de menos de diez años, y entre los vivos y los muertos las cuentas se desbordaban. Pero, como ya se dijo, nada de esto era extraño. De hecho, en días como la mañana después de San Juan, era normal que las señoras tratasen a la salida de la iglesia los desmanes de los fantasmas e intentasen averiguar qué familiar o sirviente podía haber llevado una vida tan cuestionable como para andar buscando el licor de los cuencos en vez de irse a la Gloria como Dios manda.

Pedro Salinas; La voz a ti debida

La voz a ti debida (versos 494 a 521)


Para vivir no quiero
islas, palacios, torres.
¡Qué alegría más alta:
vivir en los pronombres!


Quítate ya los trajes,
las señas, los retratos;
yo no te quiero así,
disfrazada de otra,
hija siempre de algo.
Te quiero pura, libre,
irreductible: tú.
Sé que cuando te llame
entre todas las gentes
del mundo,
sólo tú serás tú.
Y cuando me preguntes
quién es el que te llama,
el que te quiere suya,
enterraré los nombres,
los rótulos, la historia.
Iré rompiendo todo
lo que encima me echaron
desde antes de nacer.
Y vuelto ya al anónimo
eterno del desnudo,
de la piedra, del mundo,
te diré:
«Yo te quiero, soy yo».

Borges; El acechado

He aquí el mejor poema de amor (o al menos uno de los más originales). Donde al principio del amor todo son "me duele su rechazo" o "estoy extasiado por que me corresponda", Borges presenta un punto de vista que probablemente sería el suyo cuando empezó a tener sentimientos por aquella jovencita que había sido su alumna y con quien terminaría sus días. Sin más preámbulos:

EL ACECHADO

Es el amor. Tendré que ocultarme o huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz. La
hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única.
¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras,
la vaga erudición el aprendizaje de las palabras que usó
el áspero Norte para cantar sus mares y sus espadas,
la serena amistad, las galerías de la Biblioteca,
las cosas comunes, los hábitos, el joven amor de mi madre,
la sombra militar de mis muertos, la noche
intemporal, el sabor del sueño?
Estar contigo o no estar contigo, es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente,
ya el hombre se levanta a la voz
del ave, ya se han oscurecido los que miran por la ventana,
pero la sombra no ha traído la paz.
Es ya lo se, el amor:
la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera
y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitologías, con su pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
Ya los ejércitos que cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)
El nombre de una mujer me delata.

Me duele una mujer en todo el cuerpo.

Gabriel García Márquez; El amor en los tiempos del cólera

Fermina Daza despidió a la mayoría junto al altar, pero acompañó al último grupo de amigos íntimos hasta la puerta de la calle, para cerrarla ella misma, como lo había hecho siempre. Se disponía a hacerlo con el último aliento, cuando vio a Florentino Ariza vestido de luto en el centro de la sala desierta. Se alegró, porque hacía muchos años que lo había borrado de su vida, y era la primera vez que lo veía a conciencia depurado por el olvido. Pero antes de que pudiera agradecerle la visita, él se puso el sombrero en el sitio del corazón, trémulo y digno, y reventó el absceso que había sido el sustento de su vida.

-Fermina -le dijo-: he esperado esta ocasión durante más de medio siglo, para repetirle una vez más el juramento de mi fidelidad eterna y mi amor para siempre.

Fermina Daza se habría creído frente a un loco, si no hubiera tenido motivos para pensar que Florentino Ariza estaba en aquel instante inspirado por la gracia del Espíritu Santo. Su impulso inmediato fue maldecirlo por la profanación de la casa cuando aún estaba caliente en la tumba el cadáver de su esposo. Pero se lo impidió la dignidad de la rabia. "Lárgate -le dijo-. Y no te dejes ver nunca más en los años que te queden de vida." Volvió a abrir por completo la puerta de la calle que había empezado a cerrar y concluyó:

-Que espero sean muy pocos.

Cuando oyó apagarse los pasos en la calle solitaria, cerró la puerta muy despacio, con la tranca y los cerros, y se enfrentó sola a su destino. Nunca, hasta este momento, había tenido una conciencia plena del peso y el tamaño del drama que ella misma había provocado cuando apenas tenía dieciocho años, y que había de perseguirla hasta la muerte. Lloró por primera vez desde la tarde del desastre, sin testigos, que era su único modo de llorar. Lloró por la muerte del marido, por su soledad y su rabia, y cuando entró en el dormitorio vacío, lloró por ella misma, porque muy pocas veces había dormido sola en esa cama desde que dejó de ser virgen. Todo lo que fue del esposo le atizaba el llanto: las pantuflas de borlas, la piyama debajo de la almohada, el espacio sin él en la luna del tocador, su olor personal en su propia piel. Le estremeció un pensamiento vago: "La gente que uno quiere debería morirse con todas sus cosas". No quiso ayuda de nadie para acostarse, no quiso comer nada antes de dormir. Abrumada por la pesadumbre, le rogó a Dios que le mandara la muerte esta noche durante el sueño, y con esa ilusión se acostó, descalza pero vestida, y se durmió al instante. Durmió sin saberlo, pero sabiendo que continuaba viva en el sueño, que le sobraba la mitad de la cama, y que yacía de costado en la orilla izquierda, como siempre, pero que le hacía falta el contrapeso del otro cuerpo en la otra orilla. Pensando dormida, pensó que nunca más podría dormir así, y empezó a sollozar dormida y durmió sollozando sin cambiar de posición en su orilla, hasta mucho después de que acabaron de cantar los gallos y la despertó el sol indeseable de la mañana sin él. Sólo entonces se dio cuenta de que había dormido mucho sin dormir, sollozando en el sueño, y que mientras dormía sollozando pensaba más en Florentino Ariza que en el esposo muerto.

Causa y efecto

Lo que uno hace en lugar de leerse una Novela Ejemplar de nuestro amigo Cervantes:


CAUSA Y EFECTO

Porque la luz brillaba, así fue. Porque era una mañana bonita y alguien tenía que comprar el pan, salió por la puerta. Iba a morir. Claro que él no lo sabía (¿cómo iba a saberlo?) cuando recogió las llaves y unas monedas y salió a la calle y sonrió porque los días soleados y fríos le hacían sonreír. Si analizamos las circunstancias y cómo era inevitable que actuasen, podemos saber que ya estaba condenado. Nadie puede esquivar las relaciones de causa y efecto. Pero nosotros, con lógica (y siendo científicos, científicos ante todo) podemos reconstruir el proceso, razonar por qué esa persona que bajaba la cuesta y atravesaba la plaza y se detenía a disgusto para hablar con una vecina iba a morir. Visto al detalle, no podía ser más obvio. Mientras él decidía que la mañana era bonita (y de no ser así, se abría retrasado y nada de esto habría sucedido), en la otra punta de la ciudad una mujer cuyo nombre no interesa alcanzaba el orgasmo bajo el empuje del repartidor de butano local. Su grito despertó a un malhumorado hermano que golpeó las paredes exigiendo que se fuesen a un hotel y salió a la ventana a fumarse un cigarro lejos del envidiable chillido de los muelles. La ceniza de su cigarro cayó (y era inevitable que así lo hiciese, dada la gravedad, su peso y el viento) sobre la nariz de un gato. Porque había caído sobre él la ceniza, despertó estornudando. En otra historia, este estornudo fue la causa final de un incendio, pero como buenos científicos nos atendremos sólo al análisis de un objeto de estudio. Habiéndose despertado y con un rugido en las tripas, se decidió el gato a cruzar la calle hacia la basura de la pescadería cercana, de donde venia el aroma de un prometedor salmón noruego. Cruzando la calle, fue atropellado. El coche que lo hizo, conducido por una encantadora mujer de pelo rojo, se detuvo unos minutos para ver el resultado mientras la futura víctima entraba en la panadería y se relamía al olor y se quitaba la chaqueta por el calor para hacer cola. Estos minutos de más en el coche hicieron que un niño no fuese recogido a tiempo. Mientras el futuro cadáver salía de la panadería tras haber aguantado un chiste y pisaba la calle y andaba hacia la plaza, el niño se aburría. Para hacer tiempo, se le ocurrió espantar a una bandada de palomas, y mientras, el pobrecillo volvía ya por la plaza con los ojos en el cielo. Ya debería ser obvio para cualquiera de nosotros cómo continuó la relación de causas y efectos, inevitable camino a su muerte. Nuestro pobre objeto de estudio, que caminaba ajeno a su peligro. Porque se espantó la bandada, salió volando, atravesó los tejados, sobrevoló, la plaza, se reflejó en sus ojos y se llevó su alma sin dejar allí más que un cuerpo caído, la sonrisa y el pan.

Gottfried Benn; Lo que es malo

He aquí mi macarrónica traducción de un poema de Gottfried Benn (un autorcillo alemán como cualquier otro que murió hacia el 56). Personalmente, me gusta el cambio que el poema va pegando. Lo único que me temo es no haber sido demasiado hábil en la traducción. Pero tendréis que disculpármelo: es la torpe traducción al español de una torpe traducción al inglés que me hizo un amigo.

LO QUE ES MALO

Si uno no sabe inglés,
oir hablar de una novela negra inglesa
que no está traducida al alemán.

Ver una cerveza cuando hace calor
que uno no puede pagarse.

Tener un nuevo pensamiento
que uno no logra envolver en un verso de Hölderin*
como hacen los profesores.

Escuchar el golpeteo de las olas cuando viajas
y decirte que siempre lo hacen.

Muy malo: ser invitado
cuando en la casa las habitaciones están más silenciosas
el café es mejor
y no es necesaria la conversación.

Lo peor:
no morir en verano
cuando todo deslumbra
y la tierra es ligera a la pala.


*(famoso poeta alemán de los siglos XVIII y XIX)

Oscar Wilde; The Duchess of Padua

Os dejo aquí con un pequeño fragmento de "La Duquesa de Padua", de Oscar Wilde. Lo estaba leyendo y, simplemente, me pareció lo bastante gracioso como para colocarlo... Espero que os guste:

"MORANZONE:

Oh, in my time, boy, have I walked i' the moon,
swore I would live on kisses and on blisses,
swore I would die for love, and did not die,
wrote love bad verses; ay, and sung them badly
like all true lovers. Oh, I have done the tricks!
I know the partings and the chamberings;
we are all animals at best, and love
is merely passion with a holy name.


Oh, en mis tiempos, niño, he caminado bajo la luna,
jurado que viviría de besos y dichas,
jurado que moriría por amor, y no morí,
escrito malos poemas de amor; ay, y los canté mal,
como todos los verdaderos enamorados. Oh, ¡he usado todos los trucos!
Me sé las despedidas y los encuentros de recámara*;
todos somos, como mucho, animales, y el amor
no es más que la pasión con un nombre sagrado."

*chambering: servir como recámara o colocar algo/alguien como si se estuviese en ella, etc. No tiene una traducción exacta (shit).


Ale, a mi me hizo gracia. Sobre todo porque es el malo y suena mucho más convincente. La respuesta del joven y enamorado Guido es una cursilada tan coñazo que te dan ganas de que el malo le atraviese el corazón con la daga de su padre muerto en misteriosas circunstancias.

Umberto Eco; Cuando el Otro entra en escena

(...)

"Pero tu dices que, sin el ejemplo y la palabra de Cristo, todas las éticas carecerían de una justificación básica imbuida con el ineluctable poder de la convicción. ¿Por qué impedir a los laicos el derecho a aprovechar el ejemplo de un Cristo que perdona? Intenta, Carlos María Martini, por el bien de la discusión y el diálogo en el que crees, aceptar aunque sólo sea por un momento la idea de que Dios no existe; que el hombre apareció en el mundo por error y destino torcido, entregado no sólo a su condición de mortal sino que también condenado a ser consciente de esto, y por esta razón la más imperfecta de las criaturas (si se me permiten los ecos de Leopardi en esta sugerencia). Este hombre, para encontrar coraje con el que esperar a la muerte, se convertiría necesariamente en un animal religioso, y aspiraría a la construcción de narrativas capaces de darle una explicación y un modelo, una imagen ejemplar. Y entre las muchas historias que imagina -algunas deslumbrantes, otras terroríficas; algunas patéticamente confortadoras- en la inmensidad del tiempo llega a cierto punto de fuerza religiosa, poética y moral como para concebir el modelo de Cristo, de amor universal, de perdón para los enemigos, de una vida sacrificada para que otras se salven. Si yo fuese un viajero de una galaxia lejana y me encontrase ante especies capaces de proponer este modelo, me sentiría lleno de admiración por tal energía teogónica, y juzgaría a esta especie despreciable y vil, que ha cometido tantos horrores, redimida aunque sólo sea por el hecho de que se las ha apañado para creer y desear que todo esto fuese cierto.

Ahora puedes dejar la hipótesis para otros: pero admite que incluso si Cristo fuese sólo el sujeto de una gran historia, el hecho de que esta historia hubiese sido imaginada y deseada por humanos, criaturas que sólo saben no saber nada, sería tan milagroso (misteriosamente milagroso) como el verdadero hijo de Dios hecho carne. Este misterio natural y mundano no dejaría de poner en marcha y ennoblecer los corazones de aquellos que no creen.

Es por esto que creo que, en sus puntos fundamentales, una ética natural -respetando la profunda religiosidad que la inspira- puede encontrar puntos en común con los principios de una ética fundada en la fe en la trascendencia, que no puede negar que los principios naturales han sido grabados en nuestros corazones siguiendo las ideas de un plan de salvación. Si se dejan, como ciertamente pasa, márgenes que no se tapan, no es diferente de lo que ocurre cuando diferentes religiones se encuentran entre sí. Y en cuestiones de fe, la caridad y la prudencia deben prevalecer."

De Cinco Piezas Morales

Franco Fortini

Desconozco, buenos lectores, el título que llevaba este poema. Lo he encontrado en inglés, un libro de Umberto Eco (Five Moral Pieces) que ni siquiera sé si está traducido a nuestra lengua. El (magnífico y nunca lo bastante alabado) autor de El Nombre de la Rosa lo utilizaba al final de un texto sobre el fascismo y su propia experiencia, como niño, con la caída de Mussolini y todo lo demás. Según parece, el poema viene a tratar de ese tema: los sacrificios de la Resistencia o los partisanos, etc. Como me gusta y no lo encuentro en español, he hecho una pequeña traducción cuyos errores espero que sepáis perdonar (porque he de decir que hasta en inglés suena algo mejor):

En el parapeto del puente
las cabezas de hombres muertos,
en el agua de la fuente
la baba de hombres muertos.

En los adoquines del mercado
las uñas de hombres derribados,
en la seca hierba del la pradera
los dientes de hombres derribados.

Muerde el aire, muerde las piedras,
nuestra carne ya no es la carne de los hombres.
Muerde el aire, muerde las piedras
nuestros corazones ya no son los corazones de los hombres.

Pero hemos leído en los ojos de hombres muertos,
y la libertad del mundo es el regalo que traemos,
mientras la providencial justicia se acerca
agarrada por las manos de los muertos.

José Corredor Matheos; Vas recorriendo a solas

Vas recorriendo a solas
el jardín,
despacio y sin cuidados,
mientras el verso fluye
entre la niebla
y el asomo lejano
de la luz.
Todo lo que vas viendo
te sorprende.
¿Qué puedes esperar
más que lo inesperado?
Que las hierbas que pisas
son carne de tu carne.
Que la luna saldrá
cuando tú se lo digas.
Que no hay diferencias
entre el jardín y tú.
Caminas muy despacio
para que todo pueda
sorprenderte.
Y te vas alejando,
tanto que, ya incapaz
el verso de seguirte,
se detiene.

Jorge Luís Borges; El libro de la arena

EL LIBRO DE LA ARENA

...thy rope of sands...

George Herbert (1593-1623)



La línea consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número infinito de líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el hipervolumen, de un número infinito de volúmenes... No, decididamente no es éste, more geométrico, el mejor modo de iniciar mi relato. Afirmar que es verídico es ahora una convención de todo relato fantástico; el mío, sin embargo, es verídico.

Yo vivo solo, en un cuarto piso de la calle Belgrano. Hará unos meses, al atardecer, oí un golpe en la puerta. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto, de rasgos desdibujados. Acaso mi miopía los vio así. Todo su aspecto era de pobreza decente. Estaba de gris y traía una valija gris en la mano. En seguida sentí que era extranjero. Al principio lo creí viejo; luego advertí que me había engañado su escaso pelo rubio, casi blanco, a la manera escandinava. En el curso de nuestra conversación, que no duraría una hora, supe que procedía de las Orcadas.

Le señalé una silla. El hombre tardó un rato en hablar. Exhalaba melancolía, como yo ahora.

- Vendo biblias - me dijo.

No sin pedantería le contesté:

- En esta casa hay algunas biblias inglesas, incluso la primera, la de John Wiclif. Tengo asimismo la de Cipriano de Valera, la de Lutero, que literariamente es la peor, y un ejemplar latino de la Vulgata. Como usted ve, no son precisamente biblias lo que me falta.

Al cabo de un silencio me contestó:

- No sólo vendo biblias. Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese. Lo adquirí en los confines de Bikanir.

Abrió la valija y lo dejó sobre la mesa. Era un volumen en octavo, encuadernado en tela. Sin duda había pasado por muchas manos. Lo examiné; su inusitado peso me sorprendió. En el lomo decía Holy Writ y abajo Bombay.

- Será del siglo diecinueve - observé. - No sé. No lo he sabido nunca - fue la respuesta.

Lo abrí al azar. Los caracteres me eran extraños. Las páginas, que me parecieron gastadas y de pobre tipografía, estaban impresas a dos columnas a la manera de una biblia. El texto era apretado y estaba ordenado en versículos. En el ángulo superior de las páginas había cifras arábigas. Me llamó la atención que la página par llevara el número (digamos) 40.514 y la impar, la siguiente, 999. La volví; el dorso estaba numerado con ocho cifras. Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en los diccionarios: un ancla dibujada a la pluma, como por la torpe mano de un niño.

Fue entonces que el desconocido me dijo:

- Mírela bien. Ya no la verá nunca más.

Había una amenaza en la afirmación, pero no en la voz.

Me fijé en el lugar y cerré el volumen. Inmediatamente lo abrí. En vano busqué la figura del ancla, hoja tras hoja. Para ocultar mi desconcierto, le dije:

- Se trata de una versión de la Escritura en alguna lengua indostánica, ¿no es verdad?

- No - me replicó.

Luego bajó la voz como para confiarme un secreto:

- Lo adquirí en un pueblo de la llanura, a cambio de una rupias y de la Biblia. Su poseedor no sabía leer. Sospecho que en el Libro de los Libros vio un amuleto. Era de la casta más baja; la gente no podía pisar su sombra, sin contaminación. Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin.

Me pidió que buscara la primera hoja.

Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano. Era como si brotaran del libro.

- Ahora busque el final.

También fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía:

- Esto no puede ser.

Siempre en voz baja el vendedor de biblias me dijo:

- No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita admiten cualquier número.

Después, como si pensara en voz alta:

- Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo.

Sus consideraciones me irritaron. Le pregunté:

- ¿Usted es religioso, sin duda?

- Sí, soy presbiteriano. Mi conciencia está clara. Estoy seguro de no haber estafado al nativo cuando le di la Palabra del Señor a trueque de su libro diabólico.

Le aseguré que nada tenía que reprocharse, y le pregunté si estaba de paso por estas tierras. Me respondió que dentro de unos días pensaba regresar a su patria. Fue entonces cuando supe que era escocés, de las islas Orcadas. Le dije que a Escocia yo la quería personalmente por el amor de Stevenson y de Hume.

- Y de Robbie Burns - corrigió.

Mientras hablábamos yo seguía explorando el libro infinito. Con falsa indiferencia le pregunté:

- ¿Usted se propone ofrecer este curioso espécimen al Museo Británico?

- No. Se lo ofrezco a usted - me replicó, y fijó una suma elevada.

Le respondí, con toda verdad, que esa suma era inaccesible para mí y me quedé pensando. Al cabo de unos pocos minutos había urdido mi plan.

- Le propongo un canje - le dije -. Usted obtuvo este volumen por unas rupias y por la Escritura Sagrada; yo le ofrezco el monto de mi jubilación, que acabo de cobrar, y la Biblia de Wiclif en letra gótica. La heredé de mis padres.

- A black letter Wiclif - murmuró.

Fui a mi dormitorio y le traje el dinero y el libro. Volvió las hojas y estudió la carátula con fervor de bibliófilo.

- Trato hecho - me dijo.

Me asombró que no regateara. Sólo después comprendería que había entrado en mi casa con la decisión de vender el libro. No contó los billetes, y los guardó.

Hablamos de la India, de las Orcadas y de los jarls noruegos que las rigieron. Era de noche cuando el hombre se fue. No he vuelto a verlo ni sé su nombre.

Pensé guardar el Libro de Arena en el hueco que había dejado el Wiclif, pero opté al fin por esconderlo detrás de unos volúmenes descabalados de Las Mil y Una Noches.

Me acosté y no dormí. A las tres o cuatro de la mañana prendí la luz. Busqué el libro imposible, y volví las hojas. En una de ellas vi grabada una máscara. El ángulo llevaba una cifra, ya no sé cual, elevada a la novena potencia.

No mostré a nadie mi tesoro. A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que lo robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito. Esas dos inquietudes agravaron mi ya vieja misantropía. Me quedaban unos amigos; dejé de verlos. Prisionero del Libro, casi no me asomaba a la calle. Examiné con una lupa el gastado lomo y las tapas, y rechacé la posibilidad de algún artificio. Comprobé que las pequeñas ilustraciones distaban dos mil páginas una de otra. Las fui anotando en una libreta alfabética, que no tardé en llenar. Nunca se repitieron. De noche, en los escasos intervalos que me concedía el insomnio, soñaba con el libro.

Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo palpaba con diez dedos con uñas. Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad.

Pensé en el fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo al planeta.

Recordé haber leído que el mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque. Antes de jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional, que guarda novecientos mil libros; sé que a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en el sótano, donde están los periódicos y los mapas. Aproveché un descuido de los empleados para perder el Libro de Arena en uno de los húmedos anaqueles. Traté de no fijarme a qué altura ni a qué distancia de la puerta.

Siento un poco de alivio, pero no quiero ni pasar por la calle México.

Don Quijote de la Mancha; Capítulo XXV

CAPÍTULO XXV

"(...)

-Ya te he dicho -respondió Don Quijote- que quiero imitar a Amadís haciendo aquí del desesperado, del sandío y del furioso, por imitar juntamente al valiente Roldán, cuando halló en una fuente las señales de que Angélica la Bella había cometido vileza con Meodoro; de cuya pesadumbre se volvió loco y arrancó los árboles, enturbió las aguas de las claras fuentes, mató pastores (...)

-Pareceme a mi -dijo Sancho- que los caballeros que lo tal ficieron fueron provocados y tuvieron causa para hacer esas necedades y penitencias; pero vuestra merced, ¿qué causa tiene para volverse loco? ¿Qué dama le ha desdeñado, o qué señales ha hallado que le den a entender que la señora Dulcinea del Toboso ha hecho alguna niñería con moro o con cristiano?

-Ahí está el punto -respondió Don Quijote -y esa es la fineza de mi negocio; que volverse loco un caballero andante con causa, ni grado ni gracias: el toque está en desatinar sin ocasión y dar a entender a mi dama que si en seco hago esto, ¿qué hiciera en mojado?

(...)

-Déjeme iré a ensillar a Rocinante y aparéjese vuestra merced a echarme su bendición; que luego pienso partirme, sin ver las sandeces que vuestra merced ha de hacer, que yo diré que le vi hacer tantas, que no quiera más.

-Por lo menos, quiero, Sancho, y porque es menester así, quiero, digo, que me veas en cueros, y hacer una o dos docenas de locuras, que las haré en menos de media hora, porque habiéndolas tú visto por tus ojos, puedas jurar a salvo en las demás que quisieres añadir; y asegúrote que no dirás tu tantas cuantas yo pienso hacer.

(...)

-Digo, señor, que vuestra merced ha dicho muy bien: que para que pueda jurar sin cargo de conciencia que le he visto hacer locuras, será bien que vea siquiera una, aunque bien grande la he visto en la quedada de vuestra merced.

-¿No te lo decía yo? -dijo Don Quijote.- Espérate, Sancho, que en un credo las haré.

Y desnudándose con toda priesa los calzones, quedó en carnes y en pañales, y luego, sin más ni más, dio dos zapatetas en el aire y dos tumbas la cabeza abajo y los pies en alto, descubriéndose cosas que, por no verlas otra vez, volvió Sancho la rienda a Rocinante y se dio por contento y satisfecho de que podía jurar que su amo quedaba loco.

(...)"

La tempestad; William Shakespeare

Tras recordar mi lectura de la Tempestad, decidi colocar alguna cita, alguno de esos monólogos tan geniales (porque hay muchos, casi todos en boca de Próspero). Finalmente, me decidí por el que me parece mejor. Cuand Miranda y Fernando ya están enamorados, anticipando su boda, Próspero ordena a sus espíritus que "interpreten" una obra de teatro para ellos (dioses romanos, segadores, ninfas... falta algún pastor declamando filosofía). Sin embargo, le turba el pensamiento de algunos asuntos que le urge terminar y se ve obligado a acabar con la función. Cuando ven desaparecer de la nada a los "actores", Miranda y Fernando se sobresaltan, y para tranquilizarlos les dirige este pequeño discurso que se ha hecho considerablemente famoso. Lo cierto es que dicho en una obra de teatro, tiene un especial encanto. Pongo tanto la versión inglesa como la española para que se pueda apreciar un poco la musicalidad del original...


Prospero:

Our revels now are ended. These our actors,
As I foretold you, were all spirits, and
Are melted into air, into thin air:
And like the baseless fabric of this vision,
The cloud-capp'd tow'rs, the gorgeous palaces,
The solemn temples, the great globe itself,
Yea, all which it inherit, shall dissolve,
And, like this insubstantial pageant faded,
Leave not a rack behind. We are such stuff
As dreams are made on; and our little life
Is rounded with a sleep.


Próspero:

Nuestra fiesta ha terminado. Los actores,
como ya te dije, eran espíritus
y se han disuelto en aire, en aire leve,
y, cual la obra sin cimientos de esta fantasía,
las torres con sus nubes, los regios palacios,
los templos solemnes, el inmenso mundo
y cuantos lo hereden, todo se disipará
e, igual que se ha esfumado mi etérea función,
no quedará ni polvo. Somos de la misma
sustancia que los sueños, y nuestra breve vida
culmina en un dormir.



...Y es que, amigos míos, la metaliteratura está en todas partes. Como Dios y Hacienda.

La Ciudad; C. P. Cavafis

LA CIUDAD

Dijiste: "Iré a otra ciudad, iré a otro mar.
Otra ciudad ha de hallarse mejor que ésta.
Todo esfuerzo mío es una condena escrita;
y está mi corazón - como un cadáver - sepultado.
Mi espíritu hasta cuándo permanecerá en este marasmo.
Donde mis ojos vuelva, donde quiera que mire
oscuras ruinas de mi vida veo aquí,
donde tantos años pasé y destruí y perdí".
Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Vagarás
por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo
y en estas mismas casas encanecerás.
Siempre llegarás a esta ciudad. Para otro lugar -no esperes-
no hay barco para ti, no hay camino.
Así como tu vida la arruinaste aquí
en este rincón pequeño, en toda tierra la destruiste.

Anillo de humo; Silvina Ocampo

ANILLO DE HUMO

Recuerdo el primer día que viste a Gabriel Bruno. El caminaba por la calle vestido con su traje azul, de mecánico; simultáneamente, pasó un perro negro que al cruzar la calle, fue atropellado por un automóvil. El perro, aullando porque estaba herido, corrió junto al paredón de la vieja quinta, para guarecerse. Gabriel lo ultimó a pedradas. Desdeñaste el dolor del perro para admirar la belleza de Gabriel.

¬¡Degenerado! ¬exclamaron las personas que te acompañaban.

Amaste su perfil y su pobreza.

Una tarde de Navidad, en la quinta de tu abuela, repartieron en las caballerizas (donde ya no había caballos sino automóviles), ropa y juguetes para los niños del barrio. Gabriel Bruno y una intempestiva lluvia aparecieron. Alguien dijo:

¬Ese chico tiene quince años; no tiene edad para venir a esta fiesta. Es un sinvergüenza y, además, un ladrón. El padre por cinco centavos mató al panadero. Y él mató un perro herido, a pedradas.

Gabriel tuvo que irse. Lo miraste hasta que desapareció bajo la lluvia.

Gabriel, hijo del guardabarreras que mató no sé por cuántos centavos al panadero, para ir de su casa al almacén pasaba todos los días, con la esperanza tal vez de verte, por un callejón que separaba las dos quintas: la quinta de tu tía y la quinta de tu abuela materna, donde vivías.

Sabías a qué hora Gabriel pasaba, galopando en su caballo oscuro, para ir al almacén o al mercado, y lo esperabas con el vestido que más te gustaba y con el pelo atado con la más bonita de las cintas. Te reclinabas sobre el alambrado en posturas románticas y lo llamabas con tus ojos. Bajaba del caballo, saltaba el zanjón para acercarse a Eulalia y a Magdalena, tus amigas, que no lo miraban. ¿Qué prestigio podía tener para ellas su pobreza? El traje de mecánico de Gabriel las obligaba a pensar en otros varones mejor vestidos.

Hablabas a Eulalia y a Magdalena de Gabriel Bruno el día entero, en vano. Ellas no conocían los misterios del amor.

Todos los días, a la hora de la siesta, corriste sola al callejón. De lejos brillaba la cinta de tu pelo como un barco de vela en miniatura o como una mariposa: la veías reflejada en la sombra. Eras la mera prolongación de tu sentimiento: el cirio que sostiene la llama. A veces, en el camino, se desataba el moño; entonces, colocando la cinta entre tus dientes, te recogías el pelo y volvías a atarlo, arrodillada en el suelo.

Como tenía que haber un pretexto para que pudieras hablar con Gabriel inventaste el pretexto de los cigarrillos: llevabas plata en tu bolsillo, se la dabas a Gabriel para que fuera al almacén a comprarlos. Después fumaban, mirándose en los ojos. Gabriel sabía hacer anillos con el humo y te los soplaba en la cara. Reías. Pero estas escenas, tan parecidas a las escenas de amor, iban penetrando en tu corazón apasionado. Una vez unieron los cigarrillos para encenderlos. Otra vez encendiste un cigarrillo y se lo diste.

Era en el mes de enero. Jubilosas las chicharras cantaban con ruido de matraca. Cuando volviste a la casa, oíste que tu padre hablaba con tu madre. Era de ti que hablaban.

¬Estaba en el callejón, con ese atorrante. Con el hijo del guardabarreras. ¿Te das cuenta? Con el hijo del que mató al panadero por cinco centavos. Hay que ponerla en penitencia.

¬Son cosas de chica, no hay que hacer caso.

Tiene once años ya, ¬dijo tu madre.

No se atrevieron a decirte nada, pero no te dejaban salir sola. Fingías dormir la siesta y en vez de correr al callejón, después de almorzar, llorabas detrás de las persianas o del mosquitero.

Oíste, entre el casero y un ciclista, un diálogo insólito: hablaban de Gabriel y de ti. Dijeron que Gabriel se vanagloriaba en el almacén hablando de los cigarrillos que fumaban juntos. Decían que te había dicho palabras obscenas o con doble sentido.

Te escapaste a la hora de la siesta, corriste al cerco, para perder tu anillo. Gabriel pasó a la hora de siempre. Fuiste a su encuentro.

Vamos ¬le dijiste- a las vías del tren.

¿Para qué?

¬Se cayó mi anillo al cruzar las vías ayer cuando fui al río.

Verdad y mentira salían juntas de tus labios.

Fueron, él a caballo y tú caminando, sin hablarse. Cuando llegaron a las vías del tren, él dejó su caballo atado a un poste y tú te arrodillaste sobre las piedras.

¬¿Dónde perdió el anillo?, ¬te preguntó, arrodillándose a tu lado.

¬Aquí¬, dijiste, apuntando el centro de los rieles.

¬Bajaron las señales. Va a pasar el tren. Salgamos de aquí ¬ exclamó con desdén.

¬Quiero que nos suicidemos ¬le dijiste.

Te tomó del brazo y te arrastró afuera de las vías, justo a tiempo. Las sombras, la trepidación, el viento, el silbato del tren, con mil ruedas pasaron sobre tu cuerpo.

Para Semana Santa, Gabriel te siguió hasta la iglesia. Lo miraste dentro del aire con incienso de la iglesia, como un pez en el agua mira un pez cuando hace el amor. Fue la última entrevista. Durante veranos sucesivos, lo imaginaste deambulando por las calles, cruzando frente a las quintas, con su traje de mecánico azul y ese prestigio que le daba la pobreza.

Romance de la luna; Federico García Lorca

ROMANCE DE LA LUNA

La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira mira.
El niño la está mirando.

En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.

Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.

Niño déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.

Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
Niño déjame, no pises,
mi blancor almidonado.

El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño,
tiene los ojos cerrados.

Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.

¡Cómo canta la zumaya,
ay como canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con el niño de la mano.

Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
el aire la está velando.



Y yo me pregunto: ¿por qué aún no habíamos colgado este magnífico poema en el blog...?