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Oscar Wilde; The Duchess of Padua

Os dejo aquí con un pequeño fragmento de "La Duquesa de Padua", de Oscar Wilde. Lo estaba leyendo y, simplemente, me pareció lo bastante gracioso como para colocarlo... Espero que os guste:

"MORANZONE:

Oh, in my time, boy, have I walked i' the moon,
swore I would live on kisses and on blisses,
swore I would die for love, and did not die,
wrote love bad verses; ay, and sung them badly
like all true lovers. Oh, I have done the tricks!
I know the partings and the chamberings;
we are all animals at best, and love
is merely passion with a holy name.


Oh, en mis tiempos, niño, he caminado bajo la luna,
jurado que viviría de besos y dichas,
jurado que moriría por amor, y no morí,
escrito malos poemas de amor; ay, y los canté mal,
como todos los verdaderos enamorados. Oh, ¡he usado todos los trucos!
Me sé las despedidas y los encuentros de recámara*;
todos somos, como mucho, animales, y el amor
no es más que la pasión con un nombre sagrado."

*chambering: servir como recámara o colocar algo/alguien como si se estuviese en ella, etc. No tiene una traducción exacta (shit).


Ale, a mi me hizo gracia. Sobre todo porque es el malo y suena mucho más convincente. La respuesta del joven y enamorado Guido es una cursilada tan coñazo que te dan ganas de que el malo le atraviese el corazón con la daga de su padre muerto en misteriosas circunstancias.

Umberto Eco; Cuando el Otro entra en escena

(...)

"Pero tu dices que, sin el ejemplo y la palabra de Cristo, todas las éticas carecerían de una justificación básica imbuida con el ineluctable poder de la convicción. ¿Por qué impedir a los laicos el derecho a aprovechar el ejemplo de un Cristo que perdona? Intenta, Carlos María Martini, por el bien de la discusión y el diálogo en el que crees, aceptar aunque sólo sea por un momento la idea de que Dios no existe; que el hombre apareció en el mundo por error y destino torcido, entregado no sólo a su condición de mortal sino que también condenado a ser consciente de esto, y por esta razón la más imperfecta de las criaturas (si se me permiten los ecos de Leopardi en esta sugerencia). Este hombre, para encontrar coraje con el que esperar a la muerte, se convertiría necesariamente en un animal religioso, y aspiraría a la construcción de narrativas capaces de darle una explicación y un modelo, una imagen ejemplar. Y entre las muchas historias que imagina -algunas deslumbrantes, otras terroríficas; algunas patéticamente confortadoras- en la inmensidad del tiempo llega a cierto punto de fuerza religiosa, poética y moral como para concebir el modelo de Cristo, de amor universal, de perdón para los enemigos, de una vida sacrificada para que otras se salven. Si yo fuese un viajero de una galaxia lejana y me encontrase ante especies capaces de proponer este modelo, me sentiría lleno de admiración por tal energía teogónica, y juzgaría a esta especie despreciable y vil, que ha cometido tantos horrores, redimida aunque sólo sea por el hecho de que se las ha apañado para creer y desear que todo esto fuese cierto.

Ahora puedes dejar la hipótesis para otros: pero admite que incluso si Cristo fuese sólo el sujeto de una gran historia, el hecho de que esta historia hubiese sido imaginada y deseada por humanos, criaturas que sólo saben no saber nada, sería tan milagroso (misteriosamente milagroso) como el verdadero hijo de Dios hecho carne. Este misterio natural y mundano no dejaría de poner en marcha y ennoblecer los corazones de aquellos que no creen.

Es por esto que creo que, en sus puntos fundamentales, una ética natural -respetando la profunda religiosidad que la inspira- puede encontrar puntos en común con los principios de una ética fundada en la fe en la trascendencia, que no puede negar que los principios naturales han sido grabados en nuestros corazones siguiendo las ideas de un plan de salvación. Si se dejan, como ciertamente pasa, márgenes que no se tapan, no es diferente de lo que ocurre cuando diferentes religiones se encuentran entre sí. Y en cuestiones de fe, la caridad y la prudencia deben prevalecer."

De Cinco Piezas Morales

Franco Fortini

Desconozco, buenos lectores, el título que llevaba este poema. Lo he encontrado en inglés, un libro de Umberto Eco (Five Moral Pieces) que ni siquiera sé si está traducido a nuestra lengua. El (magnífico y nunca lo bastante alabado) autor de El Nombre de la Rosa lo utilizaba al final de un texto sobre el fascismo y su propia experiencia, como niño, con la caída de Mussolini y todo lo demás. Según parece, el poema viene a tratar de ese tema: los sacrificios de la Resistencia o los partisanos, etc. Como me gusta y no lo encuentro en español, he hecho una pequeña traducción cuyos errores espero que sepáis perdonar (porque he de decir que hasta en inglés suena algo mejor):

En el parapeto del puente
las cabezas de hombres muertos,
en el agua de la fuente
la baba de hombres muertos.

En los adoquines del mercado
las uñas de hombres derribados,
en la seca hierba del la pradera
los dientes de hombres derribados.

Muerde el aire, muerde las piedras,
nuestra carne ya no es la carne de los hombres.
Muerde el aire, muerde las piedras
nuestros corazones ya no son los corazones de los hombres.

Pero hemos leído en los ojos de hombres muertos,
y la libertad del mundo es el regalo que traemos,
mientras la providencial justicia se acerca
agarrada por las manos de los muertos.

José Corredor Matheos; Vas recorriendo a solas

Vas recorriendo a solas
el jardín,
despacio y sin cuidados,
mientras el verso fluye
entre la niebla
y el asomo lejano
de la luz.
Todo lo que vas viendo
te sorprende.
¿Qué puedes esperar
más que lo inesperado?
Que las hierbas que pisas
son carne de tu carne.
Que la luna saldrá
cuando tú se lo digas.
Que no hay diferencias
entre el jardín y tú.
Caminas muy despacio
para que todo pueda
sorprenderte.
Y te vas alejando,
tanto que, ya incapaz
el verso de seguirte,
se detiene.

Jorge Luís Borges; El libro de la arena

EL LIBRO DE LA ARENA

...thy rope of sands...

George Herbert (1593-1623)



La línea consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número infinito de líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el hipervolumen, de un número infinito de volúmenes... No, decididamente no es éste, more geométrico, el mejor modo de iniciar mi relato. Afirmar que es verídico es ahora una convención de todo relato fantástico; el mío, sin embargo, es verídico.

Yo vivo solo, en un cuarto piso de la calle Belgrano. Hará unos meses, al atardecer, oí un golpe en la puerta. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto, de rasgos desdibujados. Acaso mi miopía los vio así. Todo su aspecto era de pobreza decente. Estaba de gris y traía una valija gris en la mano. En seguida sentí que era extranjero. Al principio lo creí viejo; luego advertí que me había engañado su escaso pelo rubio, casi blanco, a la manera escandinava. En el curso de nuestra conversación, que no duraría una hora, supe que procedía de las Orcadas.

Le señalé una silla. El hombre tardó un rato en hablar. Exhalaba melancolía, como yo ahora.

- Vendo biblias - me dijo.

No sin pedantería le contesté:

- En esta casa hay algunas biblias inglesas, incluso la primera, la de John Wiclif. Tengo asimismo la de Cipriano de Valera, la de Lutero, que literariamente es la peor, y un ejemplar latino de la Vulgata. Como usted ve, no son precisamente biblias lo que me falta.

Al cabo de un silencio me contestó:

- No sólo vendo biblias. Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese. Lo adquirí en los confines de Bikanir.

Abrió la valija y lo dejó sobre la mesa. Era un volumen en octavo, encuadernado en tela. Sin duda había pasado por muchas manos. Lo examiné; su inusitado peso me sorprendió. En el lomo decía Holy Writ y abajo Bombay.

- Será del siglo diecinueve - observé. - No sé. No lo he sabido nunca - fue la respuesta.

Lo abrí al azar. Los caracteres me eran extraños. Las páginas, que me parecieron gastadas y de pobre tipografía, estaban impresas a dos columnas a la manera de una biblia. El texto era apretado y estaba ordenado en versículos. En el ángulo superior de las páginas había cifras arábigas. Me llamó la atención que la página par llevara el número (digamos) 40.514 y la impar, la siguiente, 999. La volví; el dorso estaba numerado con ocho cifras. Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en los diccionarios: un ancla dibujada a la pluma, como por la torpe mano de un niño.

Fue entonces que el desconocido me dijo:

- Mírela bien. Ya no la verá nunca más.

Había una amenaza en la afirmación, pero no en la voz.

Me fijé en el lugar y cerré el volumen. Inmediatamente lo abrí. En vano busqué la figura del ancla, hoja tras hoja. Para ocultar mi desconcierto, le dije:

- Se trata de una versión de la Escritura en alguna lengua indostánica, ¿no es verdad?

- No - me replicó.

Luego bajó la voz como para confiarme un secreto:

- Lo adquirí en un pueblo de la llanura, a cambio de una rupias y de la Biblia. Su poseedor no sabía leer. Sospecho que en el Libro de los Libros vio un amuleto. Era de la casta más baja; la gente no podía pisar su sombra, sin contaminación. Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin.

Me pidió que buscara la primera hoja.

Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano. Era como si brotaran del libro.

- Ahora busque el final.

También fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía:

- Esto no puede ser.

Siempre en voz baja el vendedor de biblias me dijo:

- No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita admiten cualquier número.

Después, como si pensara en voz alta:

- Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo.

Sus consideraciones me irritaron. Le pregunté:

- ¿Usted es religioso, sin duda?

- Sí, soy presbiteriano. Mi conciencia está clara. Estoy seguro de no haber estafado al nativo cuando le di la Palabra del Señor a trueque de su libro diabólico.

Le aseguré que nada tenía que reprocharse, y le pregunté si estaba de paso por estas tierras. Me respondió que dentro de unos días pensaba regresar a su patria. Fue entonces cuando supe que era escocés, de las islas Orcadas. Le dije que a Escocia yo la quería personalmente por el amor de Stevenson y de Hume.

- Y de Robbie Burns - corrigió.

Mientras hablábamos yo seguía explorando el libro infinito. Con falsa indiferencia le pregunté:

- ¿Usted se propone ofrecer este curioso espécimen al Museo Británico?

- No. Se lo ofrezco a usted - me replicó, y fijó una suma elevada.

Le respondí, con toda verdad, que esa suma era inaccesible para mí y me quedé pensando. Al cabo de unos pocos minutos había urdido mi plan.

- Le propongo un canje - le dije -. Usted obtuvo este volumen por unas rupias y por la Escritura Sagrada; yo le ofrezco el monto de mi jubilación, que acabo de cobrar, y la Biblia de Wiclif en letra gótica. La heredé de mis padres.

- A black letter Wiclif - murmuró.

Fui a mi dormitorio y le traje el dinero y el libro. Volvió las hojas y estudió la carátula con fervor de bibliófilo.

- Trato hecho - me dijo.

Me asombró que no regateara. Sólo después comprendería que había entrado en mi casa con la decisión de vender el libro. No contó los billetes, y los guardó.

Hablamos de la India, de las Orcadas y de los jarls noruegos que las rigieron. Era de noche cuando el hombre se fue. No he vuelto a verlo ni sé su nombre.

Pensé guardar el Libro de Arena en el hueco que había dejado el Wiclif, pero opté al fin por esconderlo detrás de unos volúmenes descabalados de Las Mil y Una Noches.

Me acosté y no dormí. A las tres o cuatro de la mañana prendí la luz. Busqué el libro imposible, y volví las hojas. En una de ellas vi grabada una máscara. El ángulo llevaba una cifra, ya no sé cual, elevada a la novena potencia.

No mostré a nadie mi tesoro. A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que lo robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito. Esas dos inquietudes agravaron mi ya vieja misantropía. Me quedaban unos amigos; dejé de verlos. Prisionero del Libro, casi no me asomaba a la calle. Examiné con una lupa el gastado lomo y las tapas, y rechacé la posibilidad de algún artificio. Comprobé que las pequeñas ilustraciones distaban dos mil páginas una de otra. Las fui anotando en una libreta alfabética, que no tardé en llenar. Nunca se repitieron. De noche, en los escasos intervalos que me concedía el insomnio, soñaba con el libro.

Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo palpaba con diez dedos con uñas. Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad.

Pensé en el fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo al planeta.

Recordé haber leído que el mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque. Antes de jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional, que guarda novecientos mil libros; sé que a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en el sótano, donde están los periódicos y los mapas. Aproveché un descuido de los empleados para perder el Libro de Arena en uno de los húmedos anaqueles. Traté de no fijarme a qué altura ni a qué distancia de la puerta.

Siento un poco de alivio, pero no quiero ni pasar por la calle México.

Don Quijote de la Mancha; Capítulo XXV

CAPÍTULO XXV

"(...)

-Ya te he dicho -respondió Don Quijote- que quiero imitar a Amadís haciendo aquí del desesperado, del sandío y del furioso, por imitar juntamente al valiente Roldán, cuando halló en una fuente las señales de que Angélica la Bella había cometido vileza con Meodoro; de cuya pesadumbre se volvió loco y arrancó los árboles, enturbió las aguas de las claras fuentes, mató pastores (...)

-Pareceme a mi -dijo Sancho- que los caballeros que lo tal ficieron fueron provocados y tuvieron causa para hacer esas necedades y penitencias; pero vuestra merced, ¿qué causa tiene para volverse loco? ¿Qué dama le ha desdeñado, o qué señales ha hallado que le den a entender que la señora Dulcinea del Toboso ha hecho alguna niñería con moro o con cristiano?

-Ahí está el punto -respondió Don Quijote -y esa es la fineza de mi negocio; que volverse loco un caballero andante con causa, ni grado ni gracias: el toque está en desatinar sin ocasión y dar a entender a mi dama que si en seco hago esto, ¿qué hiciera en mojado?

(...)

-Déjeme iré a ensillar a Rocinante y aparéjese vuestra merced a echarme su bendición; que luego pienso partirme, sin ver las sandeces que vuestra merced ha de hacer, que yo diré que le vi hacer tantas, que no quiera más.

-Por lo menos, quiero, Sancho, y porque es menester así, quiero, digo, que me veas en cueros, y hacer una o dos docenas de locuras, que las haré en menos de media hora, porque habiéndolas tú visto por tus ojos, puedas jurar a salvo en las demás que quisieres añadir; y asegúrote que no dirás tu tantas cuantas yo pienso hacer.

(...)

-Digo, señor, que vuestra merced ha dicho muy bien: que para que pueda jurar sin cargo de conciencia que le he visto hacer locuras, será bien que vea siquiera una, aunque bien grande la he visto en la quedada de vuestra merced.

-¿No te lo decía yo? -dijo Don Quijote.- Espérate, Sancho, que en un credo las haré.

Y desnudándose con toda priesa los calzones, quedó en carnes y en pañales, y luego, sin más ni más, dio dos zapatetas en el aire y dos tumbas la cabeza abajo y los pies en alto, descubriéndose cosas que, por no verlas otra vez, volvió Sancho la rienda a Rocinante y se dio por contento y satisfecho de que podía jurar que su amo quedaba loco.

(...)"

La tempestad; William Shakespeare

Tras recordar mi lectura de la Tempestad, decidi colocar alguna cita, alguno de esos monólogos tan geniales (porque hay muchos, casi todos en boca de Próspero). Finalmente, me decidí por el que me parece mejor. Cuand Miranda y Fernando ya están enamorados, anticipando su boda, Próspero ordena a sus espíritus que "interpreten" una obra de teatro para ellos (dioses romanos, segadores, ninfas... falta algún pastor declamando filosofía). Sin embargo, le turba el pensamiento de algunos asuntos que le urge terminar y se ve obligado a acabar con la función. Cuando ven desaparecer de la nada a los "actores", Miranda y Fernando se sobresaltan, y para tranquilizarlos les dirige este pequeño discurso que se ha hecho considerablemente famoso. Lo cierto es que dicho en una obra de teatro, tiene un especial encanto. Pongo tanto la versión inglesa como la española para que se pueda apreciar un poco la musicalidad del original...


Prospero:

Our revels now are ended. These our actors,
As I foretold you, were all spirits, and
Are melted into air, into thin air:
And like the baseless fabric of this vision,
The cloud-capp'd tow'rs, the gorgeous palaces,
The solemn temples, the great globe itself,
Yea, all which it inherit, shall dissolve,
And, like this insubstantial pageant faded,
Leave not a rack behind. We are such stuff
As dreams are made on; and our little life
Is rounded with a sleep.


Próspero:

Nuestra fiesta ha terminado. Los actores,
como ya te dije, eran espíritus
y se han disuelto en aire, en aire leve,
y, cual la obra sin cimientos de esta fantasía,
las torres con sus nubes, los regios palacios,
los templos solemnes, el inmenso mundo
y cuantos lo hereden, todo se disipará
e, igual que se ha esfumado mi etérea función,
no quedará ni polvo. Somos de la misma
sustancia que los sueños, y nuestra breve vida
culmina en un dormir.



...Y es que, amigos míos, la metaliteratura está en todas partes. Como Dios y Hacienda.

La Ciudad; C. P. Cavafis

LA CIUDAD

Dijiste: "Iré a otra ciudad, iré a otro mar.
Otra ciudad ha de hallarse mejor que ésta.
Todo esfuerzo mío es una condena escrita;
y está mi corazón - como un cadáver - sepultado.
Mi espíritu hasta cuándo permanecerá en este marasmo.
Donde mis ojos vuelva, donde quiera que mire
oscuras ruinas de mi vida veo aquí,
donde tantos años pasé y destruí y perdí".
Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Vagarás
por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo
y en estas mismas casas encanecerás.
Siempre llegarás a esta ciudad. Para otro lugar -no esperes-
no hay barco para ti, no hay camino.
Así como tu vida la arruinaste aquí
en este rincón pequeño, en toda tierra la destruiste.

Anillo de humo; Silvina Ocampo

ANILLO DE HUMO

Recuerdo el primer día que viste a Gabriel Bruno. El caminaba por la calle vestido con su traje azul, de mecánico; simultáneamente, pasó un perro negro que al cruzar la calle, fue atropellado por un automóvil. El perro, aullando porque estaba herido, corrió junto al paredón de la vieja quinta, para guarecerse. Gabriel lo ultimó a pedradas. Desdeñaste el dolor del perro para admirar la belleza de Gabriel.

¬¡Degenerado! ¬exclamaron las personas que te acompañaban.

Amaste su perfil y su pobreza.

Una tarde de Navidad, en la quinta de tu abuela, repartieron en las caballerizas (donde ya no había caballos sino automóviles), ropa y juguetes para los niños del barrio. Gabriel Bruno y una intempestiva lluvia aparecieron. Alguien dijo:

¬Ese chico tiene quince años; no tiene edad para venir a esta fiesta. Es un sinvergüenza y, además, un ladrón. El padre por cinco centavos mató al panadero. Y él mató un perro herido, a pedradas.

Gabriel tuvo que irse. Lo miraste hasta que desapareció bajo la lluvia.

Gabriel, hijo del guardabarreras que mató no sé por cuántos centavos al panadero, para ir de su casa al almacén pasaba todos los días, con la esperanza tal vez de verte, por un callejón que separaba las dos quintas: la quinta de tu tía y la quinta de tu abuela materna, donde vivías.

Sabías a qué hora Gabriel pasaba, galopando en su caballo oscuro, para ir al almacén o al mercado, y lo esperabas con el vestido que más te gustaba y con el pelo atado con la más bonita de las cintas. Te reclinabas sobre el alambrado en posturas románticas y lo llamabas con tus ojos. Bajaba del caballo, saltaba el zanjón para acercarse a Eulalia y a Magdalena, tus amigas, que no lo miraban. ¿Qué prestigio podía tener para ellas su pobreza? El traje de mecánico de Gabriel las obligaba a pensar en otros varones mejor vestidos.

Hablabas a Eulalia y a Magdalena de Gabriel Bruno el día entero, en vano. Ellas no conocían los misterios del amor.

Todos los días, a la hora de la siesta, corriste sola al callejón. De lejos brillaba la cinta de tu pelo como un barco de vela en miniatura o como una mariposa: la veías reflejada en la sombra. Eras la mera prolongación de tu sentimiento: el cirio que sostiene la llama. A veces, en el camino, se desataba el moño; entonces, colocando la cinta entre tus dientes, te recogías el pelo y volvías a atarlo, arrodillada en el suelo.

Como tenía que haber un pretexto para que pudieras hablar con Gabriel inventaste el pretexto de los cigarrillos: llevabas plata en tu bolsillo, se la dabas a Gabriel para que fuera al almacén a comprarlos. Después fumaban, mirándose en los ojos. Gabriel sabía hacer anillos con el humo y te los soplaba en la cara. Reías. Pero estas escenas, tan parecidas a las escenas de amor, iban penetrando en tu corazón apasionado. Una vez unieron los cigarrillos para encenderlos. Otra vez encendiste un cigarrillo y se lo diste.

Era en el mes de enero. Jubilosas las chicharras cantaban con ruido de matraca. Cuando volviste a la casa, oíste que tu padre hablaba con tu madre. Era de ti que hablaban.

¬Estaba en el callejón, con ese atorrante. Con el hijo del guardabarreras. ¿Te das cuenta? Con el hijo del que mató al panadero por cinco centavos. Hay que ponerla en penitencia.

¬Son cosas de chica, no hay que hacer caso.

Tiene once años ya, ¬dijo tu madre.

No se atrevieron a decirte nada, pero no te dejaban salir sola. Fingías dormir la siesta y en vez de correr al callejón, después de almorzar, llorabas detrás de las persianas o del mosquitero.

Oíste, entre el casero y un ciclista, un diálogo insólito: hablaban de Gabriel y de ti. Dijeron que Gabriel se vanagloriaba en el almacén hablando de los cigarrillos que fumaban juntos. Decían que te había dicho palabras obscenas o con doble sentido.

Te escapaste a la hora de la siesta, corriste al cerco, para perder tu anillo. Gabriel pasó a la hora de siempre. Fuiste a su encuentro.

Vamos ¬le dijiste- a las vías del tren.

¿Para qué?

¬Se cayó mi anillo al cruzar las vías ayer cuando fui al río.

Verdad y mentira salían juntas de tus labios.

Fueron, él a caballo y tú caminando, sin hablarse. Cuando llegaron a las vías del tren, él dejó su caballo atado a un poste y tú te arrodillaste sobre las piedras.

¬¿Dónde perdió el anillo?, ¬te preguntó, arrodillándose a tu lado.

¬Aquí¬, dijiste, apuntando el centro de los rieles.

¬Bajaron las señales. Va a pasar el tren. Salgamos de aquí ¬ exclamó con desdén.

¬Quiero que nos suicidemos ¬le dijiste.

Te tomó del brazo y te arrastró afuera de las vías, justo a tiempo. Las sombras, la trepidación, el viento, el silbato del tren, con mil ruedas pasaron sobre tu cuerpo.

Para Semana Santa, Gabriel te siguió hasta la iglesia. Lo miraste dentro del aire con incienso de la iglesia, como un pez en el agua mira un pez cuando hace el amor. Fue la última entrevista. Durante veranos sucesivos, lo imaginaste deambulando por las calles, cruzando frente a las quintas, con su traje de mecánico azul y ese prestigio que le daba la pobreza.

Romance de la luna; Federico García Lorca

ROMANCE DE LA LUNA

La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira mira.
El niño la está mirando.

En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.

Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.

Niño déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.

Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
Niño déjame, no pises,
mi blancor almidonado.

El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño,
tiene los ojos cerrados.

Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.

¡Cómo canta la zumaya,
ay como canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con el niño de la mano.

Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
el aire la está velando.



Y yo me pregunto: ¿por qué aún no habíamos colgado este magnífico poema en el blog...?

Misiá; Nasci para morrer contigo

Salman Rushdie; La encantadora de Florencia

Esa noche el emperador soñó con el amor. En su sueño era otra vez el califa de Bagdag, Harun al-Rashid, que paseaba de incógnito, en esta ocasión por las calles de la ciudad de Isbanir. De repente, él, el califa, sintió un picor que nadie podía aliviar. Volvió rápidamente a su palacio de Bagdag rascándose todo él a lo largo de los treinta kilómetros de camino, y cuando llegó a casa se bañó en leche de burra y pidió a sus concubinas preferidas que le frotaran el cuerpo con miel. Aun así, el picor siguió enloqueciéndolo y ningún médico le encontró cura, pese a aplicarle sangrías con lanceta y sanguijuelas hasta dejarlo a las mismísimas puertas de la muerte. Despidió a aquellos curanderos y, cuando recuperó el vigor, decidió que si el picor era incurable, lo único que podía hacer era distraerse más y mejor para no notarlo.

Mandó llamar a los comediantes más famosos del reino para que lo hicieran reír y a los filósofos más sabios para que se devanaran los sesos al límite. Bailarinas eróticas avivaron sus deseos y las cortesanas más diestras los satisficieron. Construyó palacios y calzadas y colegios e hipódromos, y aunque todas estas cosas cumplieron bien su cometido, el picor continuó sin la menor señal de mejoría. Puso toda la ciudad de Isbanir en cuarentena y fumigó el alcantarillado para atacar la plaga de picor en su raíz, pero la verdad era que, por lo visto, muy pocas personas sentían tanto picor como él. Hasta que una noche, cuando recorría, embozado y anonimamente, las calles de Bagdag, vio una lámpara en una ventana alta, y cuando alzó la vista, vislumbró el rostro de una mujer iluminado por la vela, de suerte que parecía ser de oro. Durante ese breve instante, el picor desapareció por completo, pero tan pronto como la mujer cerró los póstigos y apagó la vela de un soplido, el picor retornó con redoblada furia. Fue entonces cuando el califa comprendió la naturaleza de su picor. En Isbanir había visto esa misma cara, también por un instante fugaz, asomada a otra ventana, y el picor había comenzado a partir de ese momento. "Buscadla -ordenó al visir-, ya que esa es la bruja causante de mi maleficio."

Fue más fácil decirlo que hacerlo. Los hombres del califa llevaron ante él a siete mujeres al día cada uno de los siete días siguientes, pero cuando él les obligó a descubrirse el rostro, vio de inmediato que no era ninguna de ellas. Y al octavo día una mujer velada se presentó en la corte sin que nadie le llamara y solicitó audiencia, afirmado que era la que podía aliviar el sufrimiento del califa. Harun al-Rashid le recibió en el acto.

-¡Así que sois la bruja! -exclamó.

-Nada más lejos -contestó ella-. Pero desde que entreví la cara de un hombre encapuchado en las calles de Isbanir, me pica todo el cuerpo de manera incontrolable. Incluso abandoné mi ciudad natal y me mudé a Bagdag con la esperanza de que el cambio aliviara mi aflicción, pero de nada ha valido. He intentado mantenerme ocupada, distraerme, y he tejido grandes tapices y escrito volúmenes de poesía, todo en vano. Entonces me enteré de que el califa de Bagdag buscaba a una mujer que le provocaba picor y supe la solución al enigma.

Dicho esto, se retiró el velo con atrevimiento e inmediatamente desapareció por completo el picor del califa, y dio paso a un sentimiento muy distinto.

-¿Vos también? -preguntó él, y ella asintió.

-Ya no me pica. Ahora siento otra cosa.

-Y también eso es una aflicción que ningún hombre puede curar -dijo Harun al-Rashid.

-O en mi caso, ninguna mujer -contestó la dama.

El califa dio una palmada y anunció su inminente boda, y él y su Begum vivieron felices para siemprre, hasta que les llegó la Muerte, la Destructora de los Días.

Tal fue el sueño del emperador.

Thomas de Quincey

Hay que saber apreciar la ironía:



"Si uno empieza por permitirse un asesinato pronto no le dará importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente. Una vez que empieza uno a deslizarse cuesta abajo ya no sabe dónde podrá detenerse. La ruina de muchos comenzó con un pequeño asesinato al que no dieron ninguna importancia en su momento. "



Fragmento de "Del asesinato como una de las Bellas Artes"

El Profeta-Guerrero; R. Scott Bakker

"Colocó su chisporroteante vela y decidió leer. "Solo con libros, una vez más. -De repente sonrió-. ¿Una vez más? No, por fin..."

Un libro no era nunca una "lectura". Allí, como en todas partes, el lenguaje traicionaba la verdadera naturaleza de la actividad. Decir que un libro era lectura era cometer el mismo error que el jugador que se pavoneava por sus ganancias, como si las hubiera tomado por la fuerza o gracias a su resolución. Lanzar las fichas numeradas era agarrarse a un momento de impotencia, nada más. Pero abrir un libro era una apuesta mucho más profunda. Abrir un libro no era solo agarrarse a un momento de impotencia, no solo renunciar a un puñado de celosos latidos del corazón por el rumbo de la quilla de otro hombre, era permitirse ser escrito. Porque, ¿qué era un libro sino una larga rendición consecutiva a los movimientos del alma de otro?

Achamian no podía pensar en ningún abandono del yo más profundo.

Leyó, fue llevado a la risa por las ironías de hombres que llevaban mil años muertos y a la reflexión por afirmaciones y esperanzas que habían sobrevivido con mucho la era de su escritura.

No recordaba haberse quedado dormido."

Las ciudades invisibles; Italo Calvino

No es fácil elegir una sola de entre las ciudades de Las ciudades invisibles. Ni por preferencia ni por mensaje, ni siquiera por simple belleza en el sonido o en la forma que tome la descripción: no hay un criterio claro para decir "es esta, esta es la ciudad más hermosa jamás descrita". Y sin embargo, algún ejemplo debía poner para que no faltase en este blog, alguna de esas poesías en prosa sobre calles, ciudades, vidas... Cuando pase el tiempo y retome el libro, otra habrá ocupado su lugar y Raissa no será para mi lo mismo. Pero ahora, supongo que esta es mi favorita, es Raissa la que os recomiendo. Y por igual, recomiendo que leáis todo el libro: he aquí su versión online.





LAS CIUDADES ESCONDIDAS 2

No es feliz la vida en Raissa. Por las calles la gente camina torciéndose las
manos, impreca a los niños que lloran, se apoya en los parapetos del río con las
sienes entre los puños, por la mañana despierta de un mal sueño y empieza otro. En
los talleres donde a cada rato alguien se machaca los dedos con el martillo o se
pincha con la aguja, o en las columnas de números torcidas de los negociantes y los
banqueros, o delante de las filas de vasos sobre el estaño de las tabernas, menos mal
que las cabezas agachadas te ahorran miradas torvas. Dentro de las casas es peor, y
no hay que entrar para saberlo: en verano las ventanas aturden con peleas y platos
rotos.
Y sin embargo, en Raissa hay a cada momento un niño que desde una ventana
ríe a un perro que ha saltado sobre un cobertizo para morder un pedazo de polenta
que ha dejado caer un albañil que desde lo alto del andamio exclama: —¡Prenda mía,
déjame probar!— a una joven posadera que levanta un plato de estofado bajo la
pérgola, contenta de servirlo al paragüero que celebra un buen negocio, una
sombrilla de encaje blanco comprada por una gran dama para pavonearse en las
carreras, enamorada de un oficial que le ha sonreído al saltar el último seto, feliz él
pero más feliz todavía su caballo que volaba sobre los obstáculos viendo volar en el
cielo a un francolín, pájaro feliz liberado de la jaula por un pintor feliz de haberlo
pintado pluma por pluma, salpicado de rojo y de amarillo, en la miniatura de aquel
libro en que el filósofo dice: —También en Raissa, ciudad triste, corre un hilo
invisible que enlaza por un instante un ser viviente a otro y se destruye, luego vuelve a tenderse entre puntos en movimiento dibujando nuevas, rápidas figuras de modo que a cada segundo la ciudad infeliz contiene una ciudad feliz que ni siquiera sabe que existe”.

Prólogo del Eclesiastés

En estos dos últimos días, mi lectura han estado siendo los Libros Sapienciales de la Biblia, así como los Líricos. Tiene narices que de los 150 salmos del libro de los Salmos cosa de 10 sean interesantes; tiene narices que el libro de Job sea muchísimo más aburrido de lo que había pensado, igual que las tiene que los Proverbios sea más aburrido que leerse un refranero o un diccionario. En realidad, está claro que cuando no hay batallas, asesinatos y violaciones, la Biblia pierde encanto.

Pero por suerte, empezando un nuevo libro (el Eclesiastés), me he encontrado con este prologito. El tomo promete: no sé si a alguien le sonará a la base de todas esas literaturas cristianas sobre cómo pasa el tiempo y nada se queda, como el mundo es vanidad y apariencia... Además, está mas o menos bien escrito:

"¡Vanidad de vanidades! -dice Cohélet-, ¡vanidad de vanidades, todo es vanidad! ¿Qué saca el hombre de toda la fatiga con que se afana bajo el sol? Una generación va, otra generación viene, pero la tierra permanece donde está. Sale el sol, se pone el sol; corre hacia su lugar y de allí vuelve a salir. Sopla hacia el sur el viento y gira al norte; gira que te gira el viento, y vuelve el viento a girar. Todos los ríos van al mar y el mar nunca se llena; al lugar donde los ríos van, allá vuelven a fluir. Todas las cosas se cansan. Nadie puede decir que no se cansa el ojo de ver ni el oído de oir.

Lo que fue, eso será;
lo que se hizo, eso se hará.
Nada nuevo hay bajo el sol.


Si de algo se dice: "Mira, eso sí que es nuevo", aun eso ya sucedía en los siglos que nos precedieron. No hay recuerdo de los antiguos, como tampoco de los venideros quedará memoria entre los que después vendrán."

¿No tenéis la sensación de que os resulta familiar y lo habéis leído mil veces repetido en otras literaturas? Ah, por cierto, el Cantar de los Cantares sigue molando. Es erotismo literario con mucha, mucha clase y aún más antigüedad.

CADA ESCALÓN UN ESCALOFRÍO

Cada escalón un escalofrío, con cada centímetro de frío mármol la certeza de una muerte lenta y dolorosa, de un fin humillante y cruel, una muerte que empezó hace cuatro largos años y que continúa cada día, destrozando mi alma poco a poco con cada asalto.

Introduzco la llave en la cerradura. Quizá haya ido a trabajar, quizá no, quizá esté esperándome, quizá se haya marchado como siempre y entonces mi corazón volverá a latir a un ritmo normal y mis pulmones se invadirán de oxígeno y dejaré de respirar su aliento viciado por cada insulto que me profiere.
Entro en el piso, cierro la puerta y llevo las bolsas de la compra. Hay un silencio sepulcral y un mal presentimiento invade mis sentidos, recorro el apartamento buscándolo y no lo encuentro, ha ido a trabajar.
Por fin me relajo, pongo la radio y coloco la compra. Hoy he gastado más de lo normal, se enfadará cuando revise las cuentas, dice que no soy buena administradora.
Voy al salón y lo pongo en orden, aquí me encuentro un dibujo de Alicia, aquí una cera, aquí una muñeca, aquí otra cera. A veces pienso que lo mejor sería marcharse muy lejos de aquí con ella, tengo miedo de que le haga a ella lo mismo que a mí, entonces no respondería de mí misma. No quiero que crezca sola, sin madre, él lo sabe, ella es su mayor seguro para que permanezca con él, por eso finge que la adora, ha erigido a mi propia hija en mi carcelera.
Me dirijo a la habitación de mi pequeña, todo es caótico, pero hasta su desorden resulta dulce. Una medias, una zapato azul, una cinta del pelo, más muñecas y más ceras.
La radio se ha apagado, normal, pobre trasto que ha recibido tantos golpes…qué irónico. Será mejor que vaya a ponerla de nuevo, la radio hace que me sienta acompañada y sobre todo siento que él no está.
Llegando a la cocina me doy cuenta de que me falta el aliento, no puedo respirar, algo no va bien, la radio no está en su sitio, ¿dónde está la radio?
- ¡Puta!
Es él, es su voz, está enfadado. Siento un fuerte golpe en la cabeza… me ha golpeado con la radio. Todo da vueltas, siento un líquido caliente que me moja el vaquero; me he orinado. Todo da vueltas a mí alrededor y la oscuridad va cerniéndose sobre mí a cada golpe que recibo. Me patea todo el cuerpo mientras que intento protegerme con las manos.
Todo termina tan rápido como empezó, pero no puedo moverme. Siento que si muevo un solo dedo me rompa en mil pedazos. Aunque por dentro ya estaba destrozada, en todos los sentidos.


Mariola Guijarro M.

Úrsula K. Le Gluin; La mano izquierda de la oscuridad

Con permiso, os dejo los primeros párrafos de una novela de ciencia ficción con la que ando descansando de la lectura de la Biblia. Personalmente, lo estoy encontrando como una buena forma de empezar. Y además, la señora Le Gluin no me está decepcionando en absoluto: una novela de filosofía, sociología y divagaciones sobre "cómo sería un mundo en el que...". Eso sin carecer de las inevitables aventuras e intrigas que hacen a una novela entretenida. Espero que os pique la curiosidad:

"Escribiré mi informe como si contara una historia, pues me enseñaron siendo niño que la verdad nace de la imaginación. El más cierto de los episodios puede perderse en el estilo del relato, o quizá dominarlo, como esas extrañas joyas orgánicas de nuestros océanos que si las usa una determinada mujer brillan cada día más, y en otras en cambio se empañan y deshacen en polvo. Los hechos no son más sólidos, coherentes, categóricos y reales que esas mismas perlas; pero tanto los hechos como las perlas son de naturaleza sensible.

No soy siempre el protagonista de la historia, ni el único narrador. No sé en verdad quién es el protagonista: el lector podrá juzgar con mayor imparcialidad. Pero es siempre la misma historia, y si en algunos momentos los hechos parecen alterarse junto con una voz alterada, no hay razón que nos impida preferir un hecho a otro; sin embargo, no hay tampoco en estas páginas ninguna falsedad, y todo es parte del relato.

La historia se inicia en el diurno 44 del año 1491, que en el país llamado Karhide del planeta Invierno era odharhahad tuya, o el día vigésimo del segundo del tercer mes de primavera, en el año uno. Aquí es siempre año uno. El día de año nuevo sólo cambia la fecha de los años pasados o futuros, ya se cuente hacia atrás o hacia adelante a partir de la unidad Ahora. De modo que era la primavera del año uno en Erhenrang, capital de Karhide, y mi vida estaba en peligro, y yo no lo sabía."

Paul Celan

Lo de ayer no era más que un adelanto. Encontré no hace mucho a este poeta (y juro solemnemente que fue eso: un encontronazo) y me encantó. Era un judío rumano cuyos padres murieron en campos de concentración y que fue metido en un campo de trabajo. Y tiene unos poemas geniales. Aquí dejo otro par:

CHANSON DE UNA DAMA EN LA SOMBRA

Cuando viene la silenciosa y decapita los tulipanes:
¿Quién gana?
¿Quién pierde?
¿Quién va a la ventana?
¿Quién nombra su nombre primero?

Es uno que lleva mi pelo.
Lo lleva como se lleva a los muertos en las manos.
Lo lleva como el cielo llevó mi pelo el año en que amaba.
Lo lleva así por vanidad.

Ese gana.
Ese no pierde.
Ese no va a la ventana.
Ese no nombra su nombre.

Es uno que tiene mis ojos.
Los tiene desde que los portones se cerraron.
Los lleva en el dedo como anillos.
Los lleva como trizas de placer y zafiro:
él ya era mi hermano en otoño;
ya cuenta los días y noches.

Ese gana.
Ese no pierde.
Ese no va a la ventana.
Ese nombra su nombre al final.

Es uno que tiene lo que dije.
Lo lleva bajo el brazo como un hato.
Lo lleva como el reloj su más mala hora.
Lo lleva de umbral en umbral, y nunca lo arroja.

Ese no gana.
Ese pierde.
Ese va hacia la ventana.
Ese nombra su nombre primero.

Ese es con los tulipanes decapitado.



FUGA DE LA MUERTE


Negra leche matutina la bebemos de tarde
la bebemos al mediodía y de mañana la bebemos de noche
bebemos y bebemos
cavamos una fosa en los aires allí no se yace estrechado
Un hombre vive en la casa él juega con las serpientes él escribe
él escribe cuando oscurece a Alemania tu dorado cabello Margarethe
él escribe y sale de la casa y brillan las estrellas silba a sus mastines
que vengan
a su lado
silba a sus judíos que salgan adelante hace cavar una fosa en la tierra
nos manda tocad ahora para el baile

Negra leche matutina te bebemos a la noche
te bebemos de mañana y mediodía te bebemos a la tarde
bebemos y bebemos
Un hombre vive en la casa y juega con serpientes él escribe
él escribe cuando oscurece a Alemania tu dorado cabello Margarethe
tu ceniciento cabello Sulamith cavamos una fosa en los aires allí no se
yace
estrechado

Grita cavad más hondo en la tierra unos y otros cantad y tocad
coge el hierro en el cinto lo blande sus ojos son azules
cavad vosotros más hondo unos y otros seguid tocando para el baile

Negra leche matutina te bebemos a la noche
te bebemos de mañana y mediodía te bebemos a la tarde
bebemos y bebemos
Un hombre vive en la casa tu dorado cabello Margarethe
tu ceniciento cabello Sulamith él juega con serpientes

El grita tocad más dulce a la muerte la muerte es un maestro que
viene de
Alemania
grita tocad más oscuro los violines entonces subiréis como humo en el
aire
entonces tendréis una fosa en las nubes allí no se yace estrechado

Negra leche matutina te bebemos a la noche
te bebemos al mediodía la muerte es un maestro que viene de
Alemania
te bebemos a la tarde y de mañana bebemos y bebemos
la muerte es un maestro que viene de Alemania su ojo es azul
él te da con la bala de plomo te da certeramente
Un hombre vive en la casa tu dorado cabello Margarethe
él azuza los mastines contra nosotros nos regala una fosa en el aire
él juega con las serpientes y sueña la muerte es un maestro que viene
de
Alemania
tu dorado cabello Margarethe
tu ceniciento cabello Sulamith

Salmo; Paul Celan

SALMO


Nadie nos amasará otra vez de tierra y de limo,
nadie soplará palabra a nuestro polvo.
Nadie.
Alabado seas tú, Nadie.
Por amor a ti queremos
florecer.
En contra
de ti.
Una nada
éramos, somos, seguiremos
siendo, en flor:
la rosa de nada, de
nadie.
Con
el buril diáfano de alma,
el estambre desolado de cielo,
la roja corona
de la palabra de púrpura que cantamos
sobre, oh sobre
la espina.