Michael Nyman; Sheep and Tides
Jean Anouilh; Antigone
ANTÍGONA: (murmura, perdida en sus pensamientos). Felicidad...
CREON: (repentinamente consciente de sí mismo). No una gran palabra precisamente, ¿verdad?
ANTIGONA: (tranquila). Qué tipo de felicidad me adivinas? Descríbeme la imagen de tu Antígona feliz. ¿Cuáles son los pequeños pecados sin importancia que deberé cometer antes de que se me permita clavar mis dientes en la vida y arrancarle la felicidad? Dime: ¿A quién deberé engañar? ¿Hacia quienes tendré que adular? ¿A quién me tendré que vender? ¿A quién quieres que deje morir, mientras aparto los ojos?
CREON: Antígona, calla.
ANTIGONA: ¿Por qué me pides que calle cuando todo lo que quiero es saber qué tendré que hacer para ser feliz? Ahora; dado que es ahora mismo cuando debo tomar mi decisión. Tú dices que la vida es tan maravillosa. Quiero saber qué tendré que hacer para poder decir lo mismo.
CREON: ¿Amas a Haemon?
ANTÍGONA: Sí, amo a Haemon. El Haemon que amo es dificil y joven, fiel y difícil de satisfacer, igual que yo. Pero si lo que amo de Haemon se va a desgastar como una piedra pisoteada por la cosa que tú llamas vida, la cosa que tú llamas felicidad; si Haemon llega al punto en que deja de palidecer de miedo si palidezco, deja de pensar que debo haber muerto en un accidente cuando llevo cinco minutos de retraso, deja de sentir que está sólo en el mundo cuando yo río y él no sabe por qué -si también él tiene que aprender a decirle sí a todo- bien, no, entonces, ¡no! ¡Yo no amo a Haemon!
CREON: ¡No sabes lo que dices!
ANTÍGONA: ¡Que no sé lo que digo! Ahora eres tú quien ha dejado de entender. Estoy demasiado lejos de tí, hablando desde un reino al que no puedes entrar, con tu lengua rápida y tu corazón hueco. (Ríe). Me río, Creon, porque de repente te veo como debiste ser a los quince: la misma expresión de impotencia en tu rostro y la misma convicción interna de que no había nada que no pudieses hacer. ¿Qué te ha dado la vida, excepto las arrugas de tu cara, y la grasa de tu estómago?
CREON: ¡Que te calles, te digo!
ANTÍGONA: ¿Por qué quieres que me calle? ¿Porque sabes que tengo razón? ¿Crees que no puedo ver en tu cara que lo que digo es verdad? No puedes admitirlo, por supuesto; tienes que seguir gruñendo y defendiendo el hueso que llamas felicidad.
CREON: ¡Es tu felicidad también, pequeña estúpida!
ANTÍGONA: ¡Yo escupo en tu felicidad! Escupo en tu idea de la vida -que la vida debe seguir, pase lo que pase. Eres como los perros que lamen todo lo que huelen. Tú con tu promesa de una felicidad rutinaria -siempre que una persona no pida demasiado a la vida. Yo quiero todo de la vida, lo quiero; ¡y lo quiero ahora! La quiero total, completa: si no es así, ¡la rechazo! Yo no seré moderada. Yo no me estaré satisfecha con el pedacito de tarta que me ofreces si prometo ser una niña buena. Quiero estar segura de todo este mismo día, segura de que todo será tan hermoso como cuando era una niña. Si no, ¡quiero morir!"
Y he aquí uno de los mejores momentos de una obra genial. Mis disculpas por una traducción que, siendo en segundo grado (traducido de una traducción al inglés) y de aficionado, seguro que no le hace justicia al original.
El principe Abqat
"Aquí, el cronista debe seguir y lo lamenta, aquí le tiembla la pluma y arroja manchas al pergamino en lugar de palabras, aquí el tintero está seco y se rellena, aquí está incómodo en su asiento y se ladea, aquí se pausa para el té, aquí recuerda al lector, al querido lector, que los pecados de un rey no son los de su cronista, aquí suspira, aquí cambia las velas, piensa que es tarde, se va, duerme, tiene una pesadilla con hombres de máscaras doradas, despierta, vuelve y no se atreve. Aquí es dónde el cronista maldice haber tomado esta historia con las mejillas vibrando de la vergüenza, y aquí pide Piedad y pide Piedad, Piedad, y pide a la Verdad que no sea exigente, que le permita ocultar un poco más, con tanta habilidad como ha podido hacerlo hasta ahora, la Vergüenza y el Pecado, lo que debería de ser injuriar pero no es una injuria, sino cierto, lo que mancha a Abqat ben Ahul ben Jesuf ben Humal. Pero aquí la Verdad, que se sienta en su trono y es ciega y quizás por ciega o por entronada no le importa nada más, la Verdad, en fin, implacable, coloca su mano sobre la mano del cronista y dice No, dice No. Y aquí el escritor, el humilde escriba, intenta consolarse con filosofía y con que no hay mal que por bien etcétera; y aquí intenta pensar, que Alá le perdone, que si todo está decidido por Alá, también Él habría decidido esta parte, que Abqat fuera escarnio del reino de Aqual’bar Zhara, y estarán el Pecado y la Vergüenza paliados en un plan Divino que el cronista no puede atisbar pero que ruega, ruega que exista. Y aquí la Verdad, que no por ciega es tonta, que se ha dado cuenta del tejemaneje, del conseguir líneas de Verdad oculta a base de filosofía y divagar, que no le gusta, que no tiene ni tendrá piedad, aquí, la Verdad diciendo No le agarra al cronista la pluma, la Objetividad le amarra la boca y el cronista, a su pesar, debe admitirlo y sentir que la mano le tiembla de vergüenza. Aquí amarrado, casi inmóbil, aquí el cronista debe dar lo que Abqat, aquella noche, contestó: “Se llama Munir”. Y aquí el cronista debe contar lo que sabía Taqba: que Munir no era de linaje, que trabajaba en las cuadras, que era, ay, Alá, que era varón y varón de veras y no princesa disfrazada como habría sido en un cuento en que se disfraza una princesa y etcétera porque la Verdad, la Verdad, no quiere distracción ni cuentos ni paliativos. No puede ocultarse más: Abqat era un invertido."
Jorge Luís Borges; El idioma analítico de John Wilkins
"Ya definido el procedimiento de Wilkins, falta examinar un problema de imposible o difícil postergación: el valor de la tabla cuadragesimal que es base del idioma. Consideremos la octava categoría, la de las piedras. Wilkins las divide en comunes (pedernal, cascajo, pizarra), módicas (mármol, ámbar, coral), preciosas (perla, ópalo), transparentes (amatista, zafiro) e insolubles (hulla greda y arsénico). Casi tan alarmante como la octava, es la novena categoría Esta nos revela que los metales pueden ser imperfectos (bermellón, azogue), artificiales (bronce, latón), recrementicios (limaduras, herrumbre) y naturales (oro, estaño, cobre). La belleza figura en la categoría decimosexta; es un pez vivíparo, oblongo. Esas ambigüedades, redundancias y deficiencias recuerdan las que el doctor Franz Kuhn atribuye a cierta enciclopedia china que se titula Emporio celestial de conocimientos benévolos. En sus remotas paginas esta escrito que los animales se dividen en (a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados , (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas. El Instituto Bibliográfico de Bruselas también ejerce el caos: ha parcelado el universo en 1000 subdivisiones, de las cuales la 262 corresponde al Papa; la 282, a la Iglesia Católica Romana; la 263, al Día del Señor; la 268, a las escuelas dominicales; la 298, al mormonismo, y la 294, al brahmanismo, budismo, shintoísmo y taoísmo. No rehusa las subdivisiones heterogéneas, verbigracia, la 179: "Crueldad con los animales. Protección de los animales. El duelo y el suicidio desde el punto de vista de la moral. Vicios y defectos varios. Virtudes y cualidades varias".
Carmen Martín Gaite; Entre Visillos y Juan Ramón Jimenez
"Me puse a hojear un libro que tenía allí en el suelo. Ella se incorporó después un poco.
-¿Le gusta Juan Ramón?
-¿Quién?
-Juan Ramón Jimenez, el autor de esas poesías.
-Ah, ya. No lo conozco.
-¿Es posible? Déjeme, por favor, un momento -dijo, quitándome el libro y buscando una página-. Es un poeta descomunal. Escuche esto:
Mis raíces, qué hondas en la tierra,
mis alas, qué altas en el cielo,
y qué dolor de corazón distendido.
Lo recitó sin leerlo, aunque tenía el dedo en las líneas, con voz emocionada. Al acabar no sabía si mirarla o no, porque me pareció que el poema iba a ser más largo y estaba esperando a que siguiese.
-Es espléndido -dijo- poder decir una cosa así, ¿no cree?"
Y como estamos con Juan Ramón Jimenez, he aquí otro poema tan corto como genial:
CANCIONCILLAS INTELECTUALES
No sé con qué decirlo,
porque aún no está hecha
mi callada palabra.
La función Delta; Rosa Montero
-¿Te gusta? -se pavoneó-. Es que es muy vieja. Ahora la lleva todo insulso jovenzuelo que se precie de estar a la última, pero yo me la compré hace infinidad de años, cuando estuve en las Lípari.
-Por supuesto, Ricardo. Nunca pensé que te la hubieras comprado para seguir la moda, tú nunca harías tal vulgaridad -zumbé.
-¿Te he contado alguna vez mi viaje a las Lípari.
Esta era, sin duda, una pregunta retórica, porque sin esperar respuesta se repantigó en el sofá y comenzó uno de sus interminables monólogos.
-En las Lípari hay tantos volcanes como islas y de día el mar es como un claro cristal y por la noche adquiere unas formidables fosforescencias, una especie de fuego fatuo, el brillo del plancton. Yo solía coger una barca de remos y adentrarme solo en la oscura noche. Había un gran silencio y la proa cortaba las luminosas aguas dejando una negra estela tras de sí. Alrededor podías distinguir la silueta de los volcanes, incandescentes volcanes que chisporreteaban lava periódicamente. Y era el hermoso el contraste entre los rojos volcanes y el frío fulgor del agua.
-Desde luego, no todas las camisas de moda deben tener una historia tan exótica.
-Yo me encontraba alicaído y algo arruinado, en aquel entonces... Acababa de llegar de China, ¿recuerdas? Fue cuando quise montar aquel negocio de importación de bálsamo de tigre.
-Aquel contrabando de bálsamo de tigre, dirás.
-Lucía, Lucía... -me reconvino-. No era propiamente contrabando, en realidad...
-En realidad fue un espantoso fracaso.
-Cierto es que fracasó, pero fracasó porque me traicionaron, porque me traicioné yo mismo... -se detuvo, perdiendo la mirada en lejanas ensoñaciones-. Fue aquella muchacha turca que era mi contacto y que desdichadamente se enamoró de mí. Fue una historia bastante trágica, he de añadir. Al cabo su marido se enteró de todo y no puedes hacearte una idea de cómo eran los turcos en estos asuntos familiares. El caso es que él me denunció a la policía y ella, cuando estábamos en las Límpari, navegando una noche entre las islas, se arrojó al luminoso mar, saltó del bote antes de que pudiera sujetarla. Era un magnífico escenario para el suicidio, te lo aseguro, fue una grandiosa decisión la de escoger morir en aquel fuego helado.
-¿Pero no me habías dicho que solías salir solo en el bote?
-Eso fue después de perderla. Remaba cada noche y la recordaba.
-No me creo absolutamente nada, Ricardo, absolutamente nada.
-Está bien... -suspiró jocosamente-. Pero, ¿a que hubiera sido hermoso?
Tchaikovsky; El lago de los cisnes
Bromas a parte, disfrutad:
Retórica; Francis Ponge
RETÓRICA
"Asumo que estamos hablando de salvar a unos pocos jóvenes del suicidio, y a otros pocos de convertirse en policías o bomberos. Tengo en mente a aquellos que se suicidan por asco, porque sienten que otros tienen demasiado control sobre ellos.
A ellos se les debería decir: al menos dejad que la minoría dentro de vosotros tenga el derecho de hablar. Sed poetas. Ellos responderán: pero es especialmente allí, es siempre allí donde siento a otros dentro de mí; cuando trato de expresarme, soy incapaz de hacerlo. Las palabras vienen pre-fabricadas y se expresan a si mismas: no a mi. Una vez más me siento asfixiado.
Es entonces cuando el arte de resistirse a las palabras se vuelve útil, el arte de decir sólo lo que uno quiere decir, el arte de violentarlas, de forzarlas a rendirse. Al final hace falta fundar una retórica, o más bien enseñar a cada uno a fundar su propia retórica: es una cuestión de salud pública.
Esto salva a aquellos pocos, esos raros individuos que deben ser salvados: aquellos que son conscientes, y que se sienten molestos y preocupados por los otros dentro de sí.
Aquellos individuos que hacen la mente progresar, y que son, estrictamente hablando, capaces de cambiar la realidad de las cosas."
Comedia sin título; Federico García Lorca
AUTOR [agrio]. ¿Dónde has aprendido esa frase? ¿En qué obra la dices?
ACTRIZ. En ninguna. La digo por primera vez.
AUTOR. Mentira. Si el cuerpo que tienes fuera tuyo, te azotaría para ver si hablabas de verdad.
ACTRIZ. Lorenzo.
AUTOR. Te figuras que porque vayas vestida de Titania me vas a embriagar y estás equivocada. Mañana te vestirás de mendiga, de gran dama, y otro día serás la serpiente en la fábula de algún poeta embustero.
ACTRIZ. Yo sólo sé que te amo. Quiero que me azotes para que veas que mi piel se pone rosada; quiero que me claves un punzón en el pecho para que veas saltar un hilo de sangre. Jajajajá. Y si te gusta la sangre te la bebes y me das una poquita a mí.
AUTOR. ¡Mentira!
ACTRIZ. ¡Claro! ¡Mentira! [Lo abraza.] Yo estoy aquí sola y sin embargo me llevas en cada ojo diferente y pequeñita. Si la nieve huye del fuego, ¿cómo puedes llevar tus dientes fríos dentro de esas brasas de tus labios? ¡Mentira! Me gustaría que fueras un caballo gris de los que salen en la madrugada a buscar a las potras en lo oscuro de los estables. No, no.
AUTOR. ¡Déjame!
ACTRIZ. Ja ja ja ja. Eres un oso. ¿No crees nada de lo que te digo? Pues estrújame y verás cómo agonizo en tu pecho peludo. Hasta ayer me gustaban las carnes de seda. Ahora me gusta la crin, los arrabales sucios y la choza del pastor.
AUTOR. No creas que te vas a venir conmigo por reflejar esos gustos. No lo consentiré. Yo sí me voy a huir de ti, de tu sociedad, de tu inconstancia.
ACTRIZ. ¿Es que yo no puedo ser mujer fea, de las que tú buscas, criatura leprosa, y acompañarte? Sí. Tú eres mío. ¡Ah! ¡Si vieras cómo me gustaría morir en un hospital ocntigo!
AUTOR. Tú no me dirías nunca la verdad.
ACTRIZ. Ni a nadie. Pero te cantaría la mentira más hermosa. A mí me gusta también la verdad -un minuto nada más; la verdad es fea-, pero si la digo, me arrojan del teatro. Me dan ganas de dirigirme al público y en la escena más lírica gritarles de pronto una palabrota, la más soez, jajaja. Pero yo quiero mis esmeraldas y me las quitarían.
AUTOR [Furioso]. ¡Fuera de aquí! ¡Fuera!
ACTRIZ. ¿Ah, pero me vas a azotar de veras? Ya sé que Titania no te gusta. Es un hada y las hadas no existen. Pero Lady Macbeth sí. [Se quita la peluca blanca y enseña al viento una cabellera negra. Se despoja de una gran capa blanca y aparece con un traje rojo fuego.]
[El telón del fondo se levanta y aparece otro telón en el que hay pintado un sombrío claustro de piedra con cipreses y árboles fantásticos.]
Lady Macbeth sí, y además ahora me tienes miedo.
[La luz se cambia lentamente por una luz azul de luna.]
Porque soy hermosa, porque vivo siempre, porque estoy harta de sangre. ¡Harta de sangre verdadera! Más de tres mil muchachos han muerto quemados por mis ojos a través del tiempo. Muchachos que vivían y que yo he visto agonizar de amor entre las sábanas.
AUTOR. ¿En qué libro has leído ese párrafo? No eres más que una actriz. ¡Una actriz despreciable!
ACTRIZ. Una cómica que se muere por ti, ¡Lorenzo! Que te suplica que no la abandones.
AUTOR [a voces]. ¡Tengan la bondad de dar más luz y levantar estos telones!
ACTRIZ. Eso. Luz roja, luz roja para verme las manos llenas de sangre. Han dado luz de luna y quiero hacerte la escena final.
[Luz roja.]
AUTOR [a los electricistas]. ¿Me han oído?
ACTRIZ. ¡Silencio! Me has de amar por fuerza. La sangre que cae en la tierra se convierte en lodo. ¿Qué me importa a mí que mueran los soldados? Pero si cae sobre una copa de jacintos se convierte en el vino de más rico paladar.
La Torre Vigía; Ana María Matute
Entonces distinguí sobre la hierba a mi señor, el Barón Mohl. Estaba muy distante, y, sin embargo, la profunda sombra de sus ojos buscaba -y encontraba- los míos. Le vi derribado de su caballo Hal, herido. La sangre fluía mansamente de su boca, y en aquella roja y débil fuente percibí claramente su llamada, el reclamo de una prometida lanzada. Hal le había abandonado; vi su desenfrenada carrera hacia los negros caballos, en dirección a alguna selva, o alguna calcinada planicie. Yo había dado promesa de atravesar su cuerpo, el día que me pidiera lo imposible, pero mi promesa se había perdido en una tierra y un tiempo inalcanzables. Entonces la piedad regresó a mí, y, tal vez, el amor. Pero alcé la espada, y el amor, y la piedad, quedaron segados para siempre. Y me dije: "El Bien ha muerto".
Miles de flechas taladraban mi cuerpo, pero no podía, ya, sentir dolor alguno. Y grité, espada en alto,que estaba dispuesto a partir en dos el mundo: el mundo negro y el mundo blanco; pues que ni el Bien ni el Mal han satisfecho, que yo sepa, a hombre alguno.
El alba trepaba por las piedras de la torre; mostraba antiguas y nuevas huellas de todas las guerras y todos los vientos. En algún lugar persistía el enfurecido piafar de negros y blancos animales: agrediéndose, aún, tras la muerte de los hombres.
Pero yo alcé mi espada cuanto pude, decidido a abrir un camino a través de un tiempo en que
Un tiempo
Tiempo
A veces se me oye, durante las vendimias. Y algunas tardes, cuando llueve."
Lo que puede que acabéis de leer es el final de esta curiosa, lírica, casi onírica novela de Ana María Matute. Ambientada en un pasado medieval de doncellas y caballeros que tiene poco de idealista y mucho de mugre y violencia, un chico cuya principal característica es el temple pasional y una innata y extraña percepción (que puede ser esquizofrenia, que pueden ser alucinaciones, que nunca se nos aclara) nos cuenta su vida desde que puede recordar, en su infancia y la fiesta de la vendimia, hasta la noche en que, cuando decide no realizar la vigilia de sus armas y no convertirse en caballero, no matar a sus hermanos, es asesinado por los mismos.
Como en alguna que otra novela de la autora (y estoy pensando en Primera Memoria), los símbolos se desarrollan, se superponen, juegan unos con otros. Estos son los últimos párrafos, donde muchos de los símbolos (el blanco y el negro, los caballos, la guerra, la sangre, la violencia, el amanecer o la torre) son finalmente explotados. Sospecho, sin embargo, que sin haber leído la novela estos párrafos carecerán de tanto significado. Y con eso y con todo, creo que sigue pudiéndose apreciar lo bien escrito de estos últimos, alucinados pensamientos.
Antonio Gala; ¿Por qué corres, Ulises?
EURIMEDUSA.- ¿Se durmió?
(NAUSICA le hace un gesto de silencio)
NAUSICA.- (Avanzando) Si. Menos mal. También yo tengo, de cuando en cuando, derecho a descansar. Estando él despierto no hay manera.
EURIMEDUSA.- Los hombres son todos unos petardos. Guapísimos, pero petardos... (Por la habitación.) Ya ves que orden de casa. No se puede ni arreglar la habitación. Antes, por lo menos, hacías el amor y eso salías ganando, pero lo que es ahora... Hablar, hablar y quedarse dormido. ¿Cuándo limpio yo el polvo?
NAUSICA.- (Desganada.) Más polvo había antes. No gruñas... (Con naturalidad.) o te mando al Erebo,, hijo del Caos y hermano de la Noche.
EURIMEDUSA.- (Asustada.) ¿Qué?
NAUSICA.- ¿Ves? Ya me está contagiando sus manías. Habla él y me pone la alcoba perdida de dioses y centauros.
EURIMEDUSA.- Lo que inventan para llamar la atención. Qué presumidos, madre.
NAUSICA.- Si se come un conejo es porque Palas Atenea se lo puso delante. Si se descuerna contra una roca es porque Poseidón le tomó antipatía. Si lleva veinte años haciendo el gamberro fuera de casa es porque dejó tuerto de su único ojo a Polifemo, que también hace falta mala sangre... (Pequeña pausa.) Me aburro, Eurimedusa... No, no me aburro.
EURIMEDUSA.- (Que ha dejado el cuchillo y se ha puesto a limpiar.) ¿No le gustaba el mar? Pues que se vaya a Ítaca con viento fresco. O a donde sea.
NAUSICA.- Es que lo quiero aún. Es un pesado, pero lo quiero. Me ha contado ya tres veces la Ilíada, cada vez de una forma diferente: lo que no cambia es que él se pone siempre de protagonista... Pero lo quiero. La Odisea me la sé de memoria: si él se equivoca, y le sucede con frecuencia, lo corrijo... Pero lo quiero. Ningún hombre, hasta ahora, me inspiró lo que Ulises: ternura... No hay nadie que suscite más ternura que un héroe cansado.
EURIMEDUSA.- Pues aguántate entonces. Todos estos que vienen de la guerra, vienen así: pidiendo una enfermera a gritos. Les digas lo que les digas, te habla sólo del frente.
NAUSICA.- (En lo suyo.) Ya ves qué general en jefe: sin ejército, sin barcos, sin un mal uniforme, sin otros enemigos que los que él se imagina... Pero lo quiero.
EURIMEDUSA.- Lo que a mi me parece, si te digo mi verdad, es que Ulises ha sido toda su vida un chulo.
Entre visillos; Carmen Martín Gaite
"Aquella noche ya no tenía trabajo en el casino. Anduvimos por las calles de la Catedral, y otra vez en el río, mirando las luces pobres que se meneaban sobre el agua en reguerillos. Fue una despedida lenta y deprimente. Al final estuvimos sentados en una terraza de la Plaza Mayor, tomando café. Yo tenía sueño. La gente que salía de los cines nos miraba al pasar, con ojos descarados. Hacía un poco de frío.
A la una le dije:
-¿Nos vamos?
-¿Tan pronto? Ahora da pereza moverse.
Hablaba con los ojos puestos en la taza vacía de café que inclinaba por el asa con dos dedos.
-Yo lo digo por ti, si te duermes tarde vas a perder el tren mañana, ¿no has dicho que sale a las ocho?
-Si. ¿Y si lo pierdo?
Me miraba al decirlo.
-Tú veras.
Al llegar a casa nos paramos en el pasillo, casi a oscuras, entre las dos habitaciones. Hablábamos cuchicheando.
-Ya le dije antes a la vieja de aquí que mañana te cambie a mi cuarto. Estarás mejor porque es más grande.
-Bueno.
-Me gusta que te quedes en mi cuarto.
Le brillaban los ojos, como al borde del llanto. Luego sacudió la cabeza con un gesto afectado y me tendió la mano.
-Bueno, adiós, que es muy tarde. Y a ver si eres bueno. Me tienes que poner una postal de vez en cuando. Me cuentas que tal te va, señor profesor.
-De acuerdo, Rosa, que tengas suerte.
Estábamos con las manos cogidas. Dijo, acercándose:
-Me figuro que me besarás.
Me incliné para besarla. Llevaba un carmín que sabía amargo.
Sobre lo divino y lo humano.
Entramos en la iglesia sin saber que estábamos haciendo exactamente, con la necesidad de encontrar un lugar caliente donde alojarnos. En la calle aún nevaba, como si se tratase de una ciudad europea. La plaza de Carlos V dentellaba; los adoquines parecían una gran pista congelada y los viandantes danzaban al son de un mal vals de Stravinsky. Era de noche, pero las luces comprendían la intimidad de los amantes cuando el viento hiela.
Yo amo el arte, no lo niego, hasta amo las obras artísticas religiosas, por muchas espadas que se claven. Claramente prefiero los desnudos de las ninfas que los cuerpos maltratados de los Cristos, pero aquel día tenía ganas de examinar una de las pocas iglesias que se me escapaban.
La invité a pasar. Empujé la puerta de madera (cuántos siglos de rostros anónimos). El templo tenía tres naves y un gran altar mayor hecho de madera. Daniela miraba asombrada cada columna que sostenían las gruesas bóvedas. En ese momento me hubiera gustado besarla.
- No creo en absoluto.
Sus ojos se enternecieron, como sorprendida por la respuesta. ¿Qué esperara que dijera? Hoy en día es tan difícil creer… pero si ella me pedía que creyera lo hubiera hecho, aunque sólo fuera por verla desnuda.
- Si no crees es porque no has sufrido lo suficiente.
Entendí en aquel momento que el sufrimiento siempre ha estado ligado a los pensamientos más primarios, detrás de cada cruz de madera, en cada clavo, debajo de cada sotana. Si el quitarle el jersey se iba convertir en un autentico calvario debía examinar la situación con detenimiento. Me lo había dicho bastante claro: si quieres tenerme, súfreme.
Pensé en todos aquellos mártires que habían dado su vida por el dolor y la agonía. Sabían que su vida iba a ser despreciable y aún así decidieron morir, quién sabe si por pura imitación de Jesús. Vi los brazos de Daniela, tan pálidos que se adivinaban las venas azules en su interior, su pelo, largo, que caía por los hombros, con una cinta rodeándole la frente, su pecho apretado contra la camiseta, y una falda que le subía por encima de las rodillas.
- Creo que no es necesario sufrir para amarte.
Había roto el equilibrio que sostenía todo el espacio interior de la iglesia. Las luces se entornaron y los cirios de los altares se apagaron de repente, como si un aíre súbito los hubiera calmado. Escuché unos susurros. Las caras de madera me hablaban. Daniela me había condenado al infierno. Al infierno para siempre. Uno de esos infiernos calientes y fríos, donde no hay caminos de retorno.
Pensé para mis adentros: espero que cuando subas al cielo lleves puesta la misma falda que hoy, para poder recordarte desde abajo.
En la calle había parado de nevar.
Pepe Pérez-Muelas Alcázar
Baudelaire; Las viejecitas
Tal como camináis, estoicas y sin quejas,
A través del caos de vivientes ciudades,
madres de sangrante corazón, cortesanas o santas,
De las que, antaño, los nombres por todos eran citados.
Vosotras que fuisteis la gracia o que fuisteis la gloria,
¡Nadie os reconoce! Un beodo incivil
Os enrostra al pasar un amor irrisorio;
Sobre vuestros talones brinca un niño flojo y vil.
Avergonzadas de existir, sombras encogidas,
medrosas, agobiadas, costeáis los muros;
Y nadie os saluda, ¡extraños destinos!
¡Despojos de humanidad para la eternidad maduros!
Pero yo, yo que de lejos tiernamente os espío,
La mirada inquieta, fija sobre vuestros pasos vacilantes,
Como si yo fuera vuestro padre, ¡oh, maravilla!
Saboreo sin que lo sepáis placeres clandestinos:
Veo expandirse vuestras pasiones novicias;
Sombríos o luminosos, veo vuestros días perdidos;
¡Mi corazón multiplicado disfruta de todos vuestros vicios!
¡Mi alma resplandece de todas vuestras virtudes!
¡Ruinas! ¡Mi familia! ¡oh, cerebros congéneres!
¡Yo cada noche os hago una solemne despedida!
¿Dónde estaréis mañana, Evas octogenarias,
Sobre las que pesa la garra horrorosa de Dios?
Adriana Varela; No te salves, de Mario Benedetti
NO TE SALVES
No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo
pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo
Mario Benedetti; Pobre Dios
Es imposible estar seguro
pero tal vez sea Dios todo el silencio
que queda de los hombres
es imposible estar seguro
pero acaso Dios sea
la soledad total
irrevocable
más grave que la tuya
o que la mía
por lo menos más grave que la mía
que es soledad tan sólo
cuando el viejo crepúsculo me mira
como un toro furioso
y yo no tengo a mano
tus sabios labios para
olvidarme ele todo lo que temo
es imposible estar seguro
ah pero en ese caso
pobre Dios qué tristeza
debe ser su tristeza
pobre Dios
si una ver descendiera
a asir nuestra miseria
y respirara por unas pocas horas
el incesante miedo de la muerte
quizá mucho después
allá
solo y eterno
recordara esa tibia bocanada
como el único asueto
de su enorme
desolado Infinito.
Virginia Woolf; Al faro
Se quedó alli de pie en el el salón de la casa diminuta donde ella le había llevado, esperándole, mientras ella iba escaleras arriba durante un rato para ver a una mujer. Escuchó sus pasos rápidos arriba, escuchó su voz alegre, luego grave; miró los tapetes, los carritos de té, sombras cristalinas; esperó bastante impaciente; deseó urgentemente el paseo de vuelta a casa, determinado a cargar su bolsa; entonces le escuchó salir; cerrar una puerta, decir que debían mantener las ventanas abiertas y las puertas cerradas, preguntar en casa por cualquier cosa que necesitasen (debía estar hablando con un niño), cuando, repentinamente, entró, se quedó silenciosa un momento (como si hubiese estado fingiendo allí arriba, y por un momento se permitiese ser ella misma ahora), se quedó bastante inmóvil contra el retrato de la Reina Victoria llevando el galón azul de la Liga; y todo de golpe se dio cuenta de que era esto: era esto - ella era la persona más hermosa que jamás había visto."
Es una de mis escenas favoritas (o de las que más recuerdo) de Al faro. Perdon por la traducción más que macarrónica en la que pierde infinito. Juro haber intentado hacerlo lo mejor posible.
Anne Sexton; Cenicienta
CENICIENTA
Siempre lees sobre ello:
el fontanero con doce hijos
que gana la lotería irlandesa.
De los retretes a la riqueza.
Esa historia.
O la doncella,
algun dulce exquisito de Dinamarca
que captura el corazón del hijo mayor.
De los pañales a Dior.
Esa historia.
O el lechero que sirve a los ricos,
huevos, crema, mantequilla, yoghurt, leche,
la furgoneta blanca como una ambulancia,
que llega a una gran propiedad
y hace una montaña.
De los homogeneizados al almuerzo con martinis.
O la limpiadora
que está en el autobús cuando choca
y consigue suficiente del seguro.
De las mopas a Bonwit Teller.
Esa historia.
Una vez
la esposa de un hombre rico estaba en su lecho de muerte
y le dijo a su hija Cenicienta:
Se devota. Se buena. Asi sonreiré
desde el cielo al borde de una nube.
El hombre tomó a otra esposa que tenía
dos hijas, bastante bonitas
pero con corazones como blackjacks.
Ceincienta era su doncella.
Dormía junto al fuego enhollinado cada noche
y andaba por ahí pareciéndose a Al Jolson.
Su padre trajo regalos de la ciudad a casa,
joyas y vestidos para las otras mujeres,
pero la rama de un árbol para Cenicienta.
Plantó esa rama en la tumba de su madre
y esta creció como un árbol donde se posaba la blanca paloma.
Cada vez que deseaba cualquier cosa la paloma
lo dejaría caer como un huevo en la tierra.
El pájaro es importante, queridos, así que prestadle atención.
Después vino el baile, como todos sabéis.
Era un mercado de matrimonios.
El príncipe estaba buscando una princesa.
Todas estaban listas salvo Cenicienta
y todas se estaban emperifollando para el gran evento.
Cenicienta rogó que le dejasen ir también.
Su madrastra tiró un plato de lentejas
entre las cenizas y dijo: Recógelas
en una hora y podrás ir.
La blanca paloma trajo a todos sus amigos
todas las cálidas alas de su tierra natal vinieron,
y recogieron las lentejas en un suspiro.
No, Cenicienta, dijo la madrastra,
no tienes ropas y no puedes bailar.
Es la forma de ser de las madrastras.
Cenicienta fue al árbol en la tumba
y lloró allí como un cantante de evangelios:
Mama! Mama! Mi palomita,
llévame al baile del príncipe!
El pájaro dejó caer un vestido dorado
y unos delicados tacones de oro.
Un paquete algo grande para un simple pájaro.
Así que fue. Lo que no es una sorpresa.
Su madrastra y hermanastras no
le reconocieron sin la cara encenizada
y el príncipe cogió su mano al divisarla
y no bailó con otra en todo el día.
Con la noche pensó que sería mejor
llegar a casa. El príncipe caminó hasta su casa
y ella desapareció en el palomar
y aunque el príncipe cogió un hacha y lo cortó
en dos ella se había ido. De nuevo a las cenizas.
Estos eventos se repitieron durante tres días.
Sin embargo en el tercer día el príncipe
cubrió los escalones del palacio con cera de zapatero
y el zapato de oro de Cenicienta se quedó pegado.
Ahora encontraía a quien le quedase bien el zapato
y encontraría a su extraña chica bailarina por siempre.
Fue a su casa y las dos hermanas
estaban encantantadas porque tenían un pie bonito.
La mayor fue a la habitación para probarse el tacón
pero su gran dedo gordo se interpuso en el camino así que simplemente
se lo cortó y se puso el zapato.
El príncipe cabalgó con ella hasta que la blanca paloma
le insistió en que mirase la sangre fluyendo.
Es lo que pasa con las amputaciones.
No se sanan simplemente como un deseo.
La otra hermana cortó su talón
pero la sangre se chivó como debe hacerlo la sangre.
El príncipe se estaba cansando.
Empezaba a sentirse como un vendedor de zapatos.
Pero hizo un último intento.
Esta vez Cenicienta encajó en el zapato
como una carta de amor en su envoltorio.
A la ceremonia de la boda
las dos hermanas vinieron para pescar favores
y la blanca paloma les arrancó los ojos.
Dos agujeros huecos les quedaron
como dos cucharas de sopa.
Cenicienta y el príncipe
vivieron, dicen, felices para siempre,
como dos muñecas en una caja de museo
nunca molestos por pañales o polvo,
nunca discutiendo sobre el tiempo de un huevo,
nunca contando dos veces la misma historia,
nunca teniendo la plaga de la mediana edad,
sus queridas sonrisas encoladas para la eternidad.
Típicos gemelos Bobbsey.
Esa historia.
Friederike Mayröcker; Mysterium
La imagen sacra tiene
una espina azul.
Jesús es bautizado
en naranja. Casi más allá
una y otra vez el Juicio Final.
Bienaventurados que sonríen y
forman coros. Verde clara
la tierra se hunde, pero
los cielos pronto se apaciguan.
Más claros, ondean como argénteas
banderas en lento movimiento,
y el cirio más alto se afana
y da olor.
Estoy ante ti en el polvo frío
estoy ante ti desde algún sitio
desde una aterida oscuridad
estoy ante ti y canto loas:
miradas de alabanza me elevaron
de los cansados estribos de mi
sentimiento, sin un
murmullo.
Pedro Páramo; Juan Rulfo
-No entiendo. Ni he oído ningún ruido ni ningún caballo.
-¿No?
-No.
-Entonces es cosa de mi sexto sentido. Un don que Dios me dio; o tal vez sea una maldición. Sólo yo sé lo que he sufrido a causa de esto.
Guardó silencio un rato y luego añadió:
-Todo comenzó con Miguel Páramo. Sólo yo supe lo que le había pasado la noche que murió. Estaba yo acostada cuando oí regresar su caballo rumbo a la Media Luna. Me extrañó porque nunca volvía a esas horas. Siempre lo hacía entrada la madrugada. Iba a platicar con su novia a un pueblo llamado Contla, algo lejos de aquí. Salía temprano y tardaba en volver. Pero esa noche no regresó... ¿Lo oyes ahora? Esta claro que se oye. Viene de regreso.
-No oigo nada.
-Entonces es cosa mía. Bueno, como te estaba diciendo, eso de que no regresó es un puro decir. No había acabado de pasar su caballo cuando sentí que me tocaban por la ventana. Ve tú a saber si fue ilusión mía. Lo cierto es que algo me obligó a ir a ver quién era. Y era él, Miguel Páramo. No me extrañó verlo, pues hubo un tiempo en que se pasaba las noches en mi casa durmiendo conmigo, hasta que encontró esa muchacha que le sorbió los sesos.
"-¿Qué pasó? -le dije a Miguel Páramo-. ¿Te dieron calabazas?
"-No. Ella me sigue queriendo -me dijo-. Lo que sucede es que yo no pude dar con ella. Se me perdió el pueblo. Había mucha neblina o humo o no sé qué; pero sí sé que Contla no existe. Fui más allá, según mis cálculos, y no encontré nada. Vengo a contártelo a ti, porque tú me comprendes. Si se lo dijera a los demás de Comala dirían que estoy loco, como siempre han dicho que lo estoy.
"-No. Loco no, Miguel. Debes estar muerto. Acuérdate que te dijeron que ese caballo te iba a matar algún día. Acuérdate, Miguel Páramo. Tal vez te pusiste a hacer locuras y eso ya es otra cosa.
"-Sólo brinqué el lienzo de piedra que últimamente mandó poner mi padre. Hice que el Colorado lo brincara para no ir a dar ese rodeo tan largo que hay que hacer ahora para encontrar el camino. Sé que lo brinqué y después seguí corriendo; pero, como te digo, no había más que humo y humo y humo.
"-Mañana tu padre se torcerá de dolor -le dije-. Lo siento por él. Ahora vete y descansa en paz, Miguel. Te agradezco que hayas venido a despedirte de mi.
"Y cerré la ventana.
"Antes de que amaneciera un mozo de la Media Luna vino a decir:
"-El patró don Pedro le suplica. El niño Miguel ha muerto. Le suplica su compañía.
"-Ya lo sé -le dije-.¿Te pidieron que lloraras?
"-Sí, don Fulgor me dijo que se lo dijera llorando.
"-Está bien. Dile a don Pedro que allá iré. ¿Hace mucho que lo trajeron?
"-No hace ni media hora. De ser antes, tal vez se hubiera salvado. Aunque, según el doctor que lo palpó, ya estaba frío desde tiempo atrás. Lo supimos porque el Colorado volvió solo y se puso tan inquieto que no dejó dormir a nadie. Usted sabe cómo se querían él y el caballo, y hasta estoy por crear que el animal sufre más que don Pedro. No ha comido ni dormido y nomás se vuelve un puro corretear. Como que sabe, ¿sabe usted? Como que se siente despedazado y carcomido por dentro.
"-No se te olvide cerrar la puerta cuando te vayas.
"Y el mozo de Media Luna se fue."
-¿Has oído alguna vez el quejido de un muerto? -me preguntó a mí.
-No, doña Eduviges.
-Más te vale.