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La feria de las tinieblas; Ray Bradbury

"La feria de las tinieblas" (en el inglés original, "Something wicked this way comes", título sacado de Macbeth) es el libro de Ray Bradbury que ando leyendo últimamente. La trama es relativamente simple y bastante normal en una novela gótica: dos jovencitos, grandes amigos, se enfrentan a una malvada feria que viene a su pequeña ciudad... Está llena de monstruos, seres malvados y retorcidos, y atracciones como un laberinto de espejos donde la gente se pierde para siempre o un tiovivo cuyas vueltas hacen envejecer o rejuvenecer. La trama, relativamente pueril, se convierte en algo bellísimo (al menos para mi gusto) cuando queda en manos del genial Ray Bradbury.

Aquí os dejo con algunos fragmentos de la obra que me han gustado:



"Estaba jaspeado de oscuridad, este Jim Nightshade, un chico que hablaba y sonreía cada vez menos, a medida que pasaban los años.

Lo malo de Jim era que mniraba el mundo y no podía apartar los ojos. Y cuando uno se pasa la vida sin apartar los ojos, al llegar a los trece ya tiene veinte años de visiones del mundo.

Will Halloway en cambio miraba siempre más allá, o por encima, o al costado. A los trece años se había ahorrado seis de vigilancia.

Jim conocía cada centímetro de su propia sombra, hubiera podido recortarla en papel engomado, y enrollarla y desplegarla en un mástil... como un estandarte.

Will se sorprendía de vez en cuando viendo que la sombra lo seguía de algún modo."





"Las tres de la mañana, pensó Charles Halloway sentado al borde de la cama. ¿Por qué el tren llegó a esa hora?

Porque, pensó, es una hora especial. Las mujeres nunca despiertan a esa hora. Ellas duermen con el sueño de los bebés y los niños. Pero, ¿y los hombres de mediana edad? Ellos sí conocen bien esa hora. Oh, Dios, la medianoche no es grave: uno se despierta y duerme de nuevo. La una o las dos no son graves: uno se revuelve en la camapero al fin se duerme otra vez. A las cinco o las seis hay esperanza, pues el amanecer está justo debajo del horizonte. ¡Pero las tres, Cristo, las tres de la mañana! Los médicos dicen que el cuerpo está en bajante a esa hora. El alma está fuera. La sangre se mueve lentamente. Sólo en el momento de la muerte estña uno más cerca de la muerte. El sueño es la imitación de la muerte, ¡pero estar con los ojos abiertos a las tres de la mañana es estar muerto en vida! Uno sueña entonces con los ojos abiertos. Dios, si uno tuviera fuerzas para despertar del todo, ¡acabaría con este duermevela a balazos! Pero no, uno se queda allí, en el fondo de un pozo insondable y seco. La luna pasa y te echa una mirada, con cara de idiota. La puesta de sol ha quedado muy atrás, el amanecer está lejjos aún, de modo que uno pasa revista a todas las imbecilidades en que cayó alguna vez, a las encantadoras tonteríascometidas con amigostan queridos y que ahora están tan muertos... ¿Y acaso no era cierto, no había leído él en alguna parte que los enfermos de los hopitales mueren a las tres de la mañana más que a cualquier otra hora?"





"Para algunos el otoño llega temprano y se queda mucho tiempo enla vida; octubre entonces sigue a septiembre y noviembre sigue a octubre, y luego, en vez de diciembre y el nacimiento de Cristo, no hay Estrella de Belén, no hay regocijo, y septiembre vuelve otra vez y el viejo octubre y así durante años,sin invierno ni primavera ni verano vivificante. Para estas gentes e otoño es la estación normal, el clima único sin alternativa. ¿De dónde vienen? Del polvo. ¿Adónde van? A la tumbra. ¿Es sangre lo que les corre por las venas? No, el v iento de la noche. ¿Qué se les mueve en las cabezas= El gusano. ¿Quién habla por las bocas de estas gentes? El sapo. ¿Quién ve por esos ojos? La serpiente. ¿Quién oye por esos oídos? El abismo entre dos astros. Pasan la tormenta humana por el cedazo en busca de almas, devoran la carne de la razón, llenan las tumbas de pecadores. Los impulsa un frenesí. Invaden todo como escarabajos en ráfagas; reptan, se arrastran, se filtran, oscurecen las lunas y enturbian las aguas claras. La tela de araña los oye, tiembla... y se rompe. Son las gentes de otoño. Cuídate de ellos."





"Supongo que una noche, hace cientos de miles dce años, en una caverna cerca del fuego encendido para la noche, uno de esos hombres velludos despertó y miró a su mujer y a su hijo por encima de los carbones fríos, muertos, desaparecidos para siempre. Tal vez haya llorado. Y esa noche alargó la mano y tocó a la mujer que moriría algún día y a los niños que se irían también. Y a la mañana siguiente los trató un poco mejor porque había visto que ellos,como él, llevaban consigo la semilla de la noche. Sentía esa semilla como un barro en la sangre que golpeaba y lo llevaba hacia el día en que esa semilla se le multiplicaría en la oscuridad. Y ese hombre, el primero, supo lo que nosotros sabemos ahora: que nuestro tiempo es breve y la eternidad es larga. Así nacieron la piedad y la misericordia y aprendimos así a cuidar del otro, para que pudiese recibir el último, el más intrincado y misterioso beneficio del amor.

Y en suma, ¿qué somos? Criaturas que saben, y que saben demasiado. Esto nos deja con una carga que nos obliga de nuevo a una alternativa: reír o llorar. Ningún otro animal río o llora. Nosotros hacemos las doscosas de acuerdo con la estación y la circunstancia. Siento de algún modo que la feria vigila, para saber qué hemos elegido, cómoy por qué, y luego viene a buscarnos cuando cree que estamos maduros."

Ibn Hazm

Os dejo aquí un bonito poema de literatura medieval árabe, esa gran desconocida. Pertenece a Ibn Hazm, un poeta de finales del Califato de Córdoba y comienzo de los Reinos de Taifas. Fue un tipo curioso, muy polemista. Iba de reino en reino haciéndose enemigos: no sólo representaba a una de las escuelas de interpretación coránica menos populares (enemiga, por cierto, de la corriente mayoritaria), sino que además se pasaba el rato criticando a los reyes. Fue un autor prolífico, pero hacia finales de su vida, los libros no salían de su casa: los mandaban quemar al momento. He aquí uno de sus últimos poemas, perteneciente a esta última etapa de su vida:

"Dejad de prender fuego a pergaminos y papeles,
y mostrad vuestra ciencia para que se vea quien es el que sabe.
Y es que aunque queméis el papel
nunca quemaréis lo que contiene,
puesto que en mi interior lo llevo,
viaja siempre conmigo cuando cabalgo,
conmigo duerme cuando descanso,
y en mi tumba será enterrado luego"

Como afirmación general hacia el mundo y cómo escribir, creo que está realmente bien.

AVISO

Entre unas y otras cosas surgió la idea de abrir al público este blog, es decir, que también vosotros, los que estéis interesados, colaboréis en él. Si tienes algún relato que quieras publicar, si es un poema, una sugerencia, un artículo, una opinión, etc.; te ofrecemos este blog para publicarlo. Es sencillo, sólo tendríais que enviar lo que sea que queráis publicar a esta cuenta: fenixypunto@live.com; bien puede estar firmado con vuestros nombres o con un pseudónimo. Tras el envío correspondiente revisaríamos el texto y si todo es correcto, lo publicaríamos ipso facto. Muchas gracias por vuestra colaboración.

Firmado por: Almijara B. C.; Andrés B. Mir y Adela S. L.

Mi amada postmoderna

También para el ya conocido concurso de cartas de amor para el que Almijara escribió la suya fabriqué yo esta carta. No es una cosa demasiado bonita, pero tiene su gracia, sobre todo en el contexto del concurso para el concurso:

Mi amada Lucía:

Una vez más he de decir que tu nombre tiene algo melancólico y bello. Lo que lució y no luce, eso es lo que lucía, ¿no es cierto? Sé cuanto odias que te diga este tipo de cosas, que analice tu nombre como si dijese algo más de ti aparte del hecho de que a tus padres les gustó o que lo desglose con tanta retórica. Sé que te molesta, pero aún así, me reitero por segunda y última vez: tu nombre tiene algo melancólico y bello. He de insistir también en que te amo más que a mi vida, en que si mi corazón late es por ti, en que son tus ojos las candelas que me alumbran en este valle de lágrimas y, los clásicos nunca mueren, en que tengo grabado en el fondo de mi alma tu nombre con letras de fuego. Dicho esto, estas frases que aún ahora me parecen ciertas, no me queda sino manifestarte que no voy a seguir molestándote con lo que no tardabas en calificar como mis “cursiladas”.

No, no desesperes ante lo que sería el tópico romántico de todos los tiempos, mi amor, pues no tengo intención de suicidarme. Tras nuestra última conversación, cuando acabaste gritándome que dejase de molestarte con “el pálpito de Dios acariciando mi corazón cada vez que te imagino pronunciar mi nombre” y chorradas (creo que así lo calificaste) por el estilo, he de admitir que llegué a planteármelo. Pensé primero en arrojarme tras escribir unos últimos poemas donde condensase mi desesperación pero, con los poemas ya escritos, me dí cuenta de que aquello no conmovería tu alma: mis poemas no te gustaban y, por ende, no podía calarte. “Eres demasiado anticuado”, me dijiste una vez, “tu poesía parece sacada de hace un par de siglos. Madura y empieza a escribir cosas actuales de una puta vez”. Como bien sabes, tus frases, especialmente de este tipo, que se fueron haciendo más comunes conforme avanzaba nuestra relación, están “grabadas en mi alma con letras de fuego” o quizás en mis desvelos, quien sabe. La cuestión es que ya tenía claro que no te conmovería este tipo de suicidio, que así sería imposible conseguir el fin último de todo buen suicida por amor: escapar al dolor y al mismo tiempo conseguir el amor de la mujer con el corazón de hielo, que o bien se retira a un convento o bien acaba por seguir al poeta a la muerte, dos suicidios de distinta naturaleza.

Sabiendo que ninguna de las opciones era de tu estilo, me decidí por otro tipo de muerte romántica e igualmente trágica. Moriría destrozado, sólo y anónimo, y mi muerte sería una tragedia más en este mundo horrible donde no existe la justicia poética, el alma se ha prostituido para la industria editorial y un largo etcétera. Desgraciadamente, le tengo apego a la vida y aún más a ti, amor mío. Me temo, Lucía, que no me imagino ni viviendo ni muriendo ni suicidándome sin ti. Debía haber otra solución.

Aunque sé cuanto odias la idea del poeta al que le llegan las ideas por inspiración divina, creo que la Musa me susurró al oído el plan correcto. Me suicidaría, Lucía, pero de otra manera. Lo había decidido, Lucía, por ti. Por ti, porque te amo, dejaría de ser un cursi, un romántico y un anticuado. Por ti me haré postmoderno.

Ya habrás ido notando que esta carta comienza a alejarse de mi prosa habitual. Para empezar, no he abusado tanto de los adjetivos ni de las palabras esas que me gustan tanto, suenan tan bien y están escondidas al fondo de los diccionarios. Sí, amor mío, voy a ser un hombre nuevo. Se acabó el lenguaje decimonónico, se acabó, en fin, el uso de palabras como ínclito, mequetrefe o albedrío, que, insisto, adoro encontrarme escritas. Se acabaron para mí los paseos por el cementerio y los parques en otoño mientras pienso en la melancolía y la Belleza, te lo aseguro. Ahora todo lo más me iré a una cafetería a pensar sobre lo absurdo de esta vida con ese cinismo que sólo da una buena taza de café. También se acabó escribir sobre Amor, Belleza, Verdad y lo Sublime, pues empiezo a ser consciente de que las mayúsculas que no son de nombres propios a ti, mi bella postmoderna, se te atragantan. Por ti, Lucía, voy a renunciar incluso a la anástrofe que tantas veces te hizo escupir en mis poemas de amor: ya no serás la dulce Lucía, la amada Lucía, la bella Lucía sin piedad. Porque te amo, Lucía, renovaré mi mensaje, dejaré de ser tan retro (fíjate, Lucía, me estoy acostumbrando a usar palabras de jerga). Para que veas hasta donde llega mi decisión y mi férrea voluntad de renovarme por ti: polla, joder, puta, coño. Empiezo a usarlas, aunque mis vísceras se retuerzan, en mi habla normal, y de aquí a nada me verás escribiendo diálogos donde aparezcan.

Espero que todo esto te convenza de mi propósito de redimirme ante ti, mi amor. Aún me resulta complicado dejar en la cuneta esta retórica que durante tanto tiempo me ha acompañado, pero he cambiado mis lecturas (Becquer está en la basura, Bolaño en mi mesita de noche) y espero que tú estés dispuesta a darme otra oportunidad. Con tu ayuda, Lucía, seré el tipo de poeta (si es que poeta no es también un término cursi) que tú, amor mío, quieres que sea. Se acabaron, mi amor, las cartas de poemas donde te hablaba de cuanto te necesito, de lo importante que eres para mí y de lo bello de un amor que me hacía sentirme en el Cielo. Se acabaron por ti. Por ti, Lucía, por ti, mi amada postmoderna, llena de cinismo, porque te quiero más que a nada.

Amándote, pero sin fe en el amor como concepto abstracto:

Gustavo.

La nieve

Os presento un corto relato escrito en Gottinhem, Alemania. Su clima, aunque bonito, puede resultar un poco deprimente si uno no va cargado de optimismo. No era mi caso, qué duda cabe... La imagen, tan ilustradora ella, es de un asunto raro: una imprevista tormenta de nieve que acabó con un bosque entero en China. Bien, sin más os dejo con La nieve:





LA NIEVE

Hoy nieva. Bajo el cielo cae toda el agua del mundo; lenta, blanca, congelada. Hoy nieva, copo a copo, hasta llenar la tierra y ahogar las aguas. Nieva, en fin, y hay pocas cosas de las que hablar porque la nieve se asegura de ocuparlo todo, de llenarlo todo en su blancura heladora.

Tengo los labios ateridos, como la mente y las ideas; en esas arrugas que deberían surgirme si consigo sonreír y que ahora no ves se está acumulando la escarcha. Aún así, me apetece decir algo. Tengo que hablar o correré el riesgo de dejar que la nieve se pose del todo, el riesgo de que deje de nevar y aún no haya logrado hacer que lo entiendas. Sufro el miedo a que no te importe saber o no saber, pero creo que no tengo otro remedio que intentar hablar antes de que la nieve termine de estrellarse, suavemente, sobre el mundo.

Me dirás: “tengo ateridos oído y corazón, tiritando está mi boca si consigue tomar aire, congeladas mis manos si sostienen el mundo. No te puedo escuchar”. Te diré que no, que no es así o al menos no exactamente. Te diré que está nevando al otro lado del cristal y que si somos lo bastante astutos podremos engañarnos y fingir que la estufa nos protege del frío, que las mantas nos guardan. Así, si te aprietas contra la estufa y te arrebujas, si te engañas lo suficiente, podré contarte secretos sobre la nieve de esos que no salen en los libros.

Podré susurrarle a tus ojos ateridos que la nieve nace por encima del mundo. Nace en frío, en nube, en gris, por encima de todos los pecados y viéndolos reflejados contra sus cirros, sus cúmulos y sus estratos. No nace como la lluvia, gotas iguales entre sí que descienden a toda velocidad, como estrellas fugaces, intentando inútilmente lavar al mundo del polvo, no. En su lugar, nace con suavidad y observando el mundo triste, nace y no se lanza, flota. Cae lenta la nieve, cae todo lo lenta que puede sabiendo que cada segundo es un segundo de estar respirándose distinta, libre del cieno y sus horrores. Contra su voluntad, cae igualmente.

La nieve, continuaré recitando bajo tus labios ateridos, se esfuerza en taparlo todo, en quedar donde se posa para siempre. Teje una superficie imperturbable ahogando la tierra, ahogando las aguas heladas y hasta ahogando las ganas de vivir para siempre. No es que la nieve odie lo que cubre, no es que intente matarlo, no del todo. Pero si lograse enterrarlo para siempre, estaría contenta.

Basta preguntarle y la nieve que cae y ha caído se permite repetir su cantinela, sus razones, ¿le escuchas? “No hay amor bajo el cielo, no hay sentido bajo el cielo, no hay nada en faz de la tierra que aún se merezca existir”, canturrean los copos que descienden. “¿Para qué tanto dolor, tanto correr, tanto hilarse para enredarse hasta la muerte?”, continúan, “¿Para qué tanto correr por encima del polvo, sobre el polvo, con el polvo? ¿Para qué, para qué pudiendo estar todo sereno bajo un solo abrazo de blanco?” Los copos se posan e insisten: “no hay amor, no hay amor, no hay ni piedad ni amor”, cada uno en su voz propia. “No hay amor en la flor que se abre, en el niño que nace o en la espiga que contra toda gravedad se obstina en alzarse”. Y viendo que no hay amor, mata a la flor en su semilla, corta la espiga, deja que el niño se pudra de blanco hasta que deje de llorar. No, la nieve no odia, simplemente está segura de que habría más paz bajo su abrazo infinito, su manto inapelable.

Pero hay algo más que quizás deba aprovechar para decirte sobre la nieve, algo blanco. Un secreto frío e inadecuado, algo aún más triste que esa falta de piedad hacia un mundo sin amor que se empecina en buscarlo. No sé si debo hablar. Ya no hay parte de ti que no tirite, que no tiemble helada. Los ojos te brillan al borde de la muerte y mucho me temo que recuerdan a ese hielo que a veces se forma en los charcos. Ya ni la estufa te engaña ni tampoco mis verdades y supongo, temo, que no hay marcha atrás como no hay amor. Te diré, en fin, la verdad que ya sabes gracias a la nieve que cae y cae y por piedad se posa sin piedad sobre las cosas del mundo.

Nieva, cae la nieve, los copos pasan, pisan, pesan sobre la tierra. Pero hay más, y es peor y es decir que en todas partes nieva. No hay ventana ni estufa ni abrigo que te proteja, no hay reducto donde esconderse de los copos inasibles. Tampoco se esquiva su abrazo a este lado del cristal. Nieva sobre los pecados, sobre las almas y las cabezas coronadas de flores. La nieve insiste en golpear al corazón de los hombres, a su aliento, a su voz, a sus ojos vidriosos. Cae copo tras copo, invisibles. Golpean como un ariete en el pecho, uno a uno, cayendo dolorosos y leves hasta derribar el último muro; golpean hasta colarse por todo resquicio, por toda grieta, hasta rendir cualquier calidez.

Nieva así sobre los hombres nacidos para la muerte sin que a nadie le importe. La nieve cae y cae cantando que no hay amor bajo su blancura, que no hay piedad en el pecho de los vivos, que nadie a nadie nada le debe o nada le quiere deber. Es así como la nieve se posa queda, aplastando la sangre en las venas, cubriendo el dolor y las plegarias y cubriendo incluso las ganas de seguir viviendo y haciendo que tú te dejes morir helado en esa nieve que cae y cae al otro lado del cristal.


Por Andrés B. Mir

Stabat mater

Bueno, tras el rap colocado por Almijara, limpiaré en parte el blog de tanta maldad moderna con algo de música de aire clasicón e inspiración sacra. Se trata del Stabat mater, una pieza de Pergolesi que personalmente me encanta:

Miserere - Michael Nyman

Aquí os dejo con una canción preciosa de Michael Nyman: Miserere. Es parte de la banda sonora de El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante, una magnífica película de Peter Greenaway. Lenta y melancólica, parece ser que el autor se inspiró en música coral medieval (miserere mei es una construcción típica de oración cristiana, para qué engañarnos) restándole artificios con su peculiar estilo.

El perseguidor

EL PERSEGUIDOR, por Andrés B. Mir

Ya es la hora. Suena la música correcta y, quizás, las estrellas están alineadas. ¡Ya es la hora! Trepa por tu espalda con pisadas de violín, te araña la columna y sus heridas cantan que no hay dolor, que no hay dolor, que todo tu dolor era mentira, todo tú era mentira. Todo va al compás del monstruo que escala y la luz se estrella y se rompe en pedazos contra el techo de las hojas. Ellas están allá, verdes, y se estrechan y reviven y le besan y le violan y hacen que la luz manche el suelo fragmentada. Y tú eres tan feliz que querrías gritarles que sigan así, brillando una en otra para siempre, para siempre.

Los pájaros levantan el vuelo a tus pasos y en sus alas, estás seguro, es donde está lo que persigues: el secreto del que el monstruo no es más que un presagio. ¡Allí! Por tu piel se deslizan las arañas a millares, hijas de la bestia, que ya se ha asentado en tu nuca y amenaza dando a luz infinitos estremecimientos.

Pero tu corres, al menos mientras aún sabes por los gritos de ese monstruo perfecto que estás cerca, que estás cerca, que estás a punto de rozarlo, que alcanzarás el secreto con tan sólo apretar el paso. Camina, por Dios, camina, que sientes sin pizca de duda que esta, como tantas otras, puede ser la última vez que estés tan cerca Corre bajo las hojas y las alas y deja que los pájaros canten que no hay dolor, que no hay fealdad, que todo tú era mentira.

Tú finge que no te importa, pues no debe deber importarte, sólo debes andar y soportar el éxtasis de los insectos, la sensación aviesa de que hasta estos segundos de pasos nunca has sido, de que nunca has sido tan puro. La bestia insiste, pariendo su alud incesante. Redobla sus arañazos y hace que todo cante que todo tú era mentira, que sólo este ahora vale algo, y lo canta en luz y en verde y en ala y en violines. Lo grita porque estás más cerca y tú lo sabes y al mismo tiempo te estas perdiendo en el gozo de sus berridos y estás apretando el paso y ni tú mismo sabes cómo logras hacer ambas cosas a la vez, pero lo haces.

Ya casi corres, casi corres arrastrado y tus ojos brillan, poseído bajo el canto de la bestia. Sabes que deberías llorar y que quieres llorar porque todo canta con demasiada belleza, y te dices “hazlo si tienes que hacerlo pero no dejes de andar”, así que lo haces y permites que las lágrimas se te vayan escapando y ya casi no sientes tus pasos, dirías que no tocas el suelo sostenido entre el canto, la lágrima y el gozo más absoluto.

Sin sentir el pavimento corres, corres porque es lo único que vale la pena bajo el sol, porque el secreto, lo intuyes, es de una belleza que oscurece todo, es una belleza que embriaga todo y rompe todo y es toda belleza cantada alguna vez por grillos. Corres, corre, corre y ya hasta tus pasos cantan que no hay dolor, que no hay dolor, que todo pasa y este secreto subyace y que estás tan cerca que jamás lo alcanzarás para gozar para siempre.

Pero tu ya corres por correr y eres tan feliz que sólo eres feliz y ya eres todo escalofrío. Alzas la cabeza hacia la luz y ella insiste en repetir el canto y tu quieres sonreír porque estás llorando. Sabes que pasará y que acabarás por morir, que no habrás visto el secreto, y aún así corres y lloras y no importa, y no importa, y todo dolor es puro, todo éxtasis es puro y todo es puro y sostenido. Quieres gritarle al mundo que vea lo que pasa o al menos sonreír a ese secreto que juega contigo, pero no puedes y tus labios se entreabren y no escapa nada más que un aliento, quizás oración a una belleza inapelable que sabes que casi habrás alcanzando.

Y el escalofrío es tan intenso y el monstruo grita ya con tanta fuerza que el gozo y la luz amenazan con ahogarte. Vas a morir, vas a asfixiarte en el éxtasis para el que estás hecho y nadie sabrá nunca como moriste si eras joven y paseabas por una calle en otoño y no había nadie, nadie, ni una viejita dando de comer a las palomas bajo el dosel de las hojas. Pero te verán con la sonrisa en la muerte y quizás intuyan que no hay dolor, que no hay muerte ni placer ni eternidades, que sólo hay algunos fragmentos perfectos de Belleza.

Y el Invierno Vuelve



A veces parece que el invierno llega a nuestra vida, da igual que esté volviendo la primavera y da igual que haya 40 grados a la sombra.
Hace ya tiempo escuché precisamente en el viento de un “invierno” muy frio, que me sacudía de un lado a otro, una historia que me hizo transportarme al lugar de donde nacen las cosas.

¡Ese lugar era tan mágico!, siempre me lo imaginé así, pues como podía ser un lugar que lo crea todo, que crea lo bello y lo grotesco, lo perpetuo y lo efímero, lo que nos da la vida y lo que nos duele. Ese lugar era la fuente de todo ser, hacía fuerte todo lo que parecía frágil y derrumbaba fortalezas y castillos con una facilidad estremecedora. El viento que me zarandeaba, la pesadilla en la que me veía envuelta se convirtió en una sensación extraña, ¡como de vida!, tengo que reconocer que me quemaba por dentro.

Yo aún era más delgada que ahora, el viento era frío y casi me tumbaba, avanzaba a una velocidad de medio paso por hora, pero, en ese medio paso podía ver las imágenes contenidas de los ancianos al morir, la sorpresa exaltada de los niños al aprender que si es cierto que se puede volar.

Eso nunca mas lo he vuelto a soñar, me acostaba cada noche queriendo volver al sueño de ese “invierno que parecía triste”, ¡le pedía que regresara!, pero solo podía soñar con veranos simplones que habían perdido para mí todo el atractivo.

-“¡vuelve!, vuelve, vueeeelve…”

Lo pedía exultando, con sinceridad e impaciencia. Pero nada, parecía que no podía ser.

Con el tiempo aprendí que los sueños no hay que esperarlos, ni desearlos, ni siquiera se pueden construir, sino que se presentaban ellos solos y había que cazarlos, y vivirlos, sino nos pueden decepcionar; los sueños más hermosos son los que se viven sin más, esos son los que nos dan la belleza y la paz.

Todavía tengo que aprender mucho del viento, que me hizo escuchar y que casi me derrumbaba, del invierno, incluso del verano, que no deseo. Tengo que aprender a volver a vivir en el más puro lugar de donde nace el Amor. Una vez volví, hace no mucho y todo seguía tan hermoso como siempre. Ahora vivo la realidad con todo eso guardado en mi corazón.

Reconozco que en mis sueños solo he ido acompañada a ese lugar; quizá volveré cuando pueda ir acompañada de alguien a quien no amo y pueda hacerle disfrutar. Mientras solo queda esperar.

Adela Sánchez

Cuando no hay alegría; de Ortega y Gasset

CUANDO NO HAY ALEGRÍA

Cuando no hay alegría, el alma se retira a un rincón de nuestro cuerpo y hace de él su cubil. De cuando en cuando da un aullido lastimero o enseña los dientes a las cosas que pasan. Y todas las cosas nos parece que hacen camino rendidas bajo el fardo de su destino y que ninguna tiene vigor bastante para danzar con él sobre los hombros. La vida nos ofrece un panorama de universal esclavitud. Ni el árbol trémulo, ni la sierra que incorpora vacilante su pesadumbre, ni el viejo monumento que perpetúa en vano su exigencia de ser admirado, ni el hombre que, ande por donde ande, lleva siempre el semblante de estar subiendo una cuesta —nada, nadie manifiesta mayor vitalidad que la estrictamente necesaria para alimentar su dolor y sostener en pie su desesperación.

Y, además, cuando no hay alegría, creemos hacer un atroz descubrimiento. Muy especialmente si la falta de alegría proviene de un dolor físico percibimos con extraña evidencia la línea negra que limita cada ser y lo encierra dentro de sí, sin ventanas hacia fuera, como Leibniz decía, pero sin el infinito que este hombre contento metía dentro de cada uno. Este es el descubrimiento que hacemos por medio del dolor como por medio de un microscopio: la soledad de cada cosa.

Y como la gracia y la alegría y el lujo de las cosas consisten en los reflejos innumerables que las unas lanzan sobre las otras y de ellas reciben —la sardana que bailan cogidas todas de la mano—, la sospecha de su soledad radical parece rebajar el pulso del mundo. Se apagan las reverberaciones que refulgían en sus flancos; nada suena ni resuena; las gargantas son mudas, los oídos sordos y el aire intermedio, como paralítico, es incapaz de vibrar. Lo demás es fantasmagoría, fiesta irreal de luz prendida un instante sobre las largas nubes vespertinas —pensamos. Y ya es casi un goce de nuestra falta de alegría perseguir con la mirada la espalda curva, rendida, de cada cosa que sigue su trayectoria solitaria. Y presentimos que hay dondequiera oculto un nervio que alguien se entretiene en punzar rítmicamente. En la estrella, en la ola marina, en el corazón del hombre, da su latido a compás el dolor inagotable.

Por José Ortega y Gasset

Los ónfalos

En este momento, en la Estación del Norte, hay una niña jugando. Aburrida mientras espera a que sus padres terminen algo, gira sobre sí misma mientras sonríe, mientras sonríe y la gente pasa ahogada en su prisa. Gira y gira, y el mundo sigue su curso. Nadie, ni siquiera ella, daría la más mínima importancia a su juego. Todos los que lo hiciesen, los que lo contemplasen como algo sin la más mínima trascendencia, estarían cometiendo un gran error. Si le preguntásemos a esta niña por qué lo hace, suponiendo que le detuviésemos para esto (cosa que podría ser un error), se encogería de hombros: no lo sabe pero lo hace. Gira, gira sobre si misma con los brazos extendidos, y su risa rasga el estruendo de murmullos y maletas.

Ella, inconsciente de su importancia, está sosteniendo el mundo.

No se lo digáis, no le hagáis saber que de su juego depende Todo, que su capricho es la misión más grandiosa que se puede llevar a cabo. Jamás contéis este secreto a los niños: si girasen con una intención, si girasen con razón y sin risas, todo se derrumbaría. Es nuestro secreto, el que de todos modos nadie creería.

Esa niña, con todos los que una u otra vez giran sobre sí mismos ajenos al exterior, es lo que los griegos llamaron “ónfalos”, el Ombligo del Mundo. Son los que lo sustentan todo, el pilar que permite que haya órbitas y gravedades, lo que mantiene en su lugar todas las Leyes descubiertas y por descubrir. Son lo que fue Delfos y su piedra enterrada, la que en tiempos tragó un titán creyendo que era su hijo. Son lo que fue el árbol donde colgó un aesir, como lo fue aquel otro nacido con el único objetivo de dar sombra a una meditación. Son lo que fueron los pedazos de madera donde expiró un buen hombre, son el fuego de las vestales, lo que fueron Jerusalén y la Meca, lo que fue la pequeña urna desconocida en que unos cavernícolas arrojaron sus sueños.

El papel de ónfalos ha cambiado a lo largo de los siglos, ha pasado de objeto en objeto, de acción en acción. Los hombres, de forma inconsciente (o eso prefieren creer los sabios) han estado a punto de destruirlos a menudo. Con cruzadas, con guerras y con talas, han hecho peligrar lo que existe. Antes de la pérdida de ónfalos anteriores, sin embargo, otros actos u objetos han tomado el relevo de forma, quizás, arbitraria, una metempsicosis del Sentido del Mundo. Los intentos de destruirlos suceden aún hoy día, cuando los adultos, irritados, ordenan a un niño que deje de girar y reír. ¿Son conscientes del horror que podrían desencadenar? ¿Saben lo que podría pasar si ningún niño girase y girase sin razón mientras ríe?

Todo se derrumbaría. Se teoriza que no habría ningún ruido, siendo este lo primero en desaparecer. Tampoco importaría: en cuestión de segundos Todo se deshacería de una forma que las palabras no entienden. Sin ruido ni risa ni Verbo que haga la luz, las cosas se romperían con que durante un solo instante ningún niño sostuviese la Creación. Con ese silencio que a veces precede a grandes ideas, se perderían los mares, las estrellas, las mareas, los nombres y los detalles sin importancia. No habría ni algo ni nada, sólo absoluto sinsentido que a nadie importaría.

Pero hoy, ahora, hay una niña en la Estación del Norte que juega a girar sobre sí misma. Es ella, que disfruta sin necesitar razones. Es ella quien sostiene el mundo.

El infierno

"El infierno son los demás"

Jean-Paul Sartre

El infierno, señor Sartre, no son los demás. El infierno es uno mismo. El infierno es estar atrapado en los círculos concéntricos del propio odio, es saber que en las venas tienes enraizadas la lava y la ceniza, es sentirse tan mal que no importe que en algún lugar del mundo haya una cabeza de niño cortada ni que delante tuya las palomas sigan volando hermosas. Es eso, ¡eso! Más doloroso que ver el asco en los ojos ajenos que amamos, es ver los ojos que amamos con todas las agujas de nuestros ojos decepcionados. El infierno está en uno mismo, en el sufrimiento de saberte herido, en que odiar sea el único camino y el único sentimiento. Todo lo anega el infierno con su fuego, entra por cada orificio, por cada poro, asfixiándote en llamas y si pudieras, oh, si pudieras, se las darías a todo, harías arder el mundo y derribarías los rascacielos de las otras felicidades, sin más, por puro odio que se alimenta mordiendo la cola ajena. El infierno es uno mismo, desnudo ante sus peores sentimientos, ante los pozos de brea destapados en el pecho. Enfrentarse cara a cara con que no somos tan buenos como nos gustaría ser, con que no podemos ser tan buenos como nos gustaría ser. El infierno está en cada cuál, en la necesidad de hacerle daño a lo que nos rodea esperando que cojan parte de nuestro interminable dolor. Es el infierno que se lleva cualquier flor y cualquier ala y cualquier hálito sereno sin dejar más que prado ennegrecido donde no ha de crecer la hierba. Es el infierno, y está en uno mismo.


Oda al Mar; por Pablo Neruda

Os dejo con un fragmento de la Oda al mar de Pablo Neruda. El resto del poema también es bonito, tratando sobre el mar respecto a los hombres y los pobres pescadores... Pero esta es la parte que más me gusta:




ODA AL MAR


Aquí en la isla
el mar
y cuánto mar
se sale de sí mismo
a cada rato,
dice que sí, que no,
que no, que no, que no,
dice que si, en azul,
en espuma, en galope,
dice que no, que no.
No puede estarse quieto,
me llamo mar, repite
pegando en una piedra
sin lograr convencerla,
entonces
con siete lenguas verdes
de siete perros verdes,
de siete tigres verdes,
de siete mares verdes,
la recorre, la besa,
la humedece
y se golpea el pecho
repitiendo su nombre.

Por Pablo Neruda

Dream Brother; de Jeff Buckley



Es una canción que personalmente me encanta de un cantante que, personalmente, me encanta más aún. Os dejo aquí mi cutre-traducción de la letra:

Hay un niño durmiendo junto a su gemelo
La imagen enloquece en una ráfaga de viento
Ese ángel oscuro que entra arrastrando los pies
Vigilándoles con sus alas de plumas negras desplegadas

El amor que perdiste, con su piel tan blanca
Está libre en el viento con su pelo acaramelado
Sus ojos verdes lanzaban adioses
Con su cabeza en sus manos
Y tu beso en los labios de otra
Hermano de Sueños con tus lágrimas esparcidas por el mundo

No seas como los que me hicieron tan viejo
No seas como ls que dejaron atrás su nombre
Porque te están esperando como lo esperé para mi
Y nadie vino jamás...

(BIS, BIS)
Jamás nadie...


Siento miedo y te llamo
Me encanta tu voz y tu enloquecida danza
Oigo tus palabras y sé de tu dolor
Con tu cabeza en tus manos y su beso en los labios de otro
Tus ojos al suelo y el mundo girando para siempre
Dormido en la arena con el océano que inunda
Dormido en la arena con el océano que inunda
Dormido en la arena con el océano que inunda
Dormido en la arena con el océano que inunda

Ah has conocido a quien amo
y has olido a quien te ama
Hermano de sueño, hermano de sueño, sueño, sueño
sueño dormido en la arena con el océano que inunda

De la ceniza volverás - fragmento

Os dejo con un fragmento de uno de los relatos en los que estoy trabajando. Si de momento no lo cuelgo entero se debe, entre otras cosas, a que estoy planteándome presentarlo a un concurso. Se basa en el monólogo de alguien con otro alguien que, se insinúa, es un fénix atrapado bajo las cenizas. Todos los párrafos, donde va analizando sus sentimientos y lo sucedido, terminan con la misma promesa: "de la ceniza volverás". Que, además, es el título de un libro de Ray Bradbury. A ver que os parece. Este es el 4º párrafo donde, tras hablar de cómo construyó su propia pira, se llega al fuego que le consumió:

(...) Vi lo que pasó, lo vi y me dolió tanto como a ti que lo sufrías. Estabas sobre tu torre de madera y no se te ocurrió que podía arder o derrumbarse o ambas cosas a la vez. A mí tampoco. Pero lo hizo, ardió y se derrumbó. Lo más notable fueron las llamas: aquel horrible fuego que, a base de ennegrecer, mataba; el causante de las cenizas que te encadenan. Fue horrible. Debió serlo para que a mí, con solo verte, me doliese en tu dolor. Las llamas se comieron la madera, la pira, te comieron la piel a base de ardores. Se tragaron incluso las flores, las pobres, en el fondo no eran nada más que decoración. Sí, las flores. Devoraron hasta las nomeolvides, y se fueron, con un solo quejido azul, sus pétalos azules y sus olores azules y sus sombras azules que prometían eternidad. Eran ceniza, o quizás no, pero en ceniza se convirtieron. Aún entonces lo pensaba, qué habías de volver. Decirlo, sin embargo, era imposible con el fuego desatado, con la garantía de la ceniza. Hubiese sido inadecuado, improcedente, y yo, atenazado por tu mismo dolor, era incapaz de coger aire para insistir en mi promesa. Ahora, en cambio, sí que puedo, fíjate: volverás. De la ceniza de tus obras, de las cenizas de nomeolvides, maderas e incienso, de la ceniza volverás. (...)"

Soy

SOY

Soy yo, o eso creo, con todas mis cenizas.
Soy yo, con las cicatrices, con el alfiler y la rosa.
Soy, puro en la pura lágrima o el puro polvo.
Soy yo, desangrado en mis soles perfectos, soy yo.

Soy él, que duerme como duerme el rey herido.
Soy él, que yace bajo la montaña de agujas.
Soy el, que agoniza entre los cadáveres de nomeolvides.
Soy él, desnudo para los fuegos, soy él.

Soy luz y no soy luz sin velos.
Soy viento y no soy viento derribado.
Soy algo y no soy algo con sentido
Soy yo y no soy yo, o eso quiero creer.

Pero tú, dime, tú, tú, ¿quién eres?


Por Andrés B. Mir

Perfecto; de Bei Dao

PERFECTO

al final de un día perfecto
los hombrecillos que buscan el amor
dejan cicatrices en el crepúsculo

debe existir un sueño perfecto
donde los ángeles atienden ciertos
privilegios venturosos

cuando suceda el crimen perfecto
los relojes estarán en hora
y los trenes se pondrán en marcha

una llama perfecta ambarina
los clientes de la guerra
giran alrededor para calentarse

por su imposible escenario la luna perfecta asciende
el farmacéutico está preparando
un tiempo totalmente envenenado

Por Bei Dao

Penélope

Así, por curiosidad, he descansado durante un rato del estudio de exámenes buscando algunos poemas sobre Penélope, personaje que personalmente siempre me gustó más que Ulises. Aquí os dejo algunos de los más interesantes:

PENÉLOPE

Pajarillo enjaulado, me han quitado los ojos
y tengo una cuadrícula
calcada sobre el mundo.
Ni mi propio sudor me pertenece.
Espera en la antesala, me dicen, y entrelazo
mis manos mientras cubro de envidia
las cabras que en el monte ramonean.
Ciega de historia y lino
me pierdo entre las sombras
y a tientas voy contando
la luz del mediodía.
Noche mía del fardo
que sin luces me arroja
la esperanza del tiempo
engastado en la letra. Noche mía, mi luz
cuadriculada en negro, cómo pesa
mi manto y su bordado, cuánto tarda
la paz negra del cielo, cuánto tarda.

Por Juana Castro

VIAJES DE PENÉLOPE

No basta con tejer para la espera
es preciso viajar: volar la pluma
por la ternura encuadernada en sueños:
chalupa más sutil
cóncava y ágil
que las viriles naves de Ulises
intermitentemente prisionero

Madre isla que estás venida a remos
convertida en solar de pretendientes:
infundiendo los viajes:
¿quién guardará tus playas de naufragio?
Penélope no está: queda su imagen

Por Juana Rosa Pita

PENÉLOPE

No creáis mi historia:
los hombres la forjaron
para que el sacro fuego de inventados hogares
no se apagara nunca en femeniles lámparas.

No creáis mi historia
Ni yo esperaba a Ulises
Tantas Troyas y mares y distancias y olvidos…,
ni mi urdimbre de tela
desurdida de noche
se trenzaba en su nombre.

Mi tela era mi escudo,
no del honor de Ulises,
no de la insomne espera
del ya más extranjero
que los lejanos príncipes que acechaban mi tálamo.

Y si el arco de Ulises
esperaba su brazo,
es porque yo al arquero
sólo desdén profeso,
y nada me interesan sus símbolos de pureza:
sus espadas, sus arcos,
sus tremolantes cascos
y las espesas sangres
de su inútil combate.

No creáis en mi historia
Cuando volvió el ausente
me encontró defendiendo con mi ingeniosa urdimbre
mi derecho inviolable al tálamo vacío,
a la paz de mis noches,
al buscado silencio:
la soledad es un lujo que los dioses envidian.

Por Isabel Rodríguez Baquero

Los pergaminos mágicos

He estado curioseando un libro que me compré hace tiempo, El gran libro de las brujas, de Rafael M. Mérida Jiménez. En contra de lo que podría esperarse con ese título, es un análisis la mar de interesante de la evolución del concepto de brujería desde la grecia clásica hasta el Santo Oficio, pasando por interesantes capítulos de la concepción provenzal o morisca de la magia. Algunos de los conjuros, de las recetas para realizar algo, las encuentro bastante curiosas, poéticas incluso.

Aquí os dejo las que más me llamaron en su momento la atención, de unos papiros encontrados en Egipto cuyas fechas van desde el I a.C. (el más antiguo) hasta la caída del Imperio Romano. Todos se conservan, como no, en el Museo del Saqueo Profesional, conocido sólo a veces como Museo Británico. Como es obvio, debían ser de gente con dinero y aburrida... Por eso mismo, la mayoría son conjuros de amor o de venganza.

El Papiro XXXVI es un conjuro de amor a través de una invocación a Hécate, el fragmento del papiro IV (el más extenso) es una oración para recoger plantas que se fuesen a usar en rituales, el del papiro VII es la receta para un "filtro" de amor y el del papiro XIV es una invocación con malas intenciones a Set. Sin más, os dejo con esta muestra de arqueología tan curiosa:

Del Papiro mágico XXXVI:

Escribe sobre un trozo de cerámica cruda con un estilo de bronce:
Hécate, Hécate trimorfa, ahora que están completos los signos mágicos todos de cada forma, te conjuro a tí por el gran nombre de Ablatanata y por el poder de Agramari, porque te conjuro a ti que contienes el fuego, y a los que hay en él, a que [nombre de persona] se consuma en el fuego, a que le empujes hacia mí, porque yo sostengo en mi mano derecha las dos serpientes y la victoria de Iao Sabaot y por el gran nombre Bilcantri mopheche, tu que blandes el fuego. Que me ame ardientemente, que arda de amor por mí, sí, que sufra. Yo soy Sincutuel.

Del Papiro mágico IV:

Fuiste sembrada por Cronos, concebida por Hera, guardada por Amón, parida por Isis, alimentada por la lluvia de Zeus y creciste gracias a Helios y al rocío.
Tú eres el rocío de todos los dioses,
tú eres el corazón de Hermes,
tú eres la simiente de los dioses primeros,
tú eres el ojo de Helios,
tú eres la luz de Selene,
tú eres el celo de Osiris,
tú eres la belleza y la gloria de Urano,
tú eres el alma del demon de Osiris, la que se regocija en todo lugar,
tú eres el espíritu de amón.
Como tú exaltas a Osiris, así exáltate a ti misma y levántate igual que Helios se levanta cada día.
Tu tamaño coincide con el de la mitad del camino de Helios,
tus raíces son como las del abismo,
tus fuerzas están en el corazón de Hermes,
tus partes leñosas son los huesos de Mnevis,
y tus flores son el ojo de Horus;
tu semilla es la semilla de Pan.
Yo te lavo con resina igual que a los dioses, también para mi salud,
Queda purificada con mis oraciones y danos fuerza como Ares y Atenea.
Yo soy Hermes.
Te cojo con la Suerte Buena y con el Demon Bueno y en buena hora y más en buen día y con buen hacer en todo.

Del Papiro mágico VII:

Ante un vaso con vino, recita siete veces la siguiente fórmula: "Tú eres vino. No eres vino, sino la cabeza de Atenea. Tú eres vino. No eres vino, sino las entrañas de Osiris, las entrañas de Iao, Pacerbet; semesilam oo e patachna iaaa. En el momento en que entres en las entrañas de [nombre de persona] haz que me ame a mí, todo el tiempo de su vida.

Del Papiro mágico XIV:

Te invoco a ti, el que está en el espacio vacío, el terrible, indivisible, todopoderoso, dios de dioses, que produce la ruina y la aridez, el que odia una casa bien establecida, tú que fuiste expulsado de Egipto y viviste fuera de tu tierra, el que todo lo destruyó sin ser vencido.
A ti te invoco, Tifón-Set, te ordeno que vaticines, porque invoco tu nombre auténtico con palabras que no puedes desoír:
ïo Erbet, ïo Pacerbet, ïo Bolcoset, ïo Patatnax, ïo Ssoro, ïo Nebutosualet Aktiofi, Eresquigal, Nebutosoalet, aberamenthoou lerthexanax ethrelyoth nemareba, aemina.

Ven junto a mí, camina y arroja a [nombre de persona] en el escalofrío y en la fiebre. Obró mal contra mí y derramó la sangre de Tifón en su propia casa. Por ello haz [deseo]

Alma

ALMA

Déjale.
Déjale ser ella.
Déja que se enrede
como se enredan las cosas que vibran,
que vuelan,
las cosas que saben
que habrán de morir.


Por Andrés B. Mir