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José Corredor Matheos; No sé si mis palabras

Sí, sé que me repito. Pero también, comprendedme, es que hacía demasiado tiempo que no colocaba nada de este magnífico poeta.


NO SÉ SI MIS PALABRAS


No sé si mis palabras
son de paz y consuelo
o de desolación.
Desolado es mi rostro
si me miro
en algún frío espejo,
desoladas mis manos
que sostienen el mundo,
desolada la mente
que sostiene mi mano.
La mirada se posa
serenamente en todo,
y el mundo se detiene,
el verso se detiene.

El general en su laberinto; Gabriel García Márquez

(...)

"No me imaginé que esta vaina fuera tan grave como para pensar en los santos óleos", le dijo. "Yo, que no tengo la felicidad de creer en la vida del otro mundo".

"No se trata de eso", dijo Révérend. "Lo que está demostrado es que el arreglo de los asuntos de la conciencia le infunde al enfermo un estado de ánimo que facilita mucho la tarea del médico".

El general no le prestó atención a la maestría de la respuesta, porque lo estremeció la revelación deslumbrante de que la loca carrera entre sus males y sus sueños llegaba en aquel instante a la meta final. El resto eran las tinieblas.

"Carajos", suspiró. "¡Cómo voy a salir de este laberinto!"

Examinó el aposento con la clarividencia de sus vísperas, y por primera vez vio la verdad: la última cama prestada, el tocador de lástima cuyo turbio espejo de paciencia no lo volvería a repetir, el aguamanil de porcelana descarchada con el agua y la toalla y el jabón para otras manos, la prima sin corazón del reloj octogonal desbocado hacia la cita ineluctable del 17 de diciembre a la una y siete minutos de su tarde final. Entonces cruzó los brazos contra el pecho y empezó a oír las voces radiantes de los esclavos cantando la salve de las seis en los trapiches, y vio por la ventana el dimante de Venus en el cielo que se iba para siempre, las nieves eternas, la enredadera nueva cuyas campánulas amarillas no vería florecer el sábado siguiente en la casa cerrada por el duelo, los últimos fulgores de la vida que nunca más, por los siglos de los siglos, volvería a repetirse.


FIN

Amigo mío. Antoine De Saint-Exupéry.




Amigo mío, tengo tanta necesidad de tu amistad. Tengo sed de un compañero que respete en mí, por encima de los litigios de la razón, el peregrino de aquel fuego.

A veces tengo necesidad de gustar por adelantado el calor prometido, y descansar, más allá de mí mismo, en esa cita que será la nuestra.

Hallo la paz. Más allá de mis palabras torpes, más allá de los razonamientos que me pueden engañar, tú consideras en mí, simplemente al Hombre, tú honras en mí al embajador de creencias, de costumbres, de amores particulares.

Si difiero de ti, lejos de menoscabarte te engrandezco.

Me interrogas como se interroga al viajero, yo, que como todos, experimento la necesidad de ser reconocido, me siento puro en ti y voy hacia ti.

Tengo necesidad de ir allí donde soy puro.

Jamás han sido mis fórmulas ni mis andanzas las que te informaron acerca de lo que soy, sino que la aceptación de quien soy te ha hecho necesariamente indulgente para con esas andanzas y esas fórmulas.

Te estoy agradecido porque me recibes tal como soy. ¿Qué he de hacer con un amigo que me juzga? Si todavía combato, combatiré un poco por ti.

Tengo necesidad de ti.

Tengo necesidad de ayudarte a vivir.

Telegramas de deseo a Sanaá; de Abd Al-Aziz Al-Maqalih

He aquí otra de las cosas que uno se encuentra en una antología de poesía árabe. La verdad es que me encanta este poemita, sobre todo donde el "me dijiste una vez"... Espero que lo disfrutéis o algo. Si no os gusta, siempre podéis quemarnos el blog :D





TELEGRAMAS DE DESEO A SANAÁ

Todos los días,
cuando me quedo a solas conmigo mismo
y tiro su equipaje,
cuando hago las maletas sobre las naves de los recuerdos,
te veo surgir en mis venas, como sangre,
como árbol, en mi sangre.
Veo que se va deshaciendo
el muro que cercaba y separaba lo que había entre nosotros,
nuestros brazos se encuentran,
y nuestros cuerpos se lanzan a abrazarse.

La tierra es la patria del poeta.
Su poema es el rostro del cielo.
Los mares, las ciudades de sus ojos.
-¿Fueron sinceros?
-No.
Desde que se ausentó tu rostro tras el humo de la desgracia,
sin patria me quedé
bajo el rostro del cielo,
sin patria osbre los mares.
Provocativa, irrestañable, tu herida yemení
fue, seguirá siendo,
la patria.

Me dijiste una vez
que era mucho más grande tu fuego que sus bocas,
que tu anhelo de agua
era más vasto aún que el deseo de la arena.
¿Qué ha podido pasar?
Las brasas están a punto de consumirse,
las arenas se arrastran sobre el cuerpo de sediento semblante.
Pero tu corazón está donde braman los mares profundos,
donde brama los vientos plenos de fuego.
Este corazón tuyo que me dijiste un día que moriría,
y seguirá siendo joven
y duro,
inmortales sus fuegos.

Estemos cerca, lejos.
Estemos lejos, cerca.
Me consumí...
Desde que tu cercanía es lejanía,
y lejanía tu cercanía.
Desde que no aguanta mi sangre el estar separados
ni acepta mi corazón estar sin tí.

Misión Bolivia 2009

Arabescos

Un poco por curiosidad y un poco por aburrimiento, me he puesto a cotillear en algunos libros de poesía árabe de todas las épocas. Aquí os dejo algunos poemas que me han parecido interesantes. La lástima es no saber árabe en absoluto, pues los recursos métricos de esa lengua se pierden por completo (al fin y al cabo, ni siquiera es indoeuropea...). En fin, espero que os guste:

RUINAS; de Umar Abu-Rixa

¡Detente... Pues aquí el hombre pierde sus sentidos.
¡Sólo arenas, escombros; derrumbado
un castillo con las almenas junto a los cimientos.
Asombrado, he vuelto la mirada en otrno mío,
preguntando a mi hoy por su pasado:
¿acaso no corría la vida sobre él?
¿ni en su grata existencia se cerraban los párpados?
¿y cumplía el Destino su sentencia
mientras los ruiseñores entonaban su dicha?...
Las pezuñas del Tiempo -devorador caballo-
casi pueden contarnos su tragedia.
No maman las espinas de sus senos,
ni grazna el buho tampoco en su cabeza,
y esas mismas arañas, aterradas,
están deseando huir de su prisión.
La mano destructora se ha cansado de él,
y hasta ella misma teme herirse a su contacto.
Aquí sólo se agitan quiméricos fantasmas.
Aquí sólo la muerte desespera.


CONFESIÓN; de Wafa Wachdi

Me admira
que, en tus ojos, la nostalgia
se me haga patria,
en la que rebelarme.
En donde enamorarme del guijarro,
juntar flores y espinas,
forjar las lanzas,
pavimentar las sendas,
disponer los montes de morada.

Me admira
que, en tus ojos, la nostalgia
se convierta en un pájaro emigrante
que los pone turbados.
Que siempre que en mis ojos aparece un rayo estremecido,
se le agitan las alas,
en temblor.
Que siempre que mis brazos le he tendido
-herido y entregado-
se queda en duermevela
sobre ellos.

Me admira
que, en tus ojos, la nostalgia
atraviese unos mares
que nunca conocieran las orillas.
Mi barco la vigila,
le da todo el cuidado que desea.
Pero sigue la mar atravesando
y siempre que divisa en lontananza
una orilla, se aleja.

Me admira
cubrir de besos la nostalgia
que descansa en tus ojos.
Para que vuelva luego con más fuerza.



COMO QUEREMOS; de Samih Al-Qasim

Si tú fueras un árbol,
yo sería ruiseñor que anidara en sus ramas.
Si un árbol fuera yo,
tú serías mi única fruta.

Si fueras una cueva,
yo sería pastor mojado por la lluvia que en ti se refugiara.
Si cueva fuera yo,
tú serías el eco permanente entre mis lados.

Sé nube,
y huerto seré yo confiado en tu gracia.
Sé colmada de alegría,
y seré corazón herido de tristeza esperando que llegues.
Sé tristeza agobiante,
y el músico seré que les dará salida a tus manantiales.
Sé noche, y seré día.
Sé día, y seré noche que te posea entera.
Sé cadáver,
y cadáver seré que repose en tus brazos.

Seamos como queremos,
para siempre:
Completándote en mi.
Completándome en ti.

Martina

Como buen narrador omnisciente que se dispone a contar una historia, debería empezar por describir a quien será la protagonista. Su nombre es Martina, nacida hará unos 30 años bajo el isgno de cáncer. Su hábito más desatacable es canturrear mientras cocina, actividad que odia y que sólo gracias a sus tarareos de salsa logra soportar. Le divierten, dice, las comedias románticas, pero no le hace ascos a las buenas pelis de acción. Además (decir que soy omnisciente no es gratuito) si algún día viese una película de Ozu, se enamoraría de este cineasta japonés. Martina se considera una buena chica y sus amistades comparten esta opinión. No es que sea del todo cierto, pues a lo largo del mundo también hay gente que dice odiarle. Yo, como narrador que todo lo sabe, puedo juraros que, sin ser perfecta, no es mala. Cuando ha hecho daño a alguien, ha sido por ofuscamiento, confusión, inseguridad o miedo, no por mezquindad: como todos, vamos. Martina sabe lo que es el sexo, el orgasmo y el estar cómoda con alguien como pareja, aunque aún no tiene muy claro qué es el amor. Ante sus conocidos, exhibe una visión cínica del asunto, pero abriga la secreta esperanza de que algún día conocerá a su Amor Verdadero, tal como suena, mayúsculas incluidas. Personalmente, no lo veo muy probable: de las 3024 personas adecuadas para ser su Amor Verdadero, la mayoría están en otros continentes, varios de ellos andan en la cárcel, unos cuantos son mayormente homosexuales. Los hay también que se dedican a la prostitución y los hay con otros múltiples defectos, prejuicios y dolores que impedirían a Martina empezar una relación seria con ellos, al menos tal y como están las circunstancias. No es muy probable, pues, que tenga suerte dada la drástica reducción de las cifras, ni siquiera que llegue a cruzárselos. Lo cual no quita que estaría mal por nuestra parte desilusionarle, de modo que ella abriga su callada esperanza. En la biblioteca de su barrio, a tres manzanas de donde vive y bajo el código CA-122-341-J se encuentra el libro perfecto para Martina, el que cambiaría su vida de leerlo. También hay otros 40 en distintas secciones que probablemente le harían replantearse la forma de encontrar la felicidad o entender el mundo, algunos de ellos en sentidos opuestos. El mundo está lleno de pequeñas conspiraciones de este estilo para hacer su vida más plena, cuestión de estadística, aunque de momento solo se haya topado con el sushi. Martina tiene una memoria no muy destacable, y siempre ha creído que no servía para estudiar. Trabaja de abogado, lo que junto a delineante, azafata, guia turística, bióloga molecular y teóloga budista conforma la lista de las ocupaciones en que sería más feliz. Martina no destaca en el arte de la conversación, aunque se le da bien escuchar las penas de niños, chicas adolescentes peleadas con sus amigas de toda la vida, echadoras de cartas, hombres jóvenes enamorados de una mujer madura, señoras premenopaúsicas divorciadas y otra gran cantidad de llorosos con los que es aún más difícil que se cruce. EL mundo es para Martina y, quizás, Martina es para el mundo. Martina... Bueno, no importa. Martina acaba de ser atropeyada y nos hemos quedado sin cuento.

Walt Whitman; ¡Escurríos, gotas!

¡ESCURRÍOS, GOTAS!

¡Escurríos, gotas! ¡Dejad azules mis venas!
¡Oh, gotas mías! Escurríos pausadas, gotas,
cándidas, de mi cayendo, gotead, sangrantes gotas,
de las heridas abiertas para liberaros de la que era vuestra prisión.
De mi rostro, de mi frente y mis labios,
de mi pecho, en el cual yo me ocultaba,
apresuráos hasta lo último, rojas gotas, gotas de la confesión,
colorad cada página, colorad cada canto de los que yo canto,
cada palabra de las que yo produzco, sangrientas gotas,
dejadles que conozcan vuestro fuego escarlata, que brillen,
saturadles a todos de vosotras mismas, sonrojadles y empapadles,
resplandeced sobre todo cuando he escrito o escriba, sangrantes llamas.
Dejad que todo se vea con vuestra luz, purpúreas gotas mías.

Doll face

Un pequeño corto de internet que es a la par genial, triste y bizarro. Espero que os guste.

Para siempre

Para siempre querría que estuviésemos así, para un para siempre musitado en azul. En verano para siempre, con la fruta madura, con las noches tan frescas arrojados en la hierba. Ojala pudiese ser, ojala para siempre, deseando para siempre que las manos se rocen. En un limbo, para siempre, donde no me importe el mundo, donde no importe saber si es o no que tú me quieres. Para siempre, para siempre murmurado en la luz. Dame sólo un para siempre esperando que me hables, dame un para siempre a solas escuchándote reír. Para siempre atisbando que sé que tú no me amas, para siempre, para siempre imaginar lo contrario. Descansemos para siempre charlando al pie de algún árbol, un toldo de verde y luz por encima para siempre. Despertando sin un beso que he soñado para siempre, con la sonrisa en los labios de saber que tú aún respiras. Para siempre ante tu luz, susurrando en tinta china, para siempre, para siempre un deseo que no te digo. Para siempre entrar al Cielo porque se acerquen tus pasos, toda gloria está encerrada en un desayunar contigo. Si tan sólo se pudiese seguir así para siempre, para siempre con tu voz jugueteando en mi nuca: para siempre solamente en este amor tan absurdo que tan sólo se pronuncia con la yema de los dedos. Llorando como algún ángel, con suavidad para siempre, para siempre consolarme e imaginar que me quieres. Sólo así, para siempre, tú a mi lado bajo el sol, yo conforme para siempre con un refugio a tu sombra. Finjamos así de juntos que el otoño no se acerca, que no amarillea las hojas con lentitud para siempre.

Adrian Johnston; Sebastian's summer

Os dejo por aquí una bonita (para mi gusto, al menos) canción de piano. Es de la banda sononra de "Retorno a Brideshead", interpretado por ese tal Adrian Johnston cuya existencia me era desconocida hasta hace nada. Espero que os guste:

La pobre Eloísa

Una vez más, bajo el influjo de un atracón de Virgnia Ocampo, os traigo este pequeño relato... Admitiré que lo he escrito durante una clase que era especialmente aburrida. Y casi no está corregido. No os enfadéis si es malo o, de repente, sale el término "hermeneutica", "significado" o "significante". Y acaba de ser editado un poco después para arreglar un problema de cambio de narrador en los últimos párrafos... No es que se notase demasiado, pero por ser cuidadoso ^^U

LA POBRE ELOÍSA

A Eloísa quiso contarle su muerte, pero claro, ya era tarde. Ay, Dios, cómo lamentó haberse quedado muerta sin llegar a decirle nada, sin disculparse. Ella, la pobre Eloísa que siempre había ido detrás suya. Nunca llegó a ser tan guapa, tan triste; nunca llamó tanto la atención y hasta cuando Eloísa cumplía años era de ella de quien todos estaban pendientes. Pero Eloísa, que iba para santa, la pobre, no se quejaba ni nada. Se hicieron amigas, sobre todo cuando ella empezó a sentir lástima: parecía la única que se daba cuenta de las virtudes de Eloísa. Eloísa no le echó nada en cara, sabía que no era a posta. Simplemente, se esforzaba en llegar a algo, en hacer algo por sí misma en lo que destacar.

Pero todo era inútil, claro. Si Eloísa empezaba a tocar el piano, pronto a ella le ponían a dar clases y andaban aplaudiéndole como a una futura Chopin, con Eloísa olvidada en su esfuerzo. Si vendían boletos, sólo a ella se los querían comprar; e incluso si ambas echaban una carrera y Eloísa sabía que era la más rápida, se acababa torciendo el tobillo y era ella quien ganaba. Al principio, ella pensó que no eran más que casualidades, pero lo cierto es que hubo tantas que no había manera de justificarlas.

En una ocasión, por ejemplo, Eloísa ganó un premio de la ciudad escribiendo un relato, ¡iba a salir en el periódico! Pero nada, cuando parecía que todo el mundo estaría felicitándole, ella presenció por casualidad un asesinato. Qué culpable se sintió cuando todos se volcaron en ella dejando a la pobre Eloísa sola con su premio. Eloísa quedó relegada a un párrafo en la sección de sociedad mientras ella ocupaba la portada: la gente siempre prefirió los asesinatos a una literata en ciernes.

Ella empezó a tener cargo de conciencia, no estaba bien ser siempre más importante que Eloísa. Intentó arreglarlo, dejarle espacio a aquella chica que siempre estaba la segunda. Estudiaba menos para sacar menos nota y resulta que la profesora preguntaba sólo lo que ella sabía, casualmente lo que Eloísa no podía contestar. Probaba a atarse mal los zapatos para caerse corriendo y Eloísa ganaba, sí, pero ahí estaban todos centrándose en ella y diciendo que pobre, que vaya caída, mientras miraban mal a Eloísa por haber seguido corriendo. Intentó mil tretas en la vida en común, llegó incluso a dejarse enfermar (¡la de tiempo que debió pasar en la acequia!) para tener que quedarse en casa, pero todos estaban tan preocupados que nadie tomaba en cuenta el que, sin ella, Eloísa era la primera de la clase.

Es que no había manera. Y no es que Eloísa fuese fea, o tonta o lenta o vulgar; para nada. Ni siquiera es que ella fuese mucho mejor, infinitamente mejor, tampoco. Más bien era una serie de malas suertes, como si el universo conspirase para que Eloísa jamás destacase, para que ella quedase siempre por encima. Intentó apartarse, recogerse, se esforzó en ser más callada y aún así el Destino se encargaba de que dijese justo la palabra que todos comentarían el resto de la noche. Si elegía un mal vestido, todos hablaban de lo rompedor de su idea y el perfecto traje a la moda de Eloísa pasaba desapercibido. No parecía haber solución.

Eloísa le confesó un cambio de planes que le pareció muy ingenioso, la forma perfecta de que llamase la atención. Con su bendición, Eloísa empezó a comprar en los recados la comida más cara, a perder el dinero, a esconderlo hasta que su familia empezó a pasar dificultades. Parecía que todos sentirían lástima por ella, pero ni por esas. La familia de Eloísa ganó la lotería mientras que la suya, por unos malos negocios de su padre, se hundía. Y ya estaban todos cuidándole a ella porque era la pobrecita, porque qué mala suerte que habían tenido sus padres. E igual con todo. Incluso cuando Eloísa se besó con un par de muchachos delante de la gente, cuando quedó embarazada, nadie le hizo caso: aquel día le habían violado y ya estaban todos con el pobrecita, con el qué horror, ajenos al desesperado esfuerzo de Eloísa por escandalizarles.

Parecía, ilusas de ellas, que Eloísa reclamaría la atención de todos cuando enfermó. No se cuidó lo suficiente: sabía que si moría, al fin estarían todos pensando en la pobre Eloísa. Hoy mismo fue a visitarle, ya le quedaba poco. Sonreía tanto y estaba tan contenta, al borde de morirse, que todos la tomaban por una santa, pobrecita, y pensaban que era un ejemplo a seguir en estas circunstancias. Se cojieron la mano, se despidió con un beso y les brillaban los ojos no por lágrimas sino por emoción. Al fin iban a conseguirlo.

Pero ni por esas. Fue saliendo que le tomó un loco con una pistola, que se encerró en el banco, que intentó matar al alcalde con ella de rehén y que ha acabado disparándole en la cabeza mucho antes de que Eloísa exhale su último suspiro y garantizándole, de rebote, más importancia que la sutil, callada y santa muerte de su pobre amiga.

Virgnia Ocampo; Fragmento de "Algo inolvidable"

-No es de lana el mío, es de seda. Soy tejedora, aunque no teja con aguja ni seda. Vendo mis tejidos.Cuanto menos valen, mejor me los pagan. ¿Sabe lo que hago, en qué paso mi tiempo= En qué no gano mi vida. En escribir. Ya nadie lee.

-¿Para quién escribe entonces, para los fantasmas?

-Para los que leerán. La censura ha prohibido escribir obras de ficción. Yo me rebelé al principio. Ahora estoy de acuerdo. Nada he detestado más que la censura, porque la censura es criminal cuando los que censuran no tienen inteligencia ni discernimiento. Ahora estoy de acuerdo porque estoy de acuerdo con cualquier disparate, ya que todo está fuera de su sitio. Uno no protesta más uno se resigna. La falta de lectores crece junto con los que no escriben sino disparates y protestan por el tedio que proporcionan estos nuevos lobros inspirados sólo en la realidad. Alguna vez esperé que alguien me sacara del abismo de inercia en que había caído. Al demostrar que la realidad puede ser fantástica, desperté el odio de los que se han dedicado a las obras de ficción. Revéleme esta nueva realidad. Sálveme, ya que no vino más tarde.

Se arrodilló a mis pies.

-Se la revelaré -me dijo-. Pero no podré ver los resultados. Míreme. ¿Ve amor en mis ojos? Podría matarme a mí mismo sin arma, sin veneno, sin una soga, sin gas para probarle que la amo. Nunca pronuncié el verbo amar, siempre usé el querer, ¿no me cree?

-No le creo -contesté casi arrepentida.

Se acostó en el suelo, retuvo su respiración hasta el último suspiro.

Ahora soy víctima de un crímen que no he cometido. Pronto estará mi libro en todas las librerías."

Manuel Machado; "Chouette"

Este pequeño poema de Manuel Machado pertenece a El mal poema, cuando el poeta estuvo en París y se dedicó a ser bohemio y probablemente, vanguardista. El nombre del poema ("mochuelo") viene de la idea de ser un ave de vida nocturna, algo así como la prostituta de la que trata el poema. No sé por qué, pero me encanta:


CHOUETTE

En cualquier parte hay un espejo, un poco
de agua clara y un peine. Y si la nena
es bonita, ¡ya está! La noche pasa,
y el nuevo día llega.
Y no se te conoce
la batalla de amor ni a ti ni a ella.

Y luego son dos vidas
separadas, ajenas,
dos mundos. Tú, al trabajo
cotidiano, a la eterna
lucha,pequeña o grande, cosas de hombre
archisabidas... Ella

a dormir y a esperar la noche.
Y viene
la noche, y la despierta.

José Ángel Valente

Aquí os dejo un pequeño poemilla de José Ángel Valente que me ha gustado. No he conseguido encontrar su título, pero está en el libro Material memoria, que publicó en 1979. Espero que os agrade:



"Y cómo, preguntaron, cómo
escribir después de Auschwitz.

Y después de Auschwitz
Y después de Hiroshima, cómo no escribir.

¿No habría que escribir precisamente
después de Auschwitz o después
de Hiroshima, si ya fuésemos dioses
de un tiempo roto, en el después
para que al fin se torne
en nunca y nadie pueda
hacer morir aún más a los muertos? "

Ojalá, Silvio Rodríguez



Ojalá
(Silvio Rodríguez)

Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan
para que no las puedas convertir en cristal.
Ojalá que la lluvia deje de ser milagro que baja por tu cuerpo.
Ojalá que la luna pueda salir sin ti.
Ojalá que la tierra no te bese los pasos.

Ojalá se te acabe la mirada constante,
la palabra precisa, la sonrisa perfecta.
Ojalá pase algo que te borre de pronto:
una luz cegadora, un disparo de nieve,
ojalá por lo menos que me lleve la muerte,
para no verte tanto, para no verte siempre
en todos los segundos, en todas las visiones:
ojalá que no pueda tocarte ni en canciones.

Ojalá que la aurora no dé gritos que caigan en mi espalda.
Ojalá que tu nombre se le olvide a esa voz.
Ojalá las paredes no retengan tu ruido de camino cansado.
Ojalá que el deseo se vaya tras de ti,
a tu viejo gobierno de difuntos y flores.


(1969)

Hace poco volví a escucharla después de mucho tiempo y ahora no la puedo sacar de mi mente.

Fragmentos de "La mujer del pintor"

No hace mucho escribí un relato (un tanto largo) producido más que nada por una intoxicación de Virginia Ocampo y sus relatos folletinescos que acababan convertidos en sórdidas historias de asesinato, narrado todo con una dulzura bastante curiosa. Prefiero no colgarlo entero por una mera cuestión de espacio.

No es una historia demasiado elaborada: joven de buena familia se enamora de un pintor y se fuga con él; el pintor le abandona y le deja a su suerte. Ya viejo, vuelve al hogar pidiendo perdón, pero, ay, ella no le cree o no sabe qué decir. Esa noche, le arranca los ojos. Sí, lo sé, no suena prometedor, contado, os lo aseguro, gana bastante. No sé siquiera si los fragmentos lucirán mucho... Pero en fin, para el deleite de los que se deleiten leyéndolo, aquí dejo algunos párrafos:


"Visto lo que pasó después, parece que era ella quien tenía la razón. Ahora duele bastante recordar como mamá me aconsejó que no fuese idiota, que me casase con Felipe, que tenía un futuro prometedor en el Banco Nacional. Y ojalá sólo recordase eso. Es curioso que ahora, tal y como está mi vida, así, esperando un veredicto a mis actos, un carpetazo que acabe con todo, recuerde tantas cosas. Todas se entrelazan como un folletín, una va dándole vueltas y vueltas a los recuerdos y al final la mitad de lo que recuerda lo está inventando para que quede más bonito. Tampoco importa, seguiré: recuerdo muchas cosas."



"Recuerdo también otras cosas. El chocolate de algunos domingos que siguieron, un gato que se apropió de nuestro jardín durante todo septiembre, las voces de las doncellas nuevas que contrató mi madre, el arrullo de mi abuelo conforme fue perdiendo la cabeza o los crujidos de la silla donde me sentaban a aprender costura; pero ninguna de estas cosas, creo yo, explica cómo acabé casada con Ernesto. Lo que sí lo explica, y sólo en parte, es el retrato de la familia que quisieron hacer mis padres."



"Pero también yo puedo ser persuasiva, al menos a veces. Tras mucho hablarle a mi madre del Arte y cómo este eleva el alma o de que podía ir con algún familiar que se asegurase de la intachable conducta de Ernesto, accedió. Ya se encargaría, tras ver como desembocaron las cosas, de maldecir el momento en que cedió a mi insistencia. La tía Angustias, que hacía parecer a mi madre una descocada, fue finalmente quien me acompañó a posar para Ernesto.

Recuerdo que empecé a volver en primavera, aunque puede que sólo quiera recordarlo así para hablar de los pajarillos cantando, el sol y las flores. Una siempre tiene algo de niña, y aún hoy, para colocar una historia de amor, me parece la época más adecuada. Sería, pues, primavera, y habría un sol brillando sobre mi juventud. Recuerdo lo guapa que estuve aquella primavera, suponiendo que lo fuese. Las mujeres, creo yo, nunca estamos tan hermosas como al comienzo de un amor."




"Algo después, viéndolo en perspectiva, llegué a la conclusión de que distintas personas aman con distintos sentidos. Los hay que aman a fuerza de olfato y necesitan enterrarse el olor de quien quieren para poder seguir durmiendo. Los hay que funcionan a base de tacto, de caricias y de roces más o menos secretos, o los que se satisfacen con que su pareja les sepa cocinar en condiciones. Yo amaba con el oído; él, con los ojos. Como a mi me llenaba el amor con que me tirase piropos e insistiese en cuánto me quería, a él le bastaba verme arreglada y linda, con más o menos luz, más o menos ropa, para quererme. Y por supuesto, todos los sentidos engañan; y ni una imagen dura para siempre ni una palabra, por pronunciarse, tiene que ser verdad. Pero eso lo pienso ahora, que estoy madura, desengañada y probablemente loca, así que quizás no cuente."




"Lo que sigue lo recuerdo como un sueño. Le recuerdo roncando, de nuevo unos ronquidos que ya no reconocía. Recuerdo que me levanté, su sueño seguía siendo profundo. Bajé, lenta, a lo que quedaba de su estudio de pintura. Casi, casi no olía ya a aguarrás, pero los cachibaches quedaban. La luna se colaba por una claravoya e iluminaba todo, susurraba que tenía que hacer. Él decía amarme, y yo, por el oído, le amaba. Pero de nuevo, sólo lo decía, de nuevo, él amaba por los ojos. Y mientras tuviese ojos, recuerdo que pensé, a quienes amaría sería a otras más bonitas. Recuerdo que todo fue suave: buscar algunos pinceles, con su mango de madera. Cojerlos, subir de nuevo a paso lento. Fue tan suave, lo recuerdo, como un sueño: colocarme sobre él en la cama, despertarle con mi peso, mirarle a los ojos, arrancárselos, sin suavidad, con los pinceles. "

Los ojos; Manuel Machado

LOS OJOS

I

Cuando murió su amada
pensó en hacerse viejo
en la mansión cerrada,
solo, con su memoria y el espejo
donde ella se miraba un claro día.
Como el oro en el arca del avaro,
pensó que no guardaría
todo un ayer en el espejo claro.
Ya el tiempo para él no correría.

II

Mas, pasado el primer aniversario,
¿Cómo eran —preguntó—, pardos o negros,
sus ojos? ¿Glaucos?... ¿Grises?
¿Cómo eran, ¡Santo Dios!, que no recuerdo?...

III

Salió a la calle un día
de primavera, y paseó en silencio
su doble luto, el corazón cerrado...
De una ventana en el sombrío hueco
vio unos ojos brillar. Bajó los suyos
y siguió su camino... ¡Como ésos!

El espejo y la máscara; Jorge Luís Borges

Librada la batalla de Clontarf, en la que fue humillado el noruego, el Alto Rey habló con el poeta y le dijo:

—Las proezas más claras pierden su lustre si no se las amoneda en palabras. Quiero que cantes mi victoria y mi loa. Yo seré Eneas; tú serás mi Virgilio. ¿Te crees capaz de acometer esa empresa, que nos hará inmortales a los dos?

—Sí, Rey —dijo el poeta—. Yo soy el Ollan. Durante doce inviernos he cursado las disciplinas de la métrica. Sé de memoria las trescientas sesenta fábulas que son la base de la verdadera poesía. Los ciclos de Ulster y de Munster están en las cuerdas de mi arpa. Las leyes me autorizan a prodigar las voces más arcaicas del idioma y las más complejas metáforas. Domino la escritura secreta que defiende nuestro arte del indiscreto examen del vulgo. Puedo celebrar los amores, los abigeatos, las navegaciones, las guerras. Conozco los linajes mitológicos de todas las casas reales de Irlanda. Poseo las virtudes de las hierbas, la astrología judiciaria, las matemáticas y el derecho canónico. He derrotado en público certamen a mis rivales. Me he adiestrado en la sátira, que causa enfermedades de la piel, incluso la lepra. Sé manejar la espada, como lo probé en tu batalla. Sólo una cosa ignoro: la de agradecer el don que me haces.

El Rey, a quien lo fatigaban fácilmente los discursos largos y ajenos, le dijo con alivio:

—Sé harto bien esas cosas. Acaban de decirme que el ruiseñor ya cantó en Inglaterra. Cuando pasen las lluvias y las nieves, cuando regrese el ruiseñor de sus tierras del Sur, recitarás tu loa ante la corte y ante el Colegio de Poetas. Te dejo un año entero. Limarás cada letra y cada palabra. La recompensa, ya lo sabes, no será indigna de mi real costumbre ni de tus inspiradas vigilias.

—Rey, la mejor recompensa es ver tu rostro —dijo el poeta, que era también un cortesano.

Hizo sus reverencias y se fue, ya entreviendo algún verso.

Cumplido el plazo, que fue de epidemias y rebeliones, presentó el panegírico. Lo declamó con lenta seguridad, sin una ojeada al manuscrito. El Rey lo iba aprobando con la cabeza. Todos imitaban su gesto, hasta los que agolpados en las puertas, no descifraban una palabra. Al fin el Rey habló.

—Acepto tu labor. Es otra victoria. Has atribuido a cada vocablo su genuina acepción ya cada nombre sustantivo el epíteto que le dieron los primeros poetas. No hay en toda la loa una sola imagen que no hayan usado los clásicos. La guerra es el hermoso tejido de hombres y el agua de la espada es la sangre. El mar tiene su dios y las nubes predicen el porvenir. Has manejado con destreza la rima, la aliteración, la asonancia, las cantidades, los artificios de la docta retórica, la sabia alteración de los metros. Si se perdiera toda la literatura de Irlanda —omen absit— podría reconstruirse sin pérdida con tu clásica oda. Treinta escribas la van a transcribir dos veces.

Hubo un silencio y prosiguió.

—Todo está bien y sin embargo nada ha pasado. En los pulsos no corre más a prisa la sangre. Las manos no han buscado los arcos. Nadie ha palidecido. Nadie profirió un grito de batalla, nadie opuso el pecho a los vikings. Dentro del término de un año aplaudiremos otra loa, poeta. Como signo de nuestra aprobación, toma este espejo que es de plata.

—Doy gracias y comprendo —dijo el poeta. Las estrellas del cielo retornaron su claro derrotero. Otra vez cantó el ruiseñor en las selvas sajonas y el poeta retornó, con su códice, menos largo que el anterior. No lo repitió de memoria; lo leyó con visible inseguridad, omitiendo ciertos pasajes, como si él mismo no los entendiera del todo o no quisiera profanarlos. La página era extraña. No era una descripción de la batalla, era la batalla. En su desorden bélico se agitaban el Dios que es Tres y es Uno, los númenes paganos de Irlanda y los que guerrearían, centenares de años después, en el principio de la Edda Mayor. La forma no era menos curiosa. Un sustantivo singular podía regir un verbo plural. Las preposiciones eran ajenas a las normas comunes. La aspereza alternaba con la dulzura. Las metáforas eran arbitrarias o así lo parecían.

El Rey cambió unas pocas palabras con los hombres de letras que lo rodeaban y habló de esta manera:

—De tu primera loa pude afirmar que era un feliz resumen de cuanto se ha cantado en Irlanda. Ésta supera todo lo anterior y también lo aniquila. Suspende, maravilla y deslumbra. No la merecerán los ignaros, pero sí los doctos, los menos. Un cofre de marfil será la custodia del único ejemplar. De la pluma que ha producido obra tan eminente podemos esperar todavía una obra más alta.

Agregó con una sonrisa:

—Somos figuras de una fábula y es justo recordar que en las fábulas prima el número tres.

El poeta se atrevió a murmurar:

—Los tres dones del hechicero, las tríadas y la indudable Trinidad.

El Rey prosiguió:

—Como prenda de nuestra aprobación, toma esta máscara de oro.

—Doy gracias y he entendido —dijo el poeta. El aniversario volvió. Los centinelas del palacio advirtieron que el poeta no traía un manuscrito. No sin estupor el Rey lo miró; casi era otro. Algo, que no era el tiempo, había surcado y transformado sus rasgos. Los ojos parecían mirar muy lejos o haber quedado ciegos. El poeta le rogó que hablara unas palabras con él. Los esclavos despejaron la cámara.

—¿No has ejecutado la oda? —preguntó el Rey; —Sí —dijo tristemente el poeta—. Ojalá Cristo Nuestro Señor me lo hubiera prohibido.

—¿Puedes repetirla?; —No me atrevo.

—Yo te doy el valor que te hace falta —declaró el Rey.

El poeta dijo el poema. Era una sola línea. Sin animarse a pronunciarla en voz alta, el poeta y su Rey la paladearon, como si fuera una plegaria secreta o una blasfemia. El Rey no estaba menos maravillado y menos maltrecho que el otro. Ambos se miraron, muy pálidos.

—En los años de mi juventud —dijo el Rey— navegué hacia el ocaso. En una isla vi lebreles de plata que daban muerte a jabalíes de oro. En otra nos alimentamos con la fragancia de las manzanas mágicas. En otra vi murallas de fuego. En la más lejana de todas un río abovedado y pendiente surcaba el cielo y por sus aguas iban peces y barcos. Éstas son maravillas, pero no se comparan con tu poema, que de algún modo las encierra. ¿Qué hechicería te lo dio?

—En el alba —dijo el poeta— me recordé diciendo unas palabras que al principio no comprendí. Esas palabras son un poema. Sentí que había cometido un pecado, quizá el que no perdona el Espíritu.

—El que ahora compartimos los dos —el Rey musitó—. El de haber conocido la Belleza, que es un don vedado a los hombres. Ahora nos toca expiarlo. Te di un espejo y una máscara de oro; he aquí el tercer regalo que será el último.

Le puso en la diestra una daga. Del poeta sabemos que se dio muerte al salir del palacio; del Rey, que es un mendigo que recorre los caminos de Irlanda, que fue su reino, y que no ha repetido nunca el poema.

William Butler Yeats

William Butler Yeats es un autor irlandés no es muy conocido. Se trataba de un poeta un tanto raro (entre otras cosas, perteneció a la Orden del Amanecer Dorado, un grupo ocultista) y de un gran artista. Aquí os dejo con uno de sus poemas que más me gustan: When you're old. La traducción es mía, así que os suplico piedad por si es atronadoramente mala...





WHEN YOU ARE OLD


When you are old and grey and full of sleep,
And nodding by the fire, take down this book,
And slowly read, and dream of the soft look
Your eyes had once, and of their shadows deep;

How many loved your moments of glad grace
And loved your beauty with love false or true,
But one man loved the pilgrim soul in you,
And loved the sorrows of your changing face;

And bending down beside the glowing bars,
Murmur, a little sadly, how Love fled
And paced upon the mountains overhead
And hid his face amid a crowd of stars.



CUANDO SEAS ANCIANA

Cuando seas anciana y gris y llena de sueño
Y cabeceando junto al fuego, bajes este libro,
Y lentamente leas, y sueñes con la mirada compasiva
Que una vez tuvieron tus ojos, y con la profundidad de sus sombras;

Cuantos te amaron en tus momentos de alegre gracia
Y amaron tu belleza con amor falso o verdadero,
Pero un hombre amó el alma peregrina en ti,
Y amó los dolores de tu rostro cambiante;

E inclinándote junto a la reja encendida
Murmura, un poco triste, como el Amor huyó
Y se paseó sobre las montañas elevadas
Y escondió su rostro entre una muchedumbre de estrellas.