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La nieve

Os presento un corto relato escrito en Gottinhem, Alemania. Su clima, aunque bonito, puede resultar un poco deprimente si uno no va cargado de optimismo. No era mi caso, qué duda cabe... La imagen, tan ilustradora ella, es de un asunto raro: una imprevista tormenta de nieve que acabó con un bosque entero en China. Bien, sin más os dejo con La nieve:





LA NIEVE

Hoy nieva. Bajo el cielo cae toda el agua del mundo; lenta, blanca, congelada. Hoy nieva, copo a copo, hasta llenar la tierra y ahogar las aguas. Nieva, en fin, y hay pocas cosas de las que hablar porque la nieve se asegura de ocuparlo todo, de llenarlo todo en su blancura heladora.

Tengo los labios ateridos, como la mente y las ideas; en esas arrugas que deberían surgirme si consigo sonreír y que ahora no ves se está acumulando la escarcha. Aún así, me apetece decir algo. Tengo que hablar o correré el riesgo de dejar que la nieve se pose del todo, el riesgo de que deje de nevar y aún no haya logrado hacer que lo entiendas. Sufro el miedo a que no te importe saber o no saber, pero creo que no tengo otro remedio que intentar hablar antes de que la nieve termine de estrellarse, suavemente, sobre el mundo.

Me dirás: “tengo ateridos oído y corazón, tiritando está mi boca si consigue tomar aire, congeladas mis manos si sostienen el mundo. No te puedo escuchar”. Te diré que no, que no es así o al menos no exactamente. Te diré que está nevando al otro lado del cristal y que si somos lo bastante astutos podremos engañarnos y fingir que la estufa nos protege del frío, que las mantas nos guardan. Así, si te aprietas contra la estufa y te arrebujas, si te engañas lo suficiente, podré contarte secretos sobre la nieve de esos que no salen en los libros.

Podré susurrarle a tus ojos ateridos que la nieve nace por encima del mundo. Nace en frío, en nube, en gris, por encima de todos los pecados y viéndolos reflejados contra sus cirros, sus cúmulos y sus estratos. No nace como la lluvia, gotas iguales entre sí que descienden a toda velocidad, como estrellas fugaces, intentando inútilmente lavar al mundo del polvo, no. En su lugar, nace con suavidad y observando el mundo triste, nace y no se lanza, flota. Cae lenta la nieve, cae todo lo lenta que puede sabiendo que cada segundo es un segundo de estar respirándose distinta, libre del cieno y sus horrores. Contra su voluntad, cae igualmente.

La nieve, continuaré recitando bajo tus labios ateridos, se esfuerza en taparlo todo, en quedar donde se posa para siempre. Teje una superficie imperturbable ahogando la tierra, ahogando las aguas heladas y hasta ahogando las ganas de vivir para siempre. No es que la nieve odie lo que cubre, no es que intente matarlo, no del todo. Pero si lograse enterrarlo para siempre, estaría contenta.

Basta preguntarle y la nieve que cae y ha caído se permite repetir su cantinela, sus razones, ¿le escuchas? “No hay amor bajo el cielo, no hay sentido bajo el cielo, no hay nada en faz de la tierra que aún se merezca existir”, canturrean los copos que descienden. “¿Para qué tanto dolor, tanto correr, tanto hilarse para enredarse hasta la muerte?”, continúan, “¿Para qué tanto correr por encima del polvo, sobre el polvo, con el polvo? ¿Para qué, para qué pudiendo estar todo sereno bajo un solo abrazo de blanco?” Los copos se posan e insisten: “no hay amor, no hay amor, no hay ni piedad ni amor”, cada uno en su voz propia. “No hay amor en la flor que se abre, en el niño que nace o en la espiga que contra toda gravedad se obstina en alzarse”. Y viendo que no hay amor, mata a la flor en su semilla, corta la espiga, deja que el niño se pudra de blanco hasta que deje de llorar. No, la nieve no odia, simplemente está segura de que habría más paz bajo su abrazo infinito, su manto inapelable.

Pero hay algo más que quizás deba aprovechar para decirte sobre la nieve, algo blanco. Un secreto frío e inadecuado, algo aún más triste que esa falta de piedad hacia un mundo sin amor que se empecina en buscarlo. No sé si debo hablar. Ya no hay parte de ti que no tirite, que no tiemble helada. Los ojos te brillan al borde de la muerte y mucho me temo que recuerdan a ese hielo que a veces se forma en los charcos. Ya ni la estufa te engaña ni tampoco mis verdades y supongo, temo, que no hay marcha atrás como no hay amor. Te diré, en fin, la verdad que ya sabes gracias a la nieve que cae y cae y por piedad se posa sin piedad sobre las cosas del mundo.

Nieva, cae la nieve, los copos pasan, pisan, pesan sobre la tierra. Pero hay más, y es peor y es decir que en todas partes nieva. No hay ventana ni estufa ni abrigo que te proteja, no hay reducto donde esconderse de los copos inasibles. Tampoco se esquiva su abrazo a este lado del cristal. Nieva sobre los pecados, sobre las almas y las cabezas coronadas de flores. La nieve insiste en golpear al corazón de los hombres, a su aliento, a su voz, a sus ojos vidriosos. Cae copo tras copo, invisibles. Golpean como un ariete en el pecho, uno a uno, cayendo dolorosos y leves hasta derribar el último muro; golpean hasta colarse por todo resquicio, por toda grieta, hasta rendir cualquier calidez.

Nieva así sobre los hombres nacidos para la muerte sin que a nadie le importe. La nieve cae y cae cantando que no hay amor bajo su blancura, que no hay piedad en el pecho de los vivos, que nadie a nadie nada le debe o nada le quiere deber. Es así como la nieve se posa queda, aplastando la sangre en las venas, cubriendo el dolor y las plegarias y cubriendo incluso las ganas de seguir viviendo y haciendo que tú te dejes morir helado en esa nieve que cae y cae al otro lado del cristal.


Por Andrés B. Mir

Stabat mater

Bueno, tras el rap colocado por Almijara, limpiaré en parte el blog de tanta maldad moderna con algo de música de aire clasicón e inspiración sacra. Se trata del Stabat mater, una pieza de Pergolesi que personalmente me encanta:

Miserere - Michael Nyman

Aquí os dejo con una canción preciosa de Michael Nyman: Miserere. Es parte de la banda sonora de El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante, una magnífica película de Peter Greenaway. Lenta y melancólica, parece ser que el autor se inspiró en música coral medieval (miserere mei es una construcción típica de oración cristiana, para qué engañarnos) restándole artificios con su peculiar estilo.

El perseguidor

EL PERSEGUIDOR, por Andrés B. Mir

Ya es la hora. Suena la música correcta y, quizás, las estrellas están alineadas. ¡Ya es la hora! Trepa por tu espalda con pisadas de violín, te araña la columna y sus heridas cantan que no hay dolor, que no hay dolor, que todo tu dolor era mentira, todo tú era mentira. Todo va al compás del monstruo que escala y la luz se estrella y se rompe en pedazos contra el techo de las hojas. Ellas están allá, verdes, y se estrechan y reviven y le besan y le violan y hacen que la luz manche el suelo fragmentada. Y tú eres tan feliz que querrías gritarles que sigan así, brillando una en otra para siempre, para siempre.

Los pájaros levantan el vuelo a tus pasos y en sus alas, estás seguro, es donde está lo que persigues: el secreto del que el monstruo no es más que un presagio. ¡Allí! Por tu piel se deslizan las arañas a millares, hijas de la bestia, que ya se ha asentado en tu nuca y amenaza dando a luz infinitos estremecimientos.

Pero tu corres, al menos mientras aún sabes por los gritos de ese monstruo perfecto que estás cerca, que estás cerca, que estás a punto de rozarlo, que alcanzarás el secreto con tan sólo apretar el paso. Camina, por Dios, camina, que sientes sin pizca de duda que esta, como tantas otras, puede ser la última vez que estés tan cerca Corre bajo las hojas y las alas y deja que los pájaros canten que no hay dolor, que no hay fealdad, que todo tú era mentira.

Tú finge que no te importa, pues no debe deber importarte, sólo debes andar y soportar el éxtasis de los insectos, la sensación aviesa de que hasta estos segundos de pasos nunca has sido, de que nunca has sido tan puro. La bestia insiste, pariendo su alud incesante. Redobla sus arañazos y hace que todo cante que todo tú era mentira, que sólo este ahora vale algo, y lo canta en luz y en verde y en ala y en violines. Lo grita porque estás más cerca y tú lo sabes y al mismo tiempo te estas perdiendo en el gozo de sus berridos y estás apretando el paso y ni tú mismo sabes cómo logras hacer ambas cosas a la vez, pero lo haces.

Ya casi corres, casi corres arrastrado y tus ojos brillan, poseído bajo el canto de la bestia. Sabes que deberías llorar y que quieres llorar porque todo canta con demasiada belleza, y te dices “hazlo si tienes que hacerlo pero no dejes de andar”, así que lo haces y permites que las lágrimas se te vayan escapando y ya casi no sientes tus pasos, dirías que no tocas el suelo sostenido entre el canto, la lágrima y el gozo más absoluto.

Sin sentir el pavimento corres, corres porque es lo único que vale la pena bajo el sol, porque el secreto, lo intuyes, es de una belleza que oscurece todo, es una belleza que embriaga todo y rompe todo y es toda belleza cantada alguna vez por grillos. Corres, corre, corre y ya hasta tus pasos cantan que no hay dolor, que no hay dolor, que todo pasa y este secreto subyace y que estás tan cerca que jamás lo alcanzarás para gozar para siempre.

Pero tu ya corres por correr y eres tan feliz que sólo eres feliz y ya eres todo escalofrío. Alzas la cabeza hacia la luz y ella insiste en repetir el canto y tu quieres sonreír porque estás llorando. Sabes que pasará y que acabarás por morir, que no habrás visto el secreto, y aún así corres y lloras y no importa, y no importa, y todo dolor es puro, todo éxtasis es puro y todo es puro y sostenido. Quieres gritarle al mundo que vea lo que pasa o al menos sonreír a ese secreto que juega contigo, pero no puedes y tus labios se entreabren y no escapa nada más que un aliento, quizás oración a una belleza inapelable que sabes que casi habrás alcanzando.

Y el escalofrío es tan intenso y el monstruo grita ya con tanta fuerza que el gozo y la luz amenazan con ahogarte. Vas a morir, vas a asfixiarte en el éxtasis para el que estás hecho y nadie sabrá nunca como moriste si eras joven y paseabas por una calle en otoño y no había nadie, nadie, ni una viejita dando de comer a las palomas bajo el dosel de las hojas. Pero te verán con la sonrisa en la muerte y quizás intuyan que no hay dolor, que no hay muerte ni placer ni eternidades, que sólo hay algunos fragmentos perfectos de Belleza.

Y el Invierno Vuelve



A veces parece que el invierno llega a nuestra vida, da igual que esté volviendo la primavera y da igual que haya 40 grados a la sombra.
Hace ya tiempo escuché precisamente en el viento de un “invierno” muy frio, que me sacudía de un lado a otro, una historia que me hizo transportarme al lugar de donde nacen las cosas.

¡Ese lugar era tan mágico!, siempre me lo imaginé así, pues como podía ser un lugar que lo crea todo, que crea lo bello y lo grotesco, lo perpetuo y lo efímero, lo que nos da la vida y lo que nos duele. Ese lugar era la fuente de todo ser, hacía fuerte todo lo que parecía frágil y derrumbaba fortalezas y castillos con una facilidad estremecedora. El viento que me zarandeaba, la pesadilla en la que me veía envuelta se convirtió en una sensación extraña, ¡como de vida!, tengo que reconocer que me quemaba por dentro.

Yo aún era más delgada que ahora, el viento era frío y casi me tumbaba, avanzaba a una velocidad de medio paso por hora, pero, en ese medio paso podía ver las imágenes contenidas de los ancianos al morir, la sorpresa exaltada de los niños al aprender que si es cierto que se puede volar.

Eso nunca mas lo he vuelto a soñar, me acostaba cada noche queriendo volver al sueño de ese “invierno que parecía triste”, ¡le pedía que regresara!, pero solo podía soñar con veranos simplones que habían perdido para mí todo el atractivo.

-“¡vuelve!, vuelve, vueeeelve…”

Lo pedía exultando, con sinceridad e impaciencia. Pero nada, parecía que no podía ser.

Con el tiempo aprendí que los sueños no hay que esperarlos, ni desearlos, ni siquiera se pueden construir, sino que se presentaban ellos solos y había que cazarlos, y vivirlos, sino nos pueden decepcionar; los sueños más hermosos son los que se viven sin más, esos son los que nos dan la belleza y la paz.

Todavía tengo que aprender mucho del viento, que me hizo escuchar y que casi me derrumbaba, del invierno, incluso del verano, que no deseo. Tengo que aprender a volver a vivir en el más puro lugar de donde nace el Amor. Una vez volví, hace no mucho y todo seguía tan hermoso como siempre. Ahora vivo la realidad con todo eso guardado en mi corazón.

Reconozco que en mis sueños solo he ido acompañada a ese lugar; quizá volveré cuando pueda ir acompañada de alguien a quien no amo y pueda hacerle disfrutar. Mientras solo queda esperar.

Adela Sánchez

Cuando no hay alegría; de Ortega y Gasset

CUANDO NO HAY ALEGRÍA

Cuando no hay alegría, el alma se retira a un rincón de nuestro cuerpo y hace de él su cubil. De cuando en cuando da un aullido lastimero o enseña los dientes a las cosas que pasan. Y todas las cosas nos parece que hacen camino rendidas bajo el fardo de su destino y que ninguna tiene vigor bastante para danzar con él sobre los hombros. La vida nos ofrece un panorama de universal esclavitud. Ni el árbol trémulo, ni la sierra que incorpora vacilante su pesadumbre, ni el viejo monumento que perpetúa en vano su exigencia de ser admirado, ni el hombre que, ande por donde ande, lleva siempre el semblante de estar subiendo una cuesta —nada, nadie manifiesta mayor vitalidad que la estrictamente necesaria para alimentar su dolor y sostener en pie su desesperación.

Y, además, cuando no hay alegría, creemos hacer un atroz descubrimiento. Muy especialmente si la falta de alegría proviene de un dolor físico percibimos con extraña evidencia la línea negra que limita cada ser y lo encierra dentro de sí, sin ventanas hacia fuera, como Leibniz decía, pero sin el infinito que este hombre contento metía dentro de cada uno. Este es el descubrimiento que hacemos por medio del dolor como por medio de un microscopio: la soledad de cada cosa.

Y como la gracia y la alegría y el lujo de las cosas consisten en los reflejos innumerables que las unas lanzan sobre las otras y de ellas reciben —la sardana que bailan cogidas todas de la mano—, la sospecha de su soledad radical parece rebajar el pulso del mundo. Se apagan las reverberaciones que refulgían en sus flancos; nada suena ni resuena; las gargantas son mudas, los oídos sordos y el aire intermedio, como paralítico, es incapaz de vibrar. Lo demás es fantasmagoría, fiesta irreal de luz prendida un instante sobre las largas nubes vespertinas —pensamos. Y ya es casi un goce de nuestra falta de alegría perseguir con la mirada la espalda curva, rendida, de cada cosa que sigue su trayectoria solitaria. Y presentimos que hay dondequiera oculto un nervio que alguien se entretiene en punzar rítmicamente. En la estrella, en la ola marina, en el corazón del hombre, da su latido a compás el dolor inagotable.

Por José Ortega y Gasset

Los ónfalos

En este momento, en la Estación del Norte, hay una niña jugando. Aburrida mientras espera a que sus padres terminen algo, gira sobre sí misma mientras sonríe, mientras sonríe y la gente pasa ahogada en su prisa. Gira y gira, y el mundo sigue su curso. Nadie, ni siquiera ella, daría la más mínima importancia a su juego. Todos los que lo hiciesen, los que lo contemplasen como algo sin la más mínima trascendencia, estarían cometiendo un gran error. Si le preguntásemos a esta niña por qué lo hace, suponiendo que le detuviésemos para esto (cosa que podría ser un error), se encogería de hombros: no lo sabe pero lo hace. Gira, gira sobre si misma con los brazos extendidos, y su risa rasga el estruendo de murmullos y maletas.

Ella, inconsciente de su importancia, está sosteniendo el mundo.

No se lo digáis, no le hagáis saber que de su juego depende Todo, que su capricho es la misión más grandiosa que se puede llevar a cabo. Jamás contéis este secreto a los niños: si girasen con una intención, si girasen con razón y sin risas, todo se derrumbaría. Es nuestro secreto, el que de todos modos nadie creería.

Esa niña, con todos los que una u otra vez giran sobre sí mismos ajenos al exterior, es lo que los griegos llamaron “ónfalos”, el Ombligo del Mundo. Son los que lo sustentan todo, el pilar que permite que haya órbitas y gravedades, lo que mantiene en su lugar todas las Leyes descubiertas y por descubrir. Son lo que fue Delfos y su piedra enterrada, la que en tiempos tragó un titán creyendo que era su hijo. Son lo que fue el árbol donde colgó un aesir, como lo fue aquel otro nacido con el único objetivo de dar sombra a una meditación. Son lo que fueron los pedazos de madera donde expiró un buen hombre, son el fuego de las vestales, lo que fueron Jerusalén y la Meca, lo que fue la pequeña urna desconocida en que unos cavernícolas arrojaron sus sueños.

El papel de ónfalos ha cambiado a lo largo de los siglos, ha pasado de objeto en objeto, de acción en acción. Los hombres, de forma inconsciente (o eso prefieren creer los sabios) han estado a punto de destruirlos a menudo. Con cruzadas, con guerras y con talas, han hecho peligrar lo que existe. Antes de la pérdida de ónfalos anteriores, sin embargo, otros actos u objetos han tomado el relevo de forma, quizás, arbitraria, una metempsicosis del Sentido del Mundo. Los intentos de destruirlos suceden aún hoy día, cuando los adultos, irritados, ordenan a un niño que deje de girar y reír. ¿Son conscientes del horror que podrían desencadenar? ¿Saben lo que podría pasar si ningún niño girase y girase sin razón mientras ríe?

Todo se derrumbaría. Se teoriza que no habría ningún ruido, siendo este lo primero en desaparecer. Tampoco importaría: en cuestión de segundos Todo se deshacería de una forma que las palabras no entienden. Sin ruido ni risa ni Verbo que haga la luz, las cosas se romperían con que durante un solo instante ningún niño sostuviese la Creación. Con ese silencio que a veces precede a grandes ideas, se perderían los mares, las estrellas, las mareas, los nombres y los detalles sin importancia. No habría ni algo ni nada, sólo absoluto sinsentido que a nadie importaría.

Pero hoy, ahora, hay una niña en la Estación del Norte que juega a girar sobre sí misma. Es ella, que disfruta sin necesitar razones. Es ella quien sostiene el mundo.

El infierno

"El infierno son los demás"

Jean-Paul Sartre

El infierno, señor Sartre, no son los demás. El infierno es uno mismo. El infierno es estar atrapado en los círculos concéntricos del propio odio, es saber que en las venas tienes enraizadas la lava y la ceniza, es sentirse tan mal que no importe que en algún lugar del mundo haya una cabeza de niño cortada ni que delante tuya las palomas sigan volando hermosas. Es eso, ¡eso! Más doloroso que ver el asco en los ojos ajenos que amamos, es ver los ojos que amamos con todas las agujas de nuestros ojos decepcionados. El infierno está en uno mismo, en el sufrimiento de saberte herido, en que odiar sea el único camino y el único sentimiento. Todo lo anega el infierno con su fuego, entra por cada orificio, por cada poro, asfixiándote en llamas y si pudieras, oh, si pudieras, se las darías a todo, harías arder el mundo y derribarías los rascacielos de las otras felicidades, sin más, por puro odio que se alimenta mordiendo la cola ajena. El infierno es uno mismo, desnudo ante sus peores sentimientos, ante los pozos de brea destapados en el pecho. Enfrentarse cara a cara con que no somos tan buenos como nos gustaría ser, con que no podemos ser tan buenos como nos gustaría ser. El infierno está en cada cuál, en la necesidad de hacerle daño a lo que nos rodea esperando que cojan parte de nuestro interminable dolor. Es el infierno que se lleva cualquier flor y cualquier ala y cualquier hálito sereno sin dejar más que prado ennegrecido donde no ha de crecer la hierba. Es el infierno, y está en uno mismo.


Oda al Mar; por Pablo Neruda

Os dejo con un fragmento de la Oda al mar de Pablo Neruda. El resto del poema también es bonito, tratando sobre el mar respecto a los hombres y los pobres pescadores... Pero esta es la parte que más me gusta:




ODA AL MAR


Aquí en la isla
el mar
y cuánto mar
se sale de sí mismo
a cada rato,
dice que sí, que no,
que no, que no, que no,
dice que si, en azul,
en espuma, en galope,
dice que no, que no.
No puede estarse quieto,
me llamo mar, repite
pegando en una piedra
sin lograr convencerla,
entonces
con siete lenguas verdes
de siete perros verdes,
de siete tigres verdes,
de siete mares verdes,
la recorre, la besa,
la humedece
y se golpea el pecho
repitiendo su nombre.

Por Pablo Neruda

Dream Brother; de Jeff Buckley



Es una canción que personalmente me encanta de un cantante que, personalmente, me encanta más aún. Os dejo aquí mi cutre-traducción de la letra:

Hay un niño durmiendo junto a su gemelo
La imagen enloquece en una ráfaga de viento
Ese ángel oscuro que entra arrastrando los pies
Vigilándoles con sus alas de plumas negras desplegadas

El amor que perdiste, con su piel tan blanca
Está libre en el viento con su pelo acaramelado
Sus ojos verdes lanzaban adioses
Con su cabeza en sus manos
Y tu beso en los labios de otra
Hermano de Sueños con tus lágrimas esparcidas por el mundo

No seas como los que me hicieron tan viejo
No seas como ls que dejaron atrás su nombre
Porque te están esperando como lo esperé para mi
Y nadie vino jamás...

(BIS, BIS)
Jamás nadie...


Siento miedo y te llamo
Me encanta tu voz y tu enloquecida danza
Oigo tus palabras y sé de tu dolor
Con tu cabeza en tus manos y su beso en los labios de otro
Tus ojos al suelo y el mundo girando para siempre
Dormido en la arena con el océano que inunda
Dormido en la arena con el océano que inunda
Dormido en la arena con el océano que inunda
Dormido en la arena con el océano que inunda

Ah has conocido a quien amo
y has olido a quien te ama
Hermano de sueño, hermano de sueño, sueño, sueño
sueño dormido en la arena con el océano que inunda

De la ceniza volverás - fragmento

Os dejo con un fragmento de uno de los relatos en los que estoy trabajando. Si de momento no lo cuelgo entero se debe, entre otras cosas, a que estoy planteándome presentarlo a un concurso. Se basa en el monólogo de alguien con otro alguien que, se insinúa, es un fénix atrapado bajo las cenizas. Todos los párrafos, donde va analizando sus sentimientos y lo sucedido, terminan con la misma promesa: "de la ceniza volverás". Que, además, es el título de un libro de Ray Bradbury. A ver que os parece. Este es el 4º párrafo donde, tras hablar de cómo construyó su propia pira, se llega al fuego que le consumió:

(...) Vi lo que pasó, lo vi y me dolió tanto como a ti que lo sufrías. Estabas sobre tu torre de madera y no se te ocurrió que podía arder o derrumbarse o ambas cosas a la vez. A mí tampoco. Pero lo hizo, ardió y se derrumbó. Lo más notable fueron las llamas: aquel horrible fuego que, a base de ennegrecer, mataba; el causante de las cenizas que te encadenan. Fue horrible. Debió serlo para que a mí, con solo verte, me doliese en tu dolor. Las llamas se comieron la madera, la pira, te comieron la piel a base de ardores. Se tragaron incluso las flores, las pobres, en el fondo no eran nada más que decoración. Sí, las flores. Devoraron hasta las nomeolvides, y se fueron, con un solo quejido azul, sus pétalos azules y sus olores azules y sus sombras azules que prometían eternidad. Eran ceniza, o quizás no, pero en ceniza se convirtieron. Aún entonces lo pensaba, qué habías de volver. Decirlo, sin embargo, era imposible con el fuego desatado, con la garantía de la ceniza. Hubiese sido inadecuado, improcedente, y yo, atenazado por tu mismo dolor, era incapaz de coger aire para insistir en mi promesa. Ahora, en cambio, sí que puedo, fíjate: volverás. De la ceniza de tus obras, de las cenizas de nomeolvides, maderas e incienso, de la ceniza volverás. (...)"

Soy

SOY

Soy yo, o eso creo, con todas mis cenizas.
Soy yo, con las cicatrices, con el alfiler y la rosa.
Soy, puro en la pura lágrima o el puro polvo.
Soy yo, desangrado en mis soles perfectos, soy yo.

Soy él, que duerme como duerme el rey herido.
Soy él, que yace bajo la montaña de agujas.
Soy el, que agoniza entre los cadáveres de nomeolvides.
Soy él, desnudo para los fuegos, soy él.

Soy luz y no soy luz sin velos.
Soy viento y no soy viento derribado.
Soy algo y no soy algo con sentido
Soy yo y no soy yo, o eso quiero creer.

Pero tú, dime, tú, tú, ¿quién eres?


Por Andrés B. Mir

Perfecto; de Bei Dao

PERFECTO

al final de un día perfecto
los hombrecillos que buscan el amor
dejan cicatrices en el crepúsculo

debe existir un sueño perfecto
donde los ángeles atienden ciertos
privilegios venturosos

cuando suceda el crimen perfecto
los relojes estarán en hora
y los trenes se pondrán en marcha

una llama perfecta ambarina
los clientes de la guerra
giran alrededor para calentarse

por su imposible escenario la luna perfecta asciende
el farmacéutico está preparando
un tiempo totalmente envenenado

Por Bei Dao

Penélope

Así, por curiosidad, he descansado durante un rato del estudio de exámenes buscando algunos poemas sobre Penélope, personaje que personalmente siempre me gustó más que Ulises. Aquí os dejo algunos de los más interesantes:

PENÉLOPE

Pajarillo enjaulado, me han quitado los ojos
y tengo una cuadrícula
calcada sobre el mundo.
Ni mi propio sudor me pertenece.
Espera en la antesala, me dicen, y entrelazo
mis manos mientras cubro de envidia
las cabras que en el monte ramonean.
Ciega de historia y lino
me pierdo entre las sombras
y a tientas voy contando
la luz del mediodía.
Noche mía del fardo
que sin luces me arroja
la esperanza del tiempo
engastado en la letra. Noche mía, mi luz
cuadriculada en negro, cómo pesa
mi manto y su bordado, cuánto tarda
la paz negra del cielo, cuánto tarda.

Por Juana Castro

VIAJES DE PENÉLOPE

No basta con tejer para la espera
es preciso viajar: volar la pluma
por la ternura encuadernada en sueños:
chalupa más sutil
cóncava y ágil
que las viriles naves de Ulises
intermitentemente prisionero

Madre isla que estás venida a remos
convertida en solar de pretendientes:
infundiendo los viajes:
¿quién guardará tus playas de naufragio?
Penélope no está: queda su imagen

Por Juana Rosa Pita

PENÉLOPE

No creáis mi historia:
los hombres la forjaron
para que el sacro fuego de inventados hogares
no se apagara nunca en femeniles lámparas.

No creáis mi historia
Ni yo esperaba a Ulises
Tantas Troyas y mares y distancias y olvidos…,
ni mi urdimbre de tela
desurdida de noche
se trenzaba en su nombre.

Mi tela era mi escudo,
no del honor de Ulises,
no de la insomne espera
del ya más extranjero
que los lejanos príncipes que acechaban mi tálamo.

Y si el arco de Ulises
esperaba su brazo,
es porque yo al arquero
sólo desdén profeso,
y nada me interesan sus símbolos de pureza:
sus espadas, sus arcos,
sus tremolantes cascos
y las espesas sangres
de su inútil combate.

No creáis en mi historia
Cuando volvió el ausente
me encontró defendiendo con mi ingeniosa urdimbre
mi derecho inviolable al tálamo vacío,
a la paz de mis noches,
al buscado silencio:
la soledad es un lujo que los dioses envidian.

Por Isabel Rodríguez Baquero

Los pergaminos mágicos

He estado curioseando un libro que me compré hace tiempo, El gran libro de las brujas, de Rafael M. Mérida Jiménez. En contra de lo que podría esperarse con ese título, es un análisis la mar de interesante de la evolución del concepto de brujería desde la grecia clásica hasta el Santo Oficio, pasando por interesantes capítulos de la concepción provenzal o morisca de la magia. Algunos de los conjuros, de las recetas para realizar algo, las encuentro bastante curiosas, poéticas incluso.

Aquí os dejo las que más me llamaron en su momento la atención, de unos papiros encontrados en Egipto cuyas fechas van desde el I a.C. (el más antiguo) hasta la caída del Imperio Romano. Todos se conservan, como no, en el Museo del Saqueo Profesional, conocido sólo a veces como Museo Británico. Como es obvio, debían ser de gente con dinero y aburrida... Por eso mismo, la mayoría son conjuros de amor o de venganza.

El Papiro XXXVI es un conjuro de amor a través de una invocación a Hécate, el fragmento del papiro IV (el más extenso) es una oración para recoger plantas que se fuesen a usar en rituales, el del papiro VII es la receta para un "filtro" de amor y el del papiro XIV es una invocación con malas intenciones a Set. Sin más, os dejo con esta muestra de arqueología tan curiosa:

Del Papiro mágico XXXVI:

Escribe sobre un trozo de cerámica cruda con un estilo de bronce:
Hécate, Hécate trimorfa, ahora que están completos los signos mágicos todos de cada forma, te conjuro a tí por el gran nombre de Ablatanata y por el poder de Agramari, porque te conjuro a ti que contienes el fuego, y a los que hay en él, a que [nombre de persona] se consuma en el fuego, a que le empujes hacia mí, porque yo sostengo en mi mano derecha las dos serpientes y la victoria de Iao Sabaot y por el gran nombre Bilcantri mopheche, tu que blandes el fuego. Que me ame ardientemente, que arda de amor por mí, sí, que sufra. Yo soy Sincutuel.

Del Papiro mágico IV:

Fuiste sembrada por Cronos, concebida por Hera, guardada por Amón, parida por Isis, alimentada por la lluvia de Zeus y creciste gracias a Helios y al rocío.
Tú eres el rocío de todos los dioses,
tú eres el corazón de Hermes,
tú eres la simiente de los dioses primeros,
tú eres el ojo de Helios,
tú eres la luz de Selene,
tú eres el celo de Osiris,
tú eres la belleza y la gloria de Urano,
tú eres el alma del demon de Osiris, la que se regocija en todo lugar,
tú eres el espíritu de amón.
Como tú exaltas a Osiris, así exáltate a ti misma y levántate igual que Helios se levanta cada día.
Tu tamaño coincide con el de la mitad del camino de Helios,
tus raíces son como las del abismo,
tus fuerzas están en el corazón de Hermes,
tus partes leñosas son los huesos de Mnevis,
y tus flores son el ojo de Horus;
tu semilla es la semilla de Pan.
Yo te lavo con resina igual que a los dioses, también para mi salud,
Queda purificada con mis oraciones y danos fuerza como Ares y Atenea.
Yo soy Hermes.
Te cojo con la Suerte Buena y con el Demon Bueno y en buena hora y más en buen día y con buen hacer en todo.

Del Papiro mágico VII:

Ante un vaso con vino, recita siete veces la siguiente fórmula: "Tú eres vino. No eres vino, sino la cabeza de Atenea. Tú eres vino. No eres vino, sino las entrañas de Osiris, las entrañas de Iao, Pacerbet; semesilam oo e patachna iaaa. En el momento en que entres en las entrañas de [nombre de persona] haz que me ame a mí, todo el tiempo de su vida.

Del Papiro mágico XIV:

Te invoco a ti, el que está en el espacio vacío, el terrible, indivisible, todopoderoso, dios de dioses, que produce la ruina y la aridez, el que odia una casa bien establecida, tú que fuiste expulsado de Egipto y viviste fuera de tu tierra, el que todo lo destruyó sin ser vencido.
A ti te invoco, Tifón-Set, te ordeno que vaticines, porque invoco tu nombre auténtico con palabras que no puedes desoír:
ïo Erbet, ïo Pacerbet, ïo Bolcoset, ïo Patatnax, ïo Ssoro, ïo Nebutosualet Aktiofi, Eresquigal, Nebutosoalet, aberamenthoou lerthexanax ethrelyoth nemareba, aemina.

Ven junto a mí, camina y arroja a [nombre de persona] en el escalofrío y en la fiebre. Obró mal contra mí y derramó la sangre de Tifón en su propia casa. Por ello haz [deseo]

Alma

ALMA

Déjale.
Déjale ser ella.
Déja que se enrede
como se enredan las cosas que vibran,
que vuelan,
las cosas que saben
que habrán de morir.


Por Andrés B. Mir

José Corredor Matheos; Nada de lo que has sido...

NADA DE LO QUE HAS SIDO...

...estando ya mi casa sosegada.

San Juan de la Cruz

NADA de lo que has sido
permanece.
No tienes ni pasado
ni futuro,
y hasta el mismo morir
no es muy seguro.
Nada ni nadie a ti
te pertenece.
Pero respira el campo
si anochece.
Vuelve a ser todo transparente
y puro.
Avanzas confiado
hacia lo oscuro.
El mundo nace en tu interior
y crece.
Qué sencillo morir.
y qué sencillo
poder vivir al fin
como si todo
fuera un ir devanándose
el ovillo,
y nunca hubiera sido
de otro modo.
Todo vuelve a ser tuyo,
siendo nada,
estando ya la noche
iluminada.

Por José Corredor Matheos

43 puestas de sol



Hoy, hoy he visto 43 puestas de sol
y ha sido el mismo astro bajo distintos colores inalcanzables.
43 puestas de sol han paseado por mi cuerpo
mordiéndome las heridas, los alfileres de los párpados.

Ha sido hoy cuando 43 puestas de sol
me han fundido plomo en el alma,
cuando 43 puestas de sol
han recorrido en hilera mis mejillas.

Ellas.
Ellas han roto mi expresión y tensado mi cuerpo
mirándose en el enfermo del espejo.

Son ellas las 43 puestas de sol,
no las 43 serenas de la melancolía absurda.
Son las que queman, las del fuego que ennegrece.
Son ellas y no hay donde esconderse.

Hoy 43 puestas de sol se han enredado en mi almohada.
43 puestas de sol me han impedido dormir.
Hoy he visto amanecer entre 43 puestas de sol...
Pero el alba ha pasado sin dirigirme la palabra.

Polack - Completamente Viernes



Para mas info:
www.myspace.com/polackgranada

El acechado

EL ACECHADO

Te digo que no, que es normal que no duerma y me mueva de un lado a otro. Es normal que no logre dejar de caminar, que no me quede quieto mientras toda mi antigua vida se va derrumbando. Que tu también lo harías, si estuvieses como yo, no me seas idiota ni insistas, no des más la tabarra que no por eso vas a convencerme de que no hay nada. Que no, que no quiero tranquilizarme, que me dejes o me escuches o te calles para siempre bajo el peso de un cielo más negro de lo que es sano, más negro de lo que es cuerdo. Que sí, que es negro, que no hay estrellas que valgan aunque sé que las hay, que las había, pero no las veo. No se ven, no se ven bien porque no puedo distraerme, no puedo pasarme demasiado tiempo buscándolas entre el vacío, no puedo, de veras que no puedo. Pero divago y tu pones cara de estar fingiendo atención y no es eso lo que quiero. Si te apetece que paseemos, por mi vale, por mi bien. Pero no me vengas con tonterías de calmarse o de entrar a tomar un café. Tenemos que estar en movimiento, tenemos que andar a paso ligero por la ciudad, entre las jodidas luces navideñas.

No, en serio que no estoy desquiciado y no es tampoco que me den rabia estas fechas, te juro que siempre me han gustado, y va en serio en serio: siempre he sido partidario de andar por ahí encontrándose con la familia y teniéndo excusas para hacerles regalos a los sobrinos. Pero es que ahora no sé que me pasa, o sí lo sé pero no quiero decirlo ni decírmelo. Por eso me muevo, porque si me estoy quieto probablemente me pare a pensar, me salte encima como una pantera o un jaguar o algún otro bicho sigiloso y feroz... Y me saltará encima y tendré que verle la cara y no quiero, no quiero. Que no, te juro que no estoy desquiciado ni es nada especial de las fechas, ni me ha mandado a la mierda mi novia ni he descubierto ningún trapo sucio en la familia. No ha cambiado nada realmente, y eso es lo peor. No hay una verdadera razón para estar así con este temor que no entiendes ni vas a entender. Vamos, vamos a paso ligero que ya andamos en la periferia, que es mucho más bonita, mucho más tranquila. ¿No prefieres que no haya luces ni villancicos ni escaparates con luces doradas? Es curioso lo de los villancicos, en serio que no sé que me pasa con ellos pero me encanta cantarlos con los niños y odio escucharlos grabados, me irrita tan profundamente como hacer cola y es terrible. Pero sigo divagando, otra vez, perdona que no sepa callarme o que no sepa callarme lo que no debo decir.

Es que es raro. Es rarísimo sentirlo ahí, detrás tuya. Pero a ver si te explico porque pones cara de desconcierto y yo no estoy esforzándome, ¿verdad? Me estás acompañando hasta aquí, así que supongo que hay personas peores y que te mereces oirme desvariar, o quizás no pero no importe. Verás, no es que haya nada exactamente, no es que lo vea como se deberían ver las cosas que dan miedo, es peor y por eso da pánico o pavor o algún otro dios griego con mala uva. Lo intuyo: está por el rabillo del ojo, un pensamiento por el rabillo del ojo, justo al borde de la visión y la razón y la cordura. ¿Sabes lo que es sentirse desesperanzado, inútil? Pues más o menos es eso, o quizás no. Es una desazón lo que tengo en las entrañas, y lo peor es que me siento así sin que haya nada en absoluto que lo pueda causar. Así, sin más, me atasco y he dejado de fluir por la vida sin que se haya visto ni una puta piedra en el camino. Y lo peor de todo esto, atento, es saber que en cuanto me ponga a pensar en ello y a buscarle razones va a ser peor, que hay un pensamiento monstruoso del que no quiero hablar, en el que no quiero pensar. Y me sigue, y me acecha, y hay que mantenerse ocupado comprando regalos o andando y hablando solo o leyendo o mil cosas. Y poco a poco se hace más difícil porque cuando lees o andas estás en silencio y en el silencio las letras o los pasos se pueden desdibujar para pensar y siento como me acecha y tengo que levantarme y vestirme mascullando cosas y salir corriendo y todo, todos sin excepción, se ponen a pensar que estoy loco. En serio, es horrible, es horrible tenerlo ahí, jugando conmigo sin tirárseme encima para desesperarme del todo. Por eso hay que correr, por eso me voy a poner a correr. Que no, que no pienso parar, que no voy a detenerme porque ahí esté el río y haga frío y en el agua flote el hielo. Que no voy a parar, que tengo que correr y que moverme aunque sea bajo un agua helada, aunque sea en la oscuridad helada donde no hay pensamientos ni estrellas ni nada ni nadie y ni tan siquiera un verbo que haga la luz.