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El espejo y la máscara; Jorge Luís Borges

Librada la batalla de Clontarf, en la que fue humillado el noruego, el Alto Rey habló con el poeta y le dijo:

—Las proezas más claras pierden su lustre si no se las amoneda en palabras. Quiero que cantes mi victoria y mi loa. Yo seré Eneas; tú serás mi Virgilio. ¿Te crees capaz de acometer esa empresa, que nos hará inmortales a los dos?

—Sí, Rey —dijo el poeta—. Yo soy el Ollan. Durante doce inviernos he cursado las disciplinas de la métrica. Sé de memoria las trescientas sesenta fábulas que son la base de la verdadera poesía. Los ciclos de Ulster y de Munster están en las cuerdas de mi arpa. Las leyes me autorizan a prodigar las voces más arcaicas del idioma y las más complejas metáforas. Domino la escritura secreta que defiende nuestro arte del indiscreto examen del vulgo. Puedo celebrar los amores, los abigeatos, las navegaciones, las guerras. Conozco los linajes mitológicos de todas las casas reales de Irlanda. Poseo las virtudes de las hierbas, la astrología judiciaria, las matemáticas y el derecho canónico. He derrotado en público certamen a mis rivales. Me he adiestrado en la sátira, que causa enfermedades de la piel, incluso la lepra. Sé manejar la espada, como lo probé en tu batalla. Sólo una cosa ignoro: la de agradecer el don que me haces.

El Rey, a quien lo fatigaban fácilmente los discursos largos y ajenos, le dijo con alivio:

—Sé harto bien esas cosas. Acaban de decirme que el ruiseñor ya cantó en Inglaterra. Cuando pasen las lluvias y las nieves, cuando regrese el ruiseñor de sus tierras del Sur, recitarás tu loa ante la corte y ante el Colegio de Poetas. Te dejo un año entero. Limarás cada letra y cada palabra. La recompensa, ya lo sabes, no será indigna de mi real costumbre ni de tus inspiradas vigilias.

—Rey, la mejor recompensa es ver tu rostro —dijo el poeta, que era también un cortesano.

Hizo sus reverencias y se fue, ya entreviendo algún verso.

Cumplido el plazo, que fue de epidemias y rebeliones, presentó el panegírico. Lo declamó con lenta seguridad, sin una ojeada al manuscrito. El Rey lo iba aprobando con la cabeza. Todos imitaban su gesto, hasta los que agolpados en las puertas, no descifraban una palabra. Al fin el Rey habló.

—Acepto tu labor. Es otra victoria. Has atribuido a cada vocablo su genuina acepción ya cada nombre sustantivo el epíteto que le dieron los primeros poetas. No hay en toda la loa una sola imagen que no hayan usado los clásicos. La guerra es el hermoso tejido de hombres y el agua de la espada es la sangre. El mar tiene su dios y las nubes predicen el porvenir. Has manejado con destreza la rima, la aliteración, la asonancia, las cantidades, los artificios de la docta retórica, la sabia alteración de los metros. Si se perdiera toda la literatura de Irlanda —omen absit— podría reconstruirse sin pérdida con tu clásica oda. Treinta escribas la van a transcribir dos veces.

Hubo un silencio y prosiguió.

—Todo está bien y sin embargo nada ha pasado. En los pulsos no corre más a prisa la sangre. Las manos no han buscado los arcos. Nadie ha palidecido. Nadie profirió un grito de batalla, nadie opuso el pecho a los vikings. Dentro del término de un año aplaudiremos otra loa, poeta. Como signo de nuestra aprobación, toma este espejo que es de plata.

—Doy gracias y comprendo —dijo el poeta. Las estrellas del cielo retornaron su claro derrotero. Otra vez cantó el ruiseñor en las selvas sajonas y el poeta retornó, con su códice, menos largo que el anterior. No lo repitió de memoria; lo leyó con visible inseguridad, omitiendo ciertos pasajes, como si él mismo no los entendiera del todo o no quisiera profanarlos. La página era extraña. No era una descripción de la batalla, era la batalla. En su desorden bélico se agitaban el Dios que es Tres y es Uno, los númenes paganos de Irlanda y los que guerrearían, centenares de años después, en el principio de la Edda Mayor. La forma no era menos curiosa. Un sustantivo singular podía regir un verbo plural. Las preposiciones eran ajenas a las normas comunes. La aspereza alternaba con la dulzura. Las metáforas eran arbitrarias o así lo parecían.

El Rey cambió unas pocas palabras con los hombres de letras que lo rodeaban y habló de esta manera:

—De tu primera loa pude afirmar que era un feliz resumen de cuanto se ha cantado en Irlanda. Ésta supera todo lo anterior y también lo aniquila. Suspende, maravilla y deslumbra. No la merecerán los ignaros, pero sí los doctos, los menos. Un cofre de marfil será la custodia del único ejemplar. De la pluma que ha producido obra tan eminente podemos esperar todavía una obra más alta.

Agregó con una sonrisa:

—Somos figuras de una fábula y es justo recordar que en las fábulas prima el número tres.

El poeta se atrevió a murmurar:

—Los tres dones del hechicero, las tríadas y la indudable Trinidad.

El Rey prosiguió:

—Como prenda de nuestra aprobación, toma esta máscara de oro.

—Doy gracias y he entendido —dijo el poeta. El aniversario volvió. Los centinelas del palacio advirtieron que el poeta no traía un manuscrito. No sin estupor el Rey lo miró; casi era otro. Algo, que no era el tiempo, había surcado y transformado sus rasgos. Los ojos parecían mirar muy lejos o haber quedado ciegos. El poeta le rogó que hablara unas palabras con él. Los esclavos despejaron la cámara.

—¿No has ejecutado la oda? —preguntó el Rey; —Sí —dijo tristemente el poeta—. Ojalá Cristo Nuestro Señor me lo hubiera prohibido.

—¿Puedes repetirla?; —No me atrevo.

—Yo te doy el valor que te hace falta —declaró el Rey.

El poeta dijo el poema. Era una sola línea. Sin animarse a pronunciarla en voz alta, el poeta y su Rey la paladearon, como si fuera una plegaria secreta o una blasfemia. El Rey no estaba menos maravillado y menos maltrecho que el otro. Ambos se miraron, muy pálidos.

—En los años de mi juventud —dijo el Rey— navegué hacia el ocaso. En una isla vi lebreles de plata que daban muerte a jabalíes de oro. En otra nos alimentamos con la fragancia de las manzanas mágicas. En otra vi murallas de fuego. En la más lejana de todas un río abovedado y pendiente surcaba el cielo y por sus aguas iban peces y barcos. Éstas son maravillas, pero no se comparan con tu poema, que de algún modo las encierra. ¿Qué hechicería te lo dio?

—En el alba —dijo el poeta— me recordé diciendo unas palabras que al principio no comprendí. Esas palabras son un poema. Sentí que había cometido un pecado, quizá el que no perdona el Espíritu.

—El que ahora compartimos los dos —el Rey musitó—. El de haber conocido la Belleza, que es un don vedado a los hombres. Ahora nos toca expiarlo. Te di un espejo y una máscara de oro; he aquí el tercer regalo que será el último.

Le puso en la diestra una daga. Del poeta sabemos que se dio muerte al salir del palacio; del Rey, que es un mendigo que recorre los caminos de Irlanda, que fue su reino, y que no ha repetido nunca el poema.

William Butler Yeats

William Butler Yeats es un autor irlandés no es muy conocido. Se trataba de un poeta un tanto raro (entre otras cosas, perteneció a la Orden del Amanecer Dorado, un grupo ocultista) y de un gran artista. Aquí os dejo con uno de sus poemas que más me gustan: When you're old. La traducción es mía, así que os suplico piedad por si es atronadoramente mala...





WHEN YOU ARE OLD


When you are old and grey and full of sleep,
And nodding by the fire, take down this book,
And slowly read, and dream of the soft look
Your eyes had once, and of their shadows deep;

How many loved your moments of glad grace
And loved your beauty with love false or true,
But one man loved the pilgrim soul in you,
And loved the sorrows of your changing face;

And bending down beside the glowing bars,
Murmur, a little sadly, how Love fled
And paced upon the mountains overhead
And hid his face amid a crowd of stars.



CUANDO SEAS ANCIANA

Cuando seas anciana y gris y llena de sueño
Y cabeceando junto al fuego, bajes este libro,
Y lentamente leas, y sueñes con la mirada compasiva
Que una vez tuvieron tus ojos, y con la profundidad de sus sombras;

Cuantos te amaron en tus momentos de alegre gracia
Y amaron tu belleza con amor falso o verdadero,
Pero un hombre amó el alma peregrina en ti,
Y amó los dolores de tu rostro cambiante;

E inclinándote junto a la reja encendida
Murmura, un poco triste, como el Amor huyó
Y se paseó sobre las montañas elevadas
Y escondió su rostro entre una muchedumbre de estrellas.

París, Berlín

Para más información: www.myspace.com/polackgranada.

Informe del cielo y del infierno; Silvina Ocampo

A ejemplo de las grandes casa de remate, el Cielo y el Infierno contienen en sus galerías hacinamientos de objetos que no asombrarán a nadie, porque son los que hay en las casas del mundo. Pero no es bastante claro hablar sólo de objetos: en esas galerías también hay ciudades, pueblos, jardines, montañas, valles, soles, lunas, vientos, mares, estrellas, reflejos, temperaturas, sabores, perfumes, sonidos, pues toda suerte de sensaciones y de espectáculos nos depara la eternidad.

Si el viento ruge, para ti, como un tigre y la paloma angelical tiene, al mirar, ojos de hiena, si el hombre acicalado que cruza por la calle, está vestido de andrajos lascivos; si la rosa con títulos honoríficos, que te regalan, es un trapo desteñido y menos interesante que un gorrión; si la cara de tu mujer es un leño descascarado y furioso: tus ojos y no Dios, los creó así.

Cuando mueras, los demonios y los ángeles, que son parejamente ávidos, sabiendo que estás adormecido, un poco en este mundo y un poco en cualquier otro, llegarán disfrazados a tu lecho y, acariciando tu cabeza, te darán a elegir las cosas que preferiste a lo largo de tu vida. En una suerte de muestrario, al principio, te enseñarán las cosas elementales. Si te enseñan el sol, la luna o las estrellas, los verás en una esfera de cristal pintada, y creerás que esa esfera de cristal es el mundo; si te muestran el mar o las montañas, los verás en una piedra y creerás que esa piedra es el mar y las montañas; si te muestran un caballo, será una miniatura, pero creerás que ese caballo es un verdadero caballo. Los ángeles y los demonios distraerán tu ánimo con retratos de flores, de frutas abrillantadas y de bombones; haciéndote creer que eres todavía niño, te sentarán en una silla de manos, llamada también silla de reina o sillita de oro, y de ese modo te llevarán, con las manos entrelazadas, por aquellos corredores al centro de tu vida, donde moran tus preferencias. Ten cuidado. Si eliges más cosas del Infierno que del Cielo, irás tal vez al Cielo; de lo contrario, si eliges más cosas del Cielo que del Infierno, corres el riesgo de ir al Infierno, pues tu amor a las cosas celestiales denotará mera concupiscencia.

Las leyes del Cielo y del Infierno son versátiles. Que vayas a un lugar o a otro depende de un ínfimo detalle. Conozco personas que por una llave rota o una jaula de mimbre fueron al Infierno y otras que por un papel de diario o una taza de leche, al Cielo.

Canción otoñal; de Federico García Lorca

Bueno, este fin de semana he tomado una intoxicación de Lorca leyéndome sus obras completas (bien, si, no me ha dado para leer Impresiones y Paisajes, uno tiene sus límites). Como es lógico, me dispongo ahora a poner a vuestro alcance un poema bastante bonito y de los menos conocidos del autor granadino. Para mi gusto, es de los pocos poemas buenos de su primer libro de poesía... Pero en fin, tendría unos 18-20 años cuando lo escribió, no podemos culparle. Aunque barroquillo y demás, creo que esta Canción otoñal tiene mucho encanto:




Hoy siento en el corazón
un vago temblor de estrellas,
pero mi senda se pierde
en el alma de la niebla.
La luz me troncha las alas
y el dolor de mi tristeza
va mojando los recuerdos
en la fuente de la idea.

Todas las rosas son blancas,
tan blancas como mi pena,
y no son las rosas blancas,
que ha nevado sobre ellas.
Antes tuvieron el iris.
También sobre el alma nieva.
La nieve del alma tiene
copos de besos y escenas
que se hundieron en la sombra
o en la luz del que las piensa.

La nieve cae de las rosas,
pero la del alma queda,
y la garra de los años
hace un sudario con ellas.

¿Se deshelará la nieve
cuando la muerte nos lleva?
¿O después habrá otra nieve
y otras rosas más perfectas?
¿Será la paz con nosotros
como Cristo nos enseña?
¿O nunca será posible
la solución del problema?

¿Y si el amor nos engaña?
¿Quién la vida nos alienta
si el crepúsculo nos hunde
en la verdadera ciencia
del Bien que quizá no exista,
y del Mal que late cerca?

¿Si la esperanza se apaga
y la Babel se comienza,
qué antorcha iluminará
los caminos en la Tierra?

¿Si el azul es un ensueño,
qué será de la inocencia?
¿Qué será del corazón
si el Amor no tiene flechas?

¿Y si la muerte es la muerte,
qué será de los poetas
y de las cosas dormidas
que ya nadie las recuerda?
¡Oh sol de las esperanzas!
¡Agua clara! ¡Luna nueva!
¡Corazones de los niños!
¡Almas rudas de las piedras!
Hoy siento en el corazón
un vago temblor de estrellas
y todas las rosas son
tan blancas como mi pena.

El Cuervo, Allan Poe



Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es —dije musitando— un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.”

¡Ah! aquel lúcido recuerdo
de un gélido diciembre;
espectros de brasas moribundas
reflejadas en el suelo;
angustia del deseo del nuevo día;
en vano encareciendo a mis libros
dieran tregua a mi dolor.
Dolor por la pérdida de Leonora, la única,
virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.
Aquí ya sin nombre, para siempre.

Y el crujir triste, vago, escalofriante
de la seda de las cortinas rojas
llenábame de fantásticos terrores
jamás antes sentidos. Y ahora aquí, en pie,
acallando el latido de mi corazón,
vuelvo a repetir:
“Es un visitante a la puerta de mi cuarto
queriendo entrar. Algún visitante
que a deshora a mi cuarto quiere entrar.
Eso es todo, y nada más.”

Ahora, mi ánimo cobraba bríos,
y ya sin titubeos:
“Señor —dije— o señora, en verdad vuestro perdón
imploro,
mas el caso es que, adormilado
cuando vinisteis a tocar quedamente,
tan quedo vinisteis a llamar,
a llamar a la puerta de mi cuarto,
que apenas pude creer que os oía.”
Y entonces abrí de par en par la puerta:
Oscuridad, y nada más.

Escrutando hondo en aquella negrura
permanecí largo rato, atónito, temeroso,
dudando, soñando sueños que ningún mortal
se haya atrevido jamás a soñar.
Mas en el silencio insondable la quietud callaba,
y la única palabra ahí proferida
era el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?”
Lo pronuncié en un susurro, y el eco
lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!”
Apenas esto fue, y nada más.

Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,
toda mi alma abrasándose dentro de mí,
no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
“Ciertamente —me dije—, ciertamente
algo sucede en la reja de mi ventana.
Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,
y así penetrar pueda en el misterio.
Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,
y así penetrar pueda en el misterio.”
¡Es el viento, y nada más!

De un golpe abrí la puerta,
y con suave batir de alas, entró
un majestuoso cuervo
de los santos días idos.
Sin asomos de reverencia,
ni un instante quedo;
y con aires de gran señor o de gran dama
fue a posarse en el busto de Palas,
sobre el dintel de mi puerta.
Posado, inmóvil, y nada más.

Entonces, este pájaro de ébano
cambió mis tristes fantasías en una sonrisa
con el grave y severo decoro
del aspecto de que se revestía.
“Aun con tu cresta cercenada y mocha —le dije—,
no serás un cobarde,
hórrido cuervo vetusto y amenazador.
Evadido de la ribera nocturna.
¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado
pudiera hablar tan claramente;
aunque poco significaba su respuesta.
Poco pertinente era. Pues no podemos
sino concordar en que ningún ser humano
ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro
posado sobre el dintel de su puerta,
pájaro o bestia, posado en el busto esculpido
de Palas en el dintel de su puerta
con semejante nombre: “Nunca más.”

Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto.
las palabras pronunció, como virtiendo
su alma sólo en esas palabras.
Nada más dijo entonces;
no movió ni una pluma.
Y entonces yo me dije, apenas murmurando:
“Otros amigos se han ido antes;
mañana él también me dejará,
como me abandonaron mis esperanzas.”
Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más.”

Sobrecogido al romper el silencio
tan idóneas palabras,
“sin duda —pensé—, sin duda lo que dice
es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido
de un amo infortunado a quien desastre impío
persiguió, acosó sin dar tregua
hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,
hasta que las endechas de su esperanza
llevaron sólo esa carga melancólica
de ‘Nunca, nunca más’.”

Mas el Cuervo arrancó todavía
de mis tristes fantasías una sonrisa;
acerqué un mullido asiento
frente al pájaro, el busto y la puerta;
y entonces, hundiéndome en el terciopelo,
empecé a enlazar una fantasía con otra,
pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño,
lo que este torvo, desgarbado, hórrido,
flaco y ominoso pájaro de antaño
quería decir granzando: “Nunca más.”

En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,
frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos,
quemaban hasta el fondo de mi pecho.
Esto y más, sentado, adivinaba,
con la cabeza reclinada
en el aterciopelado forro del cojín
acariciado por la luz de la lámpara;
en el forro de terciopelo violeta
acariciado por la luz de la lámpara
¡que ella no oprimiría, ¡ay!, nunca más!

Entonces me pareció que el aire
se tornaba más denso, perfumado
por invisible incensario mecido por serafines
cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.
“¡Miserable —dije—, tu Dios te ha concedido,
por estos ángeles te ha otorgado una tregua,
tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora!
¡Apura, oh, apura este dulce nepente
y olvida a tu ausente Leonora!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta!” —exclamé—, ¡cosa diabolica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio
enviado por el Tentador, o arrojado
por la tempestad a este refugio desolado e impávido,
a esta desértica tierra encantada,
a este hogar hechizado por el horror!
Profeta, dime, en verdad te lo imploro,
¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?
¡Dime, dime, te imploro!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta! —exclamé—, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio!
¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas,
ese Dios que adoramos tú y yo,
dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén
tendrá en sus brazos a una santa doncella
llamada por los ángeles Leonora,
tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen
llamada por los ángeles Leonora!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Sea esa palabra nuestra señal de partida
pájaro o espíritu maligno! —le grité presuntuoso.
¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica.
No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira
que profirió tu espíritu!
Deja mi soledad intacta.
Abandona el busto del dintel de mi puerta.
Aparta tu pico de mi corazón
y tu figura del dintel de mi puerta.
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.
Aún sigue posado, aún sigue posado
en el pálido busto de Palas.
en el dintel de la puerta de mi cuarto.
Y sus ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca más!

Sin título

No te gusta, no gusta y es así, son así. Las cosas que están, que van, que se pierden sin dejar ni manchitas de sangre por la vereda, son así de dañinas. Y a ti te toca tragar alfileres y quedarte callado, callar y tragarte alfileres. Como el imbécil que eres, ¿no es eso? Dan ganas de echarse al monte a gritar o de arrancarle a todo el mundo los párpados para que tengan que estar mirando a la fuerza. Dan ganas de gritar hasta tapar a las canciones que se escurren por las calles, declararle el luto a todo lo que se tenga en dos piernas. Pero no está bien o dicen que no está bien, así que acaba uno por callarse y guardarse nubarrones.

Tú no gritas, tú no grites, tú limítate a sonreírles y a esquivar ese “miserables” que te sube por la garganta y amenaza de ahogarte, que como te descuides te va a hacer vomitar. Llora si has de llorar, pero no dejes que te vean. Escóndete con cualquier excusa, quédate tú con tus muertos y tus cuatro paredes para echarle al llanto lo que le tengas que echar. Encógete, apriétate contra ti mismo y abre todas las presas del mundo. Y aún así tampoco grites: musita, susurra, solloza tus penas y deja que se te escape, todo seguido, un ruidillo quedo, un ruidillo seco y pajizo pero continuo que sólo oye el que lo produce. Ese tiene que ser todo tu grito, porque más sería indecente. Y mientras lloras, mientras lloras lo que te haga falta, asegúrate de no hacer ruido ni en sonarte la nariz, vaya a ser que se despierten y te miren raro o te echen en cara que no sabes perder.

Es verdad que no sabes, o quizás es que ellos no saben perder a tu manera, pero en cualquier caso no hay forma de evitarlo. Porque tú vives como tú y te cargas la nausea a las espaldas y ves las cosas en huecos que los demás no perciben, nada más. Nada más y nada menos, que digo yo que algo bueno sacarás de ser tú de cuando en cuando. ¿Te da consuelo ver que no tienes pecados que puedan venir a buscarte? Poco o ninguno si los pecados son tan tullidos como parece, y lo son, que yo lo he visto. ¿Te consuela saber que ves matices nuevos, decirte especial? De poco o nada, que a nadie le vale ver más si es para ver en blanco y negro. Que de tanto escarbar en las cosas, de tanto ir agujereando hasta el fondo, uno acaba llenito de barro.

Y, ¿por qué está tan mal decirle al mundo que no, que no y que ya que está, que hasta aquí hemos llegado? ¿Por qué a los que escapan se les deja fuera del cementerio y se quedan tan muertos como todos y tan solos como nadie? Pero está mal, y por puro canguelo te quedas con el pomo en la mano y no le das un portazo a la vida en todas las narices. Te quedas ahí, mirando a los lados como un pasmarote y te dices que bueno, que al final acabará bien, que al final habrá algo bueno, te echas a dormir en la voluntad de Dios y ale, a fingir que te calma. Pero no hay cura para tu dolor, ahí, infinito, sangrando sin parar sobre la hierba y sobre las flores. Parece mentira, te dices a veces, que se pueda sangrar tanto. Y puede, se puede sangrar tanto y más, que a la tierra no le importa beberse lo que le echen mientras sea rojo y al hombre le duela.

He llegado a este punto; de Ángel Rodríguez Sáez

He aquí una bonita (y triste) poesía de esta autor, casi desconocido. Ni siquiera sé si el título que yo le he puesto (cojido, que alarde de originalidad, de los primeros versos) es el verdadero. Admitiré que no era un tipo muy alegre (a los 18 o así se suicidó), pero son unos versos bonitos dentro del hecho de que son de alguien que está aprendiendo. En cualquier caso, aquí tenéis:

"He llegado a este punto
de mi vida, ya incierta,
-porque no cuentan años
aunque alguno lo crea-
y encuentro que la noche
eternamente cerca
de sus cuatro paredes
no cree en la Primavera.

Por todas mis ventanas
de par en par abiertas
no entra más que silencio,
soledad y tristeza,
sin que venga a alumbrarme
tan siquiera una estrella.

Es inútil que clame
por alguien que me comprenda.
Inútil que me ponga
a gritar mi tragedia.

Estoy sólo en la noche,
sólo sobre la tierra
-polvo del infinito,
minúsculo planeta
perdido en el espejo,
microscópica piedra-

Estoy sólo... y llorando
sin que haya quien venga
a enjugarme una lágrima,
a llorar con mi pena.

La soledad me ha ungido,
implacable y certera
... definitivamente.

Por eso, lo que queda
en el fondo del alma
de este pobre poeta
no se llama esperanza
...que se llama tristeza"

Paraules d´amor



Paraules d'amor

Ella em va estimar tant...

Jo me l'estimo encara.

Plegats vam travessar

una porta tancada.

Ella, com us ho podré dir,

era tot el meu món, llavors

quan en la llar cremàvem

només paraules d'amor...


Paraules d'amor senzilles i tendres.

No en sabíem més, teníem 15 anys.

No havíem tingut massa temps per aprendre'n,

tot just despertàvem del son dels infants.

En teníem prou amb tres frases fetes

que havíem après d'antics comediants.

D'històries d'amor, somnis de poetes,

no en sabíem més, teníem 15 anys...


Ella qui sap on és,

ella qui sap on para.

La vaig perdre i mai més

no he tornat a trobar-la.

Però sovint en fer-se fosc

de lluny m'arriba una cançó.

Velles notes, vells acords,

velles paraules d'amor.


Paraules d'amor senzilles i tendres.

No en sabíem més, teníem 15 anys.

No havíem tingut massa temps per aprendre'n,

tot just despertàvem del son dels infants.

En teníem prou amb tres frases fetes

que havíem après d'antics comediants.

D'històries d'amor, somnis de poetes,

no en sabíem més, teníem 15 anys...



Palabras de amor

Ella me quiso tanto...

Yo aún sigo enamorado...

Juntos atravesamos

nostalgias del pasado.

Ella, como os diría...

era mi luz y mi razón,

cuando en la lumbre ardían

sólo palabras de amor...


Palabras de amor sencillas y tiernas.

que echamos al vuelo por primera vez

Apenas tuvimos tiempo de aprenderlas,

recién despertábamos de la niñez.

Nos bastaban ésas tres frases hechas

que entonaba aquel trasnochado galán

De historias de amor, sueños de poetas,

a los 15 años, no se sabe más...


Ella quién sabe dónde está,

ella quién sabe dónde para.

La perdí y nunca más

no he vuelto a encontrarla.

Pero a menudo al atardecer

de lejos me llega una canción.

Viejas notas, viejos acordes,

viejas palabras de amor.


Palabras de amor sencillas y tiernas.

que echamos al vuelo por primera vez

Apenas tuvimos tiempo de aprenderlas,

recién despertábamos de la niñez.

Nos bastaban ésas tres frases hechas

que entonaba aquel trasnochado galán

De historias de amor, sueños de poetas,

a los 15 años, no se sabe más...


Autor de la letra y la música: Joan Manuel Serrat.

Disco: "Cançò de matinada"

Año: 1967

Bodas de sangre; de Federico García Lorca

Una magnífica y muy lírica obra de Lorca que, al menos a mí, me gustó mucho. Por supuesto, me temo que luce mucho más puesta en escena (sobre todo por el tema de la música) que leída; y además creo que requiere algo de conocimiento sobre los símbolos recurrentes de este autor.

Aquí os dejo con algunos fragmentos de la obra que me gustaron especialmente, quizás por lo poético:

Madre: Cien años que yo viviera no hablaría de otra cosa. Primero, tu padre, que me olía a clavel y lo disfruté tres años escasos. Luego, tu hermano. ¿Y es justo y puede ser que una cosa pequeña como una pistola o una navaja pueda acabar con un hombre, que es un toro? No callaría nunca. Pasan los meses y la desesperación me pica en los ojos y hasta en las puntas del pelo.

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Suegra:

Duérmete, rosal,
que el caballo se pone a llorar.
Las patas heridas,
las crines heladas,
dentro de los ojos
un puñal de plata.
Bajaban al río.
¡Ay, cómo bajaban!
La sangre corría
más fuerte que el agua.


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Leonardo:
Callar y quemarse es el castigo más grande que nos podemos echar encima. ¿De qué me sirvió a mí el orgullo y el no mirarte y el dejarte despierta noches y noches? ¡De nada! ¡Sirvió para echarme fuego encima! Porque tú crees que el tiempo cura y que las paredes tapan, y no es verdad, no es verdad. ¡Cuando las cosas llegan a los centros, no hay quien las arranque!


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Madre: Me duele hasta la punta de las venas. En la frente de todos ellos yo no veo más que la mano con que mataron a lo que era mío. ¿Tú me ves a mí? ¿No te parezco loca? Pues es loca de no haber gritado todo lo que mi pecho necesita. Tengo en mi pecho un grito siempre puesto de pie a quien tengo que castigar y meter entre los mantos. Pero me llevan a los muertos y hay que callar. Luego la gente critica. (Se quita el manto)


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Luna:

Cisne redondo en el río,
ojo de las catedrales,
alba fingida en las hojas
soy; ¡no podrán escaparse!
¿Quién se oculta? ¿Quién solloza
por la maleza del valle?
La luna deja un cuchillo
abandonado en el aire,
que siendo acecho de plomo
quiere ser dolor de sangre.
¡Dejadme entrar! ¡Vengo helada
por paredes y cristales!
¡Abrid tejados y pechos
donde pueda calentarme!
¡Tengo frío! Mis cenizas
de soñolientos metales
buscan la cresta del fuego
por los montes y las calles.
Pero me lleva la nieve
sobre su espalda de jaspe,
y me anega, dura y fría,
el agua de los estanques.
Pues esta noche tendrán
mis mejillas roja sangre,
y los juncos agrupados
en los anchos pies del aire.
¡No haya sombra ni emboscada.
que no puedan escaparse!
¡Que quiero entrar en un pecho
para poder calentarme!
¡Un corazón para mí!
¡Caliente!, que se derrame
por los montes de mi pecho;
dejadme entrar, ¡ay, dejadme!


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Novia:

Estas manos que son tuyas,
pero que al verte quisieran
quebrar las ramas azules
y el murmullo de tus venas.
¡Te quiero! ¡Te quiero! ¡Aparta!
Que si matarte pudiera,
te pondría una mortaja
con los filos de violetas.
¡Ay, qué lamento, qué fuego
me sube por la cabeza!


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Madre: Pero ¿qué me importa a mí tu honradez? ¿Qué me importa tu muerte? ¿Qué me importa a mí nada de nada? Benditos sean los trigos, porque mis hijos están debajo de ellos; bendita sea la lluvia, porque moja la cara de los muertos. Bendito sea Dios, que nos tiende juntos para descansar.

Ausencia

No hay voz, ni hay voces
ni tesoros bajo el cielo.
No hay amor, ni hay amores
que guardarse entre los labios.
No hay nada a lo que agarrarse,
sólo mírate morir.

Pobreza Humana



El mapa habla por sí mismo, lo ví ayer en mi clase de "Desarrollo, Cooperación y Derechos Humanos", me pareció muy significativo y cuando estás tres horas hablando sobre el no-desarrollo, sobre la no-cooperación y sobre la ausencia de Derechos Humanos, te pones especialmente sensible y en ese momento me pareció muy significativo este mapa, en el que se ve la diferencia estremecedora entre lugares como el centro africano, que se va estrechando hasta casi desvanecer y Japón, el país más engordado en este mapa distorsionado por la desigualdad.

Adela Sánchez López

Himno al Mar


He aquí la primera obra lírica publicada de Borges, "Himno al Mar".

¡Oh mar! ¡Oh mito! ¡Oh largo lecho!
Y sé por qué te amo. Sé que somos muy viejos.
Que ambos nos conocemos desde siglos.
Sé que en tus aguas venerandas y rientes ardió la aurora de la Vida.
(En la ceniza de una tarde terciaria vibré por primera vez en tu seno).
Oh protéico, yo he salido de ti.
¡Ambos encadenados y nómadas!;
Ambos con una sed intensa de estrellas;
Ambos con esperanzas y desengaños;
Ambos, aire, luz, fuerza, obscuridades;
Ambos con nuestro vasto deseo y ambos con nuestra grande miseria

Subido por Adela

La feria de las tinieblas; Ray Bradbury

"La feria de las tinieblas" (en el inglés original, "Something wicked this way comes", título sacado de Macbeth) es el libro de Ray Bradbury que ando leyendo últimamente. La trama es relativamente simple y bastante normal en una novela gótica: dos jovencitos, grandes amigos, se enfrentan a una malvada feria que viene a su pequeña ciudad... Está llena de monstruos, seres malvados y retorcidos, y atracciones como un laberinto de espejos donde la gente se pierde para siempre o un tiovivo cuyas vueltas hacen envejecer o rejuvenecer. La trama, relativamente pueril, se convierte en algo bellísimo (al menos para mi gusto) cuando queda en manos del genial Ray Bradbury.

Aquí os dejo con algunos fragmentos de la obra que me han gustado:



"Estaba jaspeado de oscuridad, este Jim Nightshade, un chico que hablaba y sonreía cada vez menos, a medida que pasaban los años.

Lo malo de Jim era que mniraba el mundo y no podía apartar los ojos. Y cuando uno se pasa la vida sin apartar los ojos, al llegar a los trece ya tiene veinte años de visiones del mundo.

Will Halloway en cambio miraba siempre más allá, o por encima, o al costado. A los trece años se había ahorrado seis de vigilancia.

Jim conocía cada centímetro de su propia sombra, hubiera podido recortarla en papel engomado, y enrollarla y desplegarla en un mástil... como un estandarte.

Will se sorprendía de vez en cuando viendo que la sombra lo seguía de algún modo."





"Las tres de la mañana, pensó Charles Halloway sentado al borde de la cama. ¿Por qué el tren llegó a esa hora?

Porque, pensó, es una hora especial. Las mujeres nunca despiertan a esa hora. Ellas duermen con el sueño de los bebés y los niños. Pero, ¿y los hombres de mediana edad? Ellos sí conocen bien esa hora. Oh, Dios, la medianoche no es grave: uno se despierta y duerme de nuevo. La una o las dos no son graves: uno se revuelve en la camapero al fin se duerme otra vez. A las cinco o las seis hay esperanza, pues el amanecer está justo debajo del horizonte. ¡Pero las tres, Cristo, las tres de la mañana! Los médicos dicen que el cuerpo está en bajante a esa hora. El alma está fuera. La sangre se mueve lentamente. Sólo en el momento de la muerte estña uno más cerca de la muerte. El sueño es la imitación de la muerte, ¡pero estar con los ojos abiertos a las tres de la mañana es estar muerto en vida! Uno sueña entonces con los ojos abiertos. Dios, si uno tuviera fuerzas para despertar del todo, ¡acabaría con este duermevela a balazos! Pero no, uno se queda allí, en el fondo de un pozo insondable y seco. La luna pasa y te echa una mirada, con cara de idiota. La puesta de sol ha quedado muy atrás, el amanecer está lejjos aún, de modo que uno pasa revista a todas las imbecilidades en que cayó alguna vez, a las encantadoras tonteríascometidas con amigostan queridos y que ahora están tan muertos... ¿Y acaso no era cierto, no había leído él en alguna parte que los enfermos de los hopitales mueren a las tres de la mañana más que a cualquier otra hora?"





"Para algunos el otoño llega temprano y se queda mucho tiempo enla vida; octubre entonces sigue a septiembre y noviembre sigue a octubre, y luego, en vez de diciembre y el nacimiento de Cristo, no hay Estrella de Belén, no hay regocijo, y septiembre vuelve otra vez y el viejo octubre y así durante años,sin invierno ni primavera ni verano vivificante. Para estas gentes e otoño es la estación normal, el clima único sin alternativa. ¿De dónde vienen? Del polvo. ¿Adónde van? A la tumbra. ¿Es sangre lo que les corre por las venas? No, el v iento de la noche. ¿Qué se les mueve en las cabezas= El gusano. ¿Quién habla por las bocas de estas gentes? El sapo. ¿Quién ve por esos ojos? La serpiente. ¿Quién oye por esos oídos? El abismo entre dos astros. Pasan la tormenta humana por el cedazo en busca de almas, devoran la carne de la razón, llenan las tumbas de pecadores. Los impulsa un frenesí. Invaden todo como escarabajos en ráfagas; reptan, se arrastran, se filtran, oscurecen las lunas y enturbian las aguas claras. La tela de araña los oye, tiembla... y se rompe. Son las gentes de otoño. Cuídate de ellos."





"Supongo que una noche, hace cientos de miles dce años, en una caverna cerca del fuego encendido para la noche, uno de esos hombres velludos despertó y miró a su mujer y a su hijo por encima de los carbones fríos, muertos, desaparecidos para siempre. Tal vez haya llorado. Y esa noche alargó la mano y tocó a la mujer que moriría algún día y a los niños que se irían también. Y a la mañana siguiente los trató un poco mejor porque había visto que ellos,como él, llevaban consigo la semilla de la noche. Sentía esa semilla como un barro en la sangre que golpeaba y lo llevaba hacia el día en que esa semilla se le multiplicaría en la oscuridad. Y ese hombre, el primero, supo lo que nosotros sabemos ahora: que nuestro tiempo es breve y la eternidad es larga. Así nacieron la piedad y la misericordia y aprendimos así a cuidar del otro, para que pudiese recibir el último, el más intrincado y misterioso beneficio del amor.

Y en suma, ¿qué somos? Criaturas que saben, y que saben demasiado. Esto nos deja con una carga que nos obliga de nuevo a una alternativa: reír o llorar. Ningún otro animal río o llora. Nosotros hacemos las doscosas de acuerdo con la estación y la circunstancia. Siento de algún modo que la feria vigila, para saber qué hemos elegido, cómoy por qué, y luego viene a buscarnos cuando cree que estamos maduros."

Ibn Hazm

Os dejo aquí un bonito poema de literatura medieval árabe, esa gran desconocida. Pertenece a Ibn Hazm, un poeta de finales del Califato de Córdoba y comienzo de los Reinos de Taifas. Fue un tipo curioso, muy polemista. Iba de reino en reino haciéndose enemigos: no sólo representaba a una de las escuelas de interpretación coránica menos populares (enemiga, por cierto, de la corriente mayoritaria), sino que además se pasaba el rato criticando a los reyes. Fue un autor prolífico, pero hacia finales de su vida, los libros no salían de su casa: los mandaban quemar al momento. He aquí uno de sus últimos poemas, perteneciente a esta última etapa de su vida:

"Dejad de prender fuego a pergaminos y papeles,
y mostrad vuestra ciencia para que se vea quien es el que sabe.
Y es que aunque queméis el papel
nunca quemaréis lo que contiene,
puesto que en mi interior lo llevo,
viaja siempre conmigo cuando cabalgo,
conmigo duerme cuando descanso,
y en mi tumba será enterrado luego"

Como afirmación general hacia el mundo y cómo escribir, creo que está realmente bien.

AVISO

Entre unas y otras cosas surgió la idea de abrir al público este blog, es decir, que también vosotros, los que estéis interesados, colaboréis en él. Si tienes algún relato que quieras publicar, si es un poema, una sugerencia, un artículo, una opinión, etc.; te ofrecemos este blog para publicarlo. Es sencillo, sólo tendríais que enviar lo que sea que queráis publicar a esta cuenta: fenixypunto@live.com; bien puede estar firmado con vuestros nombres o con un pseudónimo. Tras el envío correspondiente revisaríamos el texto y si todo es correcto, lo publicaríamos ipso facto. Muchas gracias por vuestra colaboración.

Firmado por: Almijara B. C.; Andrés B. Mir y Adela S. L.

Mi amada postmoderna

También para el ya conocido concurso de cartas de amor para el que Almijara escribió la suya fabriqué yo esta carta. No es una cosa demasiado bonita, pero tiene su gracia, sobre todo en el contexto del concurso para el concurso:

Mi amada Lucía:

Una vez más he de decir que tu nombre tiene algo melancólico y bello. Lo que lució y no luce, eso es lo que lucía, ¿no es cierto? Sé cuanto odias que te diga este tipo de cosas, que analice tu nombre como si dijese algo más de ti aparte del hecho de que a tus padres les gustó o que lo desglose con tanta retórica. Sé que te molesta, pero aún así, me reitero por segunda y última vez: tu nombre tiene algo melancólico y bello. He de insistir también en que te amo más que a mi vida, en que si mi corazón late es por ti, en que son tus ojos las candelas que me alumbran en este valle de lágrimas y, los clásicos nunca mueren, en que tengo grabado en el fondo de mi alma tu nombre con letras de fuego. Dicho esto, estas frases que aún ahora me parecen ciertas, no me queda sino manifestarte que no voy a seguir molestándote con lo que no tardabas en calificar como mis “cursiladas”.

No, no desesperes ante lo que sería el tópico romántico de todos los tiempos, mi amor, pues no tengo intención de suicidarme. Tras nuestra última conversación, cuando acabaste gritándome que dejase de molestarte con “el pálpito de Dios acariciando mi corazón cada vez que te imagino pronunciar mi nombre” y chorradas (creo que así lo calificaste) por el estilo, he de admitir que llegué a planteármelo. Pensé primero en arrojarme tras escribir unos últimos poemas donde condensase mi desesperación pero, con los poemas ya escritos, me dí cuenta de que aquello no conmovería tu alma: mis poemas no te gustaban y, por ende, no podía calarte. “Eres demasiado anticuado”, me dijiste una vez, “tu poesía parece sacada de hace un par de siglos. Madura y empieza a escribir cosas actuales de una puta vez”. Como bien sabes, tus frases, especialmente de este tipo, que se fueron haciendo más comunes conforme avanzaba nuestra relación, están “grabadas en mi alma con letras de fuego” o quizás en mis desvelos, quien sabe. La cuestión es que ya tenía claro que no te conmovería este tipo de suicidio, que así sería imposible conseguir el fin último de todo buen suicida por amor: escapar al dolor y al mismo tiempo conseguir el amor de la mujer con el corazón de hielo, que o bien se retira a un convento o bien acaba por seguir al poeta a la muerte, dos suicidios de distinta naturaleza.

Sabiendo que ninguna de las opciones era de tu estilo, me decidí por otro tipo de muerte romántica e igualmente trágica. Moriría destrozado, sólo y anónimo, y mi muerte sería una tragedia más en este mundo horrible donde no existe la justicia poética, el alma se ha prostituido para la industria editorial y un largo etcétera. Desgraciadamente, le tengo apego a la vida y aún más a ti, amor mío. Me temo, Lucía, que no me imagino ni viviendo ni muriendo ni suicidándome sin ti. Debía haber otra solución.

Aunque sé cuanto odias la idea del poeta al que le llegan las ideas por inspiración divina, creo que la Musa me susurró al oído el plan correcto. Me suicidaría, Lucía, pero de otra manera. Lo había decidido, Lucía, por ti. Por ti, porque te amo, dejaría de ser un cursi, un romántico y un anticuado. Por ti me haré postmoderno.

Ya habrás ido notando que esta carta comienza a alejarse de mi prosa habitual. Para empezar, no he abusado tanto de los adjetivos ni de las palabras esas que me gustan tanto, suenan tan bien y están escondidas al fondo de los diccionarios. Sí, amor mío, voy a ser un hombre nuevo. Se acabó el lenguaje decimonónico, se acabó, en fin, el uso de palabras como ínclito, mequetrefe o albedrío, que, insisto, adoro encontrarme escritas. Se acabaron para mí los paseos por el cementerio y los parques en otoño mientras pienso en la melancolía y la Belleza, te lo aseguro. Ahora todo lo más me iré a una cafetería a pensar sobre lo absurdo de esta vida con ese cinismo que sólo da una buena taza de café. También se acabó escribir sobre Amor, Belleza, Verdad y lo Sublime, pues empiezo a ser consciente de que las mayúsculas que no son de nombres propios a ti, mi bella postmoderna, se te atragantan. Por ti, Lucía, voy a renunciar incluso a la anástrofe que tantas veces te hizo escupir en mis poemas de amor: ya no serás la dulce Lucía, la amada Lucía, la bella Lucía sin piedad. Porque te amo, Lucía, renovaré mi mensaje, dejaré de ser tan retro (fíjate, Lucía, me estoy acostumbrando a usar palabras de jerga). Para que veas hasta donde llega mi decisión y mi férrea voluntad de renovarme por ti: polla, joder, puta, coño. Empiezo a usarlas, aunque mis vísceras se retuerzan, en mi habla normal, y de aquí a nada me verás escribiendo diálogos donde aparezcan.

Espero que todo esto te convenza de mi propósito de redimirme ante ti, mi amor. Aún me resulta complicado dejar en la cuneta esta retórica que durante tanto tiempo me ha acompañado, pero he cambiado mis lecturas (Becquer está en la basura, Bolaño en mi mesita de noche) y espero que tú estés dispuesta a darme otra oportunidad. Con tu ayuda, Lucía, seré el tipo de poeta (si es que poeta no es también un término cursi) que tú, amor mío, quieres que sea. Se acabaron, mi amor, las cartas de poemas donde te hablaba de cuanto te necesito, de lo importante que eres para mí y de lo bello de un amor que me hacía sentirme en el Cielo. Se acabaron por ti. Por ti, Lucía, por ti, mi amada postmoderna, llena de cinismo, porque te quiero más que a nada.

Amándote, pero sin fe en el amor como concepto abstracto:

Gustavo.

La nieve

Os presento un corto relato escrito en Gottinhem, Alemania. Su clima, aunque bonito, puede resultar un poco deprimente si uno no va cargado de optimismo. No era mi caso, qué duda cabe... La imagen, tan ilustradora ella, es de un asunto raro: una imprevista tormenta de nieve que acabó con un bosque entero en China. Bien, sin más os dejo con La nieve:





LA NIEVE

Hoy nieva. Bajo el cielo cae toda el agua del mundo; lenta, blanca, congelada. Hoy nieva, copo a copo, hasta llenar la tierra y ahogar las aguas. Nieva, en fin, y hay pocas cosas de las que hablar porque la nieve se asegura de ocuparlo todo, de llenarlo todo en su blancura heladora.

Tengo los labios ateridos, como la mente y las ideas; en esas arrugas que deberían surgirme si consigo sonreír y que ahora no ves se está acumulando la escarcha. Aún así, me apetece decir algo. Tengo que hablar o correré el riesgo de dejar que la nieve se pose del todo, el riesgo de que deje de nevar y aún no haya logrado hacer que lo entiendas. Sufro el miedo a que no te importe saber o no saber, pero creo que no tengo otro remedio que intentar hablar antes de que la nieve termine de estrellarse, suavemente, sobre el mundo.

Me dirás: “tengo ateridos oído y corazón, tiritando está mi boca si consigue tomar aire, congeladas mis manos si sostienen el mundo. No te puedo escuchar”. Te diré que no, que no es así o al menos no exactamente. Te diré que está nevando al otro lado del cristal y que si somos lo bastante astutos podremos engañarnos y fingir que la estufa nos protege del frío, que las mantas nos guardan. Así, si te aprietas contra la estufa y te arrebujas, si te engañas lo suficiente, podré contarte secretos sobre la nieve de esos que no salen en los libros.

Podré susurrarle a tus ojos ateridos que la nieve nace por encima del mundo. Nace en frío, en nube, en gris, por encima de todos los pecados y viéndolos reflejados contra sus cirros, sus cúmulos y sus estratos. No nace como la lluvia, gotas iguales entre sí que descienden a toda velocidad, como estrellas fugaces, intentando inútilmente lavar al mundo del polvo, no. En su lugar, nace con suavidad y observando el mundo triste, nace y no se lanza, flota. Cae lenta la nieve, cae todo lo lenta que puede sabiendo que cada segundo es un segundo de estar respirándose distinta, libre del cieno y sus horrores. Contra su voluntad, cae igualmente.

La nieve, continuaré recitando bajo tus labios ateridos, se esfuerza en taparlo todo, en quedar donde se posa para siempre. Teje una superficie imperturbable ahogando la tierra, ahogando las aguas heladas y hasta ahogando las ganas de vivir para siempre. No es que la nieve odie lo que cubre, no es que intente matarlo, no del todo. Pero si lograse enterrarlo para siempre, estaría contenta.

Basta preguntarle y la nieve que cae y ha caído se permite repetir su cantinela, sus razones, ¿le escuchas? “No hay amor bajo el cielo, no hay sentido bajo el cielo, no hay nada en faz de la tierra que aún se merezca existir”, canturrean los copos que descienden. “¿Para qué tanto dolor, tanto correr, tanto hilarse para enredarse hasta la muerte?”, continúan, “¿Para qué tanto correr por encima del polvo, sobre el polvo, con el polvo? ¿Para qué, para qué pudiendo estar todo sereno bajo un solo abrazo de blanco?” Los copos se posan e insisten: “no hay amor, no hay amor, no hay ni piedad ni amor”, cada uno en su voz propia. “No hay amor en la flor que se abre, en el niño que nace o en la espiga que contra toda gravedad se obstina en alzarse”. Y viendo que no hay amor, mata a la flor en su semilla, corta la espiga, deja que el niño se pudra de blanco hasta que deje de llorar. No, la nieve no odia, simplemente está segura de que habría más paz bajo su abrazo infinito, su manto inapelable.

Pero hay algo más que quizás deba aprovechar para decirte sobre la nieve, algo blanco. Un secreto frío e inadecuado, algo aún más triste que esa falta de piedad hacia un mundo sin amor que se empecina en buscarlo. No sé si debo hablar. Ya no hay parte de ti que no tirite, que no tiemble helada. Los ojos te brillan al borde de la muerte y mucho me temo que recuerdan a ese hielo que a veces se forma en los charcos. Ya ni la estufa te engaña ni tampoco mis verdades y supongo, temo, que no hay marcha atrás como no hay amor. Te diré, en fin, la verdad que ya sabes gracias a la nieve que cae y cae y por piedad se posa sin piedad sobre las cosas del mundo.

Nieva, cae la nieve, los copos pasan, pisan, pesan sobre la tierra. Pero hay más, y es peor y es decir que en todas partes nieva. No hay ventana ni estufa ni abrigo que te proteja, no hay reducto donde esconderse de los copos inasibles. Tampoco se esquiva su abrazo a este lado del cristal. Nieva sobre los pecados, sobre las almas y las cabezas coronadas de flores. La nieve insiste en golpear al corazón de los hombres, a su aliento, a su voz, a sus ojos vidriosos. Cae copo tras copo, invisibles. Golpean como un ariete en el pecho, uno a uno, cayendo dolorosos y leves hasta derribar el último muro; golpean hasta colarse por todo resquicio, por toda grieta, hasta rendir cualquier calidez.

Nieva así sobre los hombres nacidos para la muerte sin que a nadie le importe. La nieve cae y cae cantando que no hay amor bajo su blancura, que no hay piedad en el pecho de los vivos, que nadie a nadie nada le debe o nada le quiere deber. Es así como la nieve se posa queda, aplastando la sangre en las venas, cubriendo el dolor y las plegarias y cubriendo incluso las ganas de seguir viviendo y haciendo que tú te dejes morir helado en esa nieve que cae y cae al otro lado del cristal.


Por Andrés B. Mir

Stabat mater

Bueno, tras el rap colocado por Almijara, limpiaré en parte el blog de tanta maldad moderna con algo de música de aire clasicón e inspiración sacra. Se trata del Stabat mater, una pieza de Pergolesi que personalmente me encanta:

Miserere - Michael Nyman

Aquí os dejo con una canción preciosa de Michael Nyman: Miserere. Es parte de la banda sonora de El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante, una magnífica película de Peter Greenaway. Lenta y melancólica, parece ser que el autor se inspiró en música coral medieval (miserere mei es una construcción típica de oración cristiana, para qué engañarnos) restándole artificios con su peculiar estilo.